Por: Nuria González Elizalde
Directora general de Mexicanos Primero Sinaloa
El regreso a clases de enero no inaugura un nuevo ciclo escolar. Es, más bien, un reinicio después del periodo vacacional de invierno, una vuelta a la escuela que ocurre a mitad del camino, con procesos en marcha, aprendizajes inconclusos y vínculos que necesitan reactivarse. En Sinaloa, este momento llega además marcado por suspensiones, ajustes y contextos adversos que nos recuerdan que, aunque el calendario escolar contempla recesos necesarios, el derecho a aprender no desaparece con ellos y exige ser retomado con responsabilidad.
El receso invernal cumple una función necesaria de descanso y recuperación. Sin embargo, el retorno no es automático. Volver a la rutina escolar implica retomar ritmos, reconstruir hábitos y volver a conectar —emocional y pedagógicamente— con la escuela. Cuando a ese proceso se suman interrupciones por causas climáticas o de seguridad, comprensibles y muchas veces inevitables, el desafío se profundiza y exige algo más que simplemente “retomar clases”.
Conviene dimensionar de qué estamos hablando. Con base en los datos públicos más recientes (ciclo escolar 2024-2025), en Sinaloa la matrícula total es de 885,337 estudiantes, de los cuales 562,428 cursan educación básica. Es decir, más de medio millón de niñas, niños y adolescentes atraviesan este regreso tras el receso invernal. No son cifras abstractas, son personas en pleno proceso de formación, cuyas trayectorias educativas se ven afectadas cada vez que la continuidad escolar se fragmenta.
Por eso, este momento no puede leerse como un simple “regreso a clases”. Es una vuelta a la escuela en condiciones reales, con estudiantes que regresan distintos a como se fueron en diciembre, algunos más descansados, otros más inquietos, otros cargando preocupaciones que no desaparecen con las vacaciones. Volver exige algo más que retomar el temario donde se quedó; exige reconectar.
Experiencias documentadas por organizaciones de la sociedad civil en distintos estados muestran algo que no debería sorprendernos, y es que, cuando se escucha a las y los estudiantes, lo que más valoran de su escuela no son solo los contenidos académicos, sino el recreo, el juego, el patio y la convivencia con sus compañeras, compañeros y docentes. La escuela es, antes que nada, un espacio de encuentro. Y es justamente ese vínculo el que necesita reactivarse después del receso.
Pero esas mismas voces también alertan sobre problemas persistentes, como lo es la violencia (social y escolar), infraestructura deteriorada, falta de materiales y entornos poco dignos para aprender. En Sinaloa, este diagnóstico no es ajeno. Hay escuelas con patios sin sombra, escuelas sin baños o sin energía eléctrica y carencias que se hacen más visibles cuando la rutina se interrumpe y luego intenta recomponerse.
De ahí que esta vuelta de enero deba asumirse como una oportunidad pedagógica y comunitaria, no como un trámite administrativo. Escuchar cómo llegan las y los estudiantes, reconocer el esfuerzo de las y los docentes que reordenan planeaciones y sostienen emocionalmente a sus grupos, y ajustar expectativas con realismo forma parte de una respuesta responsable.
Este momento ocurre, además, en la segunda mitad del ciclo escolar 2025–2026, con una deuda acumulada en aprendizajes fundamentales como matemáticas, lectura y pensamiento científico. A ello se suma un contexto estructural complejo, ya que México sigue invirtiendo poco por estudiante y una parte importante de ese costo termina siendo absorbido por las familias. En este escenario, hacia finales de 2026 se conocerán los nuevos resultados de la prueba PISA, una evaluación internacional que mide no la asistencia ni el discurso, sino las habilidades y competencias necesarias para la vida de las y los jóvenes de 15 años.
Más que una sorpresa, esos resultados volverán a reflejar trayectorias educativas completas y a mostrar cómo los momentos clave -como esta segunda mitad del ciclo escolar- terminan teniendo consecuencias reales en los aprendizajes.
El derecho a aprender no se sostiene con asistencia ni con declaraciones de intención. Se construye con decisiones oportunas, inversión suficiente y la capacidad de corregir lo que no está funcionando mientras el ciclo sigue en marcha. Este regreso tras el receso invernal es una oportunidad concreta para hacerlo distinto, priorizar aprendizajes fundamentales, fortalecer la convivencia escolar y atender los rezagos antes de que se vuelvan irreversibles. Lo que se decida en esta segunda mitad del ciclo escolar tendrá efectos directos en las trayectorias educativas de miles de niñas, niños y adolescentes en Sinaloa.
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