Sí, es cierto, si me muestran un mapa del continente americano, sabría pura fregada ubicar Venezuela, pero una cosa es no tener ni idea de Geografía y otra es no tener memoria, memoria histórica.
Una mañita que tengo es que cuando se trata de pretender entender algo es tratar de acercarlo lo más apegado posible a mi vida, a mi realidad. Para alguien como yo, que no tengo ni pasaporte pero sí los talones rajados de andar en huaraches en caminos de tierra, qué chingados voy a entender de política internacional. Pero, si los mismos hechos, lo pienso en mi tierra, con mi gente, como que allí si me parece entendible.
Hace años trabajé en un municipio costero del norte del estado de Sinaloa. Mi trabajo era en Derechos Humanos y consistía en gran medida en relacionarme con las comunidades. Entre mi trabajo y que soy remitotera, pues una se enteró de cuanta cosa pasaba en aquellos lares. Por lo general, eran cosas comunes, las mismas que seguro pasaban en mi propio rancho. Pero en algún momento empezaron a pasar cosas que para todxs eran novedad.
Alguien dijo el nombre, pero no lo recuerdo. Solo me acuerdo que dijeron que él lo había mandado. Que él mandaba en la región y que él ponía y quitaba a quien mandaba en la zona. Supe que no era la primera vez, aunque apenas me enteraba yo. Había pasado los últimos años, varias veces.
En los últimos años, alguien que no vivía ni vivió en la zona, enviaba a quien mandaría en ella. Algunas veces el mando recaía en alguien de la región, pero en los últimos años, la mayoría de los mandamás era gente que ni lo habían parido en el Estado.
Cuando un nuevo mando llegaba, la gente se hacía expectativas. Cuando resultaba que el nuevo amo en esas tierras era medio conocido, la gente esperaba una época en calma. La gente no lo decía por xenofobia, sino que sus experiencias les llevaron a la conclusión que, cuando le asignaban de mando a un “conocido”, menos cosas feas pasarían. Yo tenía mis dudas, pero el tiempo y los hechos me hicieron ver que siempre puedo ser aún más pendeja que la última vez; no duré (lamentablemente) mucho para coincidir con la gente.
No les voy a amargar el arranque de este 2026 con todos los detalles de esas malas épocas, pero les sí les quiero contar algunas de ellas, solo para que se hagan una idea de lo que hablo: Un día me enteré que de repente, porque era gracioso al parecer o nomás porque quería, llegaban a la gasolinera y decidían no pagar; otras le pagaban con menos dinero y decían que ya le habían pagado todo, y pues dejaban con la deuda al de la bomba. Otras veces, quesque porque el ruido les molestaba, le quitaron la moto a alguien y la quemaron en una de las calles. Otras, el que mandaba llegaba golpeando gente, al principio de su mismo equipo, pero no tardó que golpeara también a otras personas por mitoteras, dicen que dijo. En general, les resumo que las fregaderas dependían del humor del mandamás y la gente solo podía pedir que pronto cambiaran de mandamás y él que llegara fuera de mejores modos.
No crean ni por asomo que solo pasa esto en esas tierras, la verdad. Con el paso de los años he sabido de más y más historias similares en muchas partes del Estado. Les quisiera platicar una muy pero muy cercana, pero por seguridad mía, no lo voy hacer.
Pero bueno, si están pensando, ¿Qué chingados tiene eso que ver con Venezuela?, pues quizá nada, pero estas son mis experiencias de la intervención extranjera en un territorio y, esta es para mí es la forma “entender” lo que pasa en Venezuela.
Yo puedo entender que la fichita de Nicolás Maduro ha coleccionado una cantidad no pequeña de gente que le desprecia, a decir verdad, me parece más que merecido. Pero, no hay que permitir que el odio nuble el juicio, que USA fuera por él, no es por justicia para el pueblo de Venezuela.
USA tiene su no corta historia de intervenciones, donde lo que más se nota es las violaciones y violencias en y hacia la gente y los territorios que arbitrariamente ocupa. Ir por Maduro no responde salvo a sus propios intereses. Lo que sea que le pase al pueblo Venezolano, en realidad no le importa.
Así que yo abiertamente condeno la intervención de un país en otro. No en defensa de Maduro, sino en solidaridad con el pueblo de Venezuela.
Ahora bien, lo que creo que merece Maduro y el pueblo de Venezuela, simple: Maduro merece el juicio del pueblo Venezolano; merece un juicio justo, que se le condene por todos los delitos, crímenes y faltas cometidas; merece vivir hasta más de los 100 años, que se entere y vea como su pueblo pudo sobreponerse a él, como floreció pese a él, como sin él viven mejor. El pueblo de Venezuela merece un volver a empezar, un construir juntxs, una memoria que ayude a la no repetición, una paz constante.
A mis -de leche- hermanas, hermanos y hermanes Venezolanxs, toda la solidaridad de este corazón de trapo (como diría el gran Rafa Durán).
Se lo lavan.

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