Los gobiernos de izquierda deben ir más allá del reconocimiento de derechos y de las denuncias testimoniales. Si no se generan alternativas al modelo de desarrollo bajo una visión a largo plazo, los gobiernos progresistas están destinados al fracaso, como le sucedió a la administración de Gabriel Boric en Chile.
López Obrador dijo en una entrevista para Chamuco TV y los hijos del averno que no le preocupaba la fortalece de la derecha sino la debilidad de la izquierda. Su última reunión como presidente de México fue con los mandatarios de izquierda de la región en Palacio Nacional. Seguramente el encuentro estuvo marcado por aquella reflexión.
No es para menos. Latinoamérica ha sido testigo, en los últimos años, de crisis políticas que terminan en persecuciones judiciales o intentos de golpes de estado organizados por grupos extremistas que utilizan discursos del miedo para canalizar la indignación de una ciudadanía cansada de las promesas incumplidas del desarrollo.
Más allá de las fuerzas que promueven la desestabilización y usan como doctrina el oportunismo, vale la pena reflexionar sobre cómo encontrar soluciones innovadoras para los problemas estructurales y generar un nuevo sentido común que tenga como horizonte la reducción de la desigualdad y la distribución de la riqueza.
México puede ser referente en la región. Los incrementos al salario mínimo por encima de la inflación y el acuerdo para la reducción de la jornada laboral son un avance sin precedentes que es posible gracias a la organización popular y al entendimiento, con los matices que suponga el caso, con el sector empresarial.
Además, la filosofía del humanismo mexicano, la recuperación de la memoria histórica y la idea de una renovación moral de la vida pública forman una triada que se potencia con el reencuentro de los otros en el territorio. Todo proyecto político está en constante cambio y los evaluadores son el pueblo.
La extrema derecha aparece cuando la izquierda que llega al poder político huye al debate, se limita a la administración de la burocracia y se divorcia de las causas populares. Las experiencias en la región deben servir para que la política de la esperanza supere a la política del odio. Las izquierdas latinoamericanas deben voltear a México para recuperar terreno de la mano de sus pueblos.

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