Independientemente de que gobierno y productores del campo lleguen a acuerdos que desactiven la movilización que exige mejores condiciones para la comercialización de cosechas, el problema de la pérdida de rentabilidad del agro carece de soluciones de largo alcance y sigue atrapado en laberintos que entre más tiempo pasa menos salidas presentan.

Cada año se repite la jornada de protestas con el cierre de carreteras y la toma de instalaciones estratégicas, que en sí plantea que los gobiernos federal y estatales entren al rescate de granos como maíz y trigo, para equlibrar los costos de producción frente a los  bajos precios que tienen según la bolsa de Chicago y la ley de la oferta y la demanda.

Sin embargo, la realidad da cuenta de que con una economía y un presupuesto federal como el que tenemos en México no hay manera de que alcance el dinero para subsidiar a toda la producción nacional en el caso del maíz, hasta igualarla a los precios que los productores consideren justos , que no son los mínimos internacionales.

De esta manera los procesos de negociación entre instituciones y productores son como la pelea por la cobija que no alcanza para arropar a todos, tal como sucedió ayer con la serie de reuniones entre Gobernación federal y los dirigentes del sector campo donde los inconformes meten presión y el gobierno induce amenazas.

La solución está en plantarse las partes en las realidades alternas: el gobierno reconociendo la crisis de la agricultura y los que labran la tierra tomando medidas como la diversificación hacia cultivos redituables. La polarización en las posturas y exigencias, con afectaciones a terceros que nada tienen que ver con el conflicto, ha llegado al punto sin retorno y apremia a encontar soluciones no para el actual ciclo de siembras sino para la agricultura del futuro.