Culiacán, Sin.- Alrededor de las 8:30 de la mañana, personas vestidas de blanco esperaban el camión de la ruta Lomita–Cañadas frente a Woolworth, en el Centro de Culiacán. Lucían rostros cansados, de ese cansancio que solo la gente que vive en Culiacán reconoce. La conversación giraba en torno a lo mismo: Ricardo Mizael, el niño de 15 años asesinado el 11 de febrero en el fraccionamiento Los Ángeles cuando salió a comprar alimento para unos gatitos que adoptó y que hoy los había convocado a salir.
“Es una tragedia, no sé qué haría si a mis hijos… Es más, no quiero pensarlo. Dios guarde”, decía una mujer a otra mientras esperaba.
Rocío, de 58 años, también es madre. Espera el camión junto al grupo que se dirige al punto de encuentro.
“No soy familiar del niño, pero tengo hijos y por eso vine. Me indigna. No puede seguir pasando esto. Quiero que mis hijos y los de todos regresen a su casa sanos y salvos. Ahora salimos con miedo. Nuestra libertad se siente vulnerada. Puedo salir al súper a comprar algo y ya no sé si regresaré viva”.

Cientos de personas exigían un cese a la violencia y paz para Culiacán.
Faltando menos de 20 minutos, llegó el autobús. Arriba, todos los pasajeros iban de blanco. Algunos llevaban rosarios, otros cartulinas con consignas. Iban con rumbo a las escalinatas del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, conocida como La Lomita.
En minutos, el punto de encuentro se llenó. Decenas de personas estaban listas para iniciar el recorrido para exigir justicia y paz en Culiacán, y la no repetición.
Ricardo Mizael fue asesinado el 11 de febrero. La Fiscalía General de Sinaloa ha informado que hay una persona identificada en el ataque, que se trataría de un adolescente, pero que debe ampliarse la investigación. Sin embargo, este caso se enmarca dentro del conflicto entre dos grupos criminales del cartel de Sinaloa que, desde septiembre de 2024, mantiene distintos municipios de Sinaloa en una vorágine de violencia.
La señora Berenice, madre de Ricardo Mizael, sostenía una figura del Hombre Araña y una rosa blanca. Los lentes oscuros cubrían sus ojos, pero la voz temblorosa delataba el dolor.

Una figura del Hombre Araña y una rosa blanca eran sostenidas con fuerza por la madre de Ricardo Mizael.
Ante cámaras y micrófonos de medios de comunicación levantó su exigencia.
“Hoy honro la memoria de mi niño. Queremos paz en Sinaloa, para que ninguna madre sienta el mismo sufrimiento que yo. Estamos aquí porque somos más los buenos que los malos”.
A las 9:00 en punto, la tambora comenzó a tocar El Sinaloense. La música que suele celebrar el orgullo sinaloense acompañaba ahora una marcha por la vida.

La tambora, siguió en todo momento a los manifestantes.
Niños, jóvenes, personas mayores, amigos y desconocidos caminaron juntos, unidos por la indignación.
—¡Queremos paz! ¡Con los niños no! —gritaban al unísono.
En el cielo, una avioneta blanca comenzó a sobrevolar la zona. Al inicio causó expectativa; algunos pensaron que se trataba de alguna autoridad y gritaron “¡Fuera Rocha!”. En la cuarta vuelta, la razón se hizo evidente, desde arriba comenzaron a caer pétalos de rosas blancas.
Las lágrimas llegaron. La señora Berenice levantó la vista. Sostenía el juguete que le recuerda a su hijo mientras observaba cómo los pétalos descendían.
“¡No estás sola!”, retumbaba el grito entre los asistentes, incluso se escuchaba más fuerte que la música.

Desde el cielo caían pétalos de rosas blancas, las lágrimas de los asistentes brotaron.
Tras una hora de recorrido, las primeras personas llegaron a la Catedral de Culiacán. Ya no hubo más palabras de la madre, solo aplausos.
Jóvenes de distintas academias de basquetbol comenzaron a botar los balones como un acto de protesta convocado por los compañeros de equipo de Ricardo Mizael. Al fondo sonaba la pieza de El Niño Perdido.
“Nunca en mi carrera como entrenador había pasado algo así”, dijo Jaime Guzmán, de la Academia Águilas de la UAS. “Ese día íbamos a entrenar a las 3 de la tarde, pero vimos la noticia y supimos que no llegaría”.

Jóvenes de diversos clubes de basquetbol jugaban con el Niño Perdido de fondo en memoria de Ricardo Mizael.
Alicia, de 16 años, fue su compañera de clases. Desde ese miércoles, en su salón hay una butaca vacía.
“Era serio, pero amoroso. Le gustaban los animalitos. Sigo sin poder creerlo”.
—¿Te da miedo que algo así pueda pasarte?
“La verdad sí. Siento que en cualquier momento me puede pasar algo. Ya no me siento segura para salir a nada”.
La manifestación concluyó alrededor de las 10:30 de la mañana. La gente regresó a casa con la esperanza de que esta sea la última marcha para exigir paz.
De enero a la fecha, en Sinaloa han muerto 11 menores de edad por heridas de balas. El caso más reciente fue el de Mauricio, de 17 años, asesinado en la colonia 5 de Febrero.

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