Culiacán, Sinaloa.- Imagina despertar un día, no poder moverte y sin saber por qué. Eso le ocurrió a Ernesto a sus 28 años de edad, previo a ser diagnosticado con el síndrome de Guillain-Barré, un padecimiento poco común que provoca debilidad muscular y, en casos graves, parálisis.
“Sigo dormido”, fue lo primero que le pasó por la mente cuando intentó levantarse de la cama y no lo logró. Su cerebro dictaba instrucciones que su cuerpo no respondía, como si hubiera un interruptor en su cuello que se apagó mientras dormía. ¿Cómo era posible? Él que se consideraba tan activo, tan sano, sin antecedentes clínicos, ¿Por qué no lograba moverse?
Aunque trató y trató con más ímpetu, fue inútil. Su cuerpo quedó en pausa mientras que el ruido de las olas del mar mazatleco chocando con la orilla de la playa continuaba haciendo eco a su alrededor.
“Yo decía estoy soñando, estoy dormido y no, era la nueva realidad con la que había despertado, y lo primero que pensé fue que a lo mejor estaba muy cansado, estaba agotado y resulta que no”, recuerda.
Logró despertar a la mamá de sus hijos para contarle lo que sucedía. Ella, como a muchos a los que les contó después, estaba incrédula. Tomó el brazo de Ernesto, lo levantó y lo dejó caer, pero no hubo respuesta del cuerpo.
Tras haber sido alertado de lo que sucedía, un tío llegó a la casa donde Ernesto vacacionaba. Tampoco lo creyó al principio, así que tomó las piernas de su sobrino y las abrió, él esperaba algún reflejo instintivo del cuerpo para cerrar las piernas, pero no ocurrió.
Ahora sí, alarmados, cargaron a Ernesto hacia el auto para llevarlo al hospital.
“Muy chistoso que en una vuelta que da el carro me voy de boca al piso del auto, no me pusieron cinturón de seguridad y nadie me iba agarrando. Dieron por sentado que para cualquier persona es tan normal ir sentada y no irse de lado, porque inconscientemente nuestros músculos están equilibrandose, de ahí se asustaron, dijeron vámonos a urgencias”, cuenta mientras suelta una carcajada.
En el hospital el primer diagnóstico que recibió fue que se trataba de una lesión cervical como consecuencia de un accidente de auto que había tenido tiempo atrás. Sin embargo, al ser revisado por un segundo médico se le comentó que podría tratarse del síndrome de Guillain-Barré, un padecimiento muy raro que encajaba con los síntomas.
Para ese momento Ernesto ya estaba perdiendo la fuerza para respirar y cada vez se sentía más débil, donde incluso el hablar comenzaba a costarle.
“La pregunta que todo mundo se hizo es ¿y qué se va a hacer? En aquel entonces hace 24, 25 años, más o menos, pues según lo que dijo el doctor yo debería andar en uno de los casos 200 y fracción del mundo, no había mucha gente. Entonces no había muchas referencias de los tratamientos”, menciona.
Lo trataron con Cortisona, un procedimiento relativamente común en ese entonces, pero que ahora hay estudios que demuestran que los esteroides no son totalmente efectivos para este síndrome.
Para Ernesto, una de las situaciones que le resultaban más irreales e irrisorias de lo que estaba viviendo era que no podía ir al baño por sí mismo, algo tan común como ir a orinar era una tarea imposible para su cuerpo.
Cayó en cuenta que las actividades que solía hacer en automático como levantarse de la cama, caminar, estar sentado en un auto, ya no eran su realidad.
“Una de las cosas que se me hizo muy impactante fue no poder orinar por mi propia cuenta, algo cotidiano que es ir al baño y orinar, no poder hacerlo”, menciona.
El tiempo siguió transcurriendo y Ernesto no veía mejoras en su salud, los doctores hablaban de tener que intubar debido a su dificultad para respirar. Así que un día, aceptando su nueva realidad, le pidió a Dios que, si esa iba a ser su nueva condición de ahí en adelante, le concediera la posibilidad de volver a moverse esa noche, al menos un poco.
“Llega la enfermera, cuando me retira el catéter del brazo y sentí un dolor muy fuerte, muy muy fuerte. Pero en eso que yo estaba con mi dolor no me di cuenta que me estaba moviendo de nueva cuenta y lo primero que se me vino a la mente fue Dios me hizo caso, me escuchó. Era un escándalo dentro del cuarto porque los que estaban afuera esperando para llevarme a hacer la intubación se quedaron impactados”, dijo.
Al recuperar la movilidad lo primero que hizo fue tratar de salir de la cama, se cayó en el primer intento, pero eso no le bajó el ánimo que en ese momento le recorría por completo.
“Toda esa noche intenté estar despierto lo más que pude, platicando con la gente, muy contento, muy tranquilo porque me habían concebido la dádiva de volver a moverme. Estaba muy en paz porque dije ahora me toca cumplir la parte que me corresponde”, dijo.
Al final el sueño logró vencerlo y alrededor de las 4:00 de la mañana cayó dormido. Al despertar, su primer instinto fue mover sus dedos, de ahí los pies, las manos y el resto del cuerpo, notando que su cuerpo seguía “conectado” a su cerebro, y así ha sido desde entonces.
Hoy tiene 54 años, y con una sonrisa en el rostro cuenta que su recuperación fue un milagro que agradece todos los días.
Ernesto salió del hospital tras pagar una cuenta de 90 mil pesos. Pasó un mes en Mazatlán en casa de un familiar hasta que logró recuperarse lo suficiente para viajar de regreso a Culiacán, a su hogar.
Le tomó poco más de un año de rehabilitación física y tratamiento el lograr volver a moverse con facilidad, volver al trabajo y a las actividades cotidianas de su día a día. No fue fácil, pero puso todo su esfuerzo en ello.
Hoy, al recordar lo ocurrido, Ernesto sonríe. Dice que haber superado la enfermedad fue, para él, un milagro, sobre todo al saber que en otros casos el síndrome deja secuelas que acompañan de por vida.
“Lo veo como un milagro. No le resto mérito a los medicamentos y a los médicos, pero me di cuenta que mucha gente queda con secuelas (…) a los que más mal les va pueden quedar cuadripléjicos, pueden morir”, dice.
Gracias a esa experiencia todos los días es consciente y agradece cada actividad que su cuerpo le permite hacer, “en mi día a día hago una evaluación de mi sistema. Todos los días despierto moviendo un dedo, el otro, la pierna, como diciendo sigo conectado. Para mí cada día es gracias Señor por mantenerme conectado”.
Ernesto lo resume fácil: hay que escuchar al cuerpo porque el cuerpo es muy sabio. Hoy recuerda que antes de la parálisis hubo señales como debilidad y dificultad para mover una pierna, pero lo atribuyó al cansancio o un entumecimiento momentáneo.
Por lo que, tras lo ocurrido, insiste en no ignorar esas señales que el cuerpo suele dar cuando algo anormal está ocurriendo.


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