Por Astrid Arellano / Mongabay Latinoamérica
Su primera inmersión en el mar de Pichidangui, en Chile, lo cambió todo. El agua estaba fría y la visibilidad era escasa, apenas pudo ver algunos huiros a través del visor. Sin embargo, en esa opacidad inicial, algo se volvió nítido: Makarena Betancourt supo que quería seguir buceando. Más tarde, un viaje a México terminaría por darle forma a esa certeza. En Playa del Carmen, los tiburones toro (Carcharhinus leucas) la llamaron a entregarse por completo al océano.
“Buceamos con los tiburones toro justo en la temporada en la que están preñadas las hembras, cerca de las costas”, cuenta Betancourt. “Ese fue mi primer ‘amor de agua salada’: no podía creer que había estado con tiburones que pasaban al lado mío. Lloraba y lloraba cuando salí del agua. Ahí fue cuando dije: ‘Esto es lo que quiero, esto es lo mío. No quiero seguir trabajando en un lugar en el que no estoy cómoda; quiero vivir esto’”.
En 2023 lo dejó todo. No volvió a la oficina donde trabajaba como publicista. Aprovechó un momento de quiebre en su trabajo —la pérdida de un cliente importante—, tomó su liquidación y sus ahorros, vendió y regaló hasta la última de sus pertenencias, y partió a Tailandia sin un plan claro, pero sabiendo que no había vuelta atrás. Allí se formó como buceadora profesional.
“Después pasé ocho meses viviendo en un barco en Maldivas, siendo la única mujer a bordo”, narra Betancourt, quien se desenvolvió como directora de cruceros y guía de buceo. “Estar rodeada solo de mar, lejos de todo lo conocido, me transformó profundamente: mi forma de pensar, de sentir y de ver la vida cambió por completo. Descubrí algo que hoy me mueve: existen otras formas de vivir, mucho más conectadas con la naturaleza y con uno mismo”, sostiene. Hoy es instructora de buceo, dirige un podcast y está por publicar un libro, Amores de agua salada, donde busca acercar a las personas al océano, el buceo y la vida marina desde la curiosidad y el asombro.
En Mongabay Latam conversamos con Makarena Betancourt sobre ese camino: uno que no solo la llevó a reinventar su vida, sino también a invitar a otros a mirar el océano con nuevos ojos, para luego comprender su importancia, su vasta biodiversidad y, también, su fragilidad y las urgencias que lo atraviesan.
—¿Qué cambió en usted al acercarse al mar? ¿Aprendió algo que no podría haber aprendido en tierra?
—Yo vivía en Santiago de Chile, trabajaba en una oficina. En verdad estaba súper deprimida y nada me hacía sentir bien. Sentía culpa porque mi vida estaba “bien”: tenía un buen cargo, un buen departamento, una buena pareja. Todo entre comillas, porque me sentía súper vacía.
Desde mi primera inmersión en Pichidangui, aquí en Chile, me cambió la perspectiva de muchas cosas. Hace mucho tiempo que no había algo que me motivara. Una amiga me invitó y, aunque debajo del agua no vi nada —porque en Chile es así—, me sentí viva. Dije: “Wow, necesito seguir haciendo esto”. Luego viajamos a Playa del Carmen, en México, y ese primer encuentro con los tiburones toro me enamoró.
Todo esto lo empecé a subir a Instagram, lo normal que una siempre hace. En ese entonces no tenía ningún seguidor; tenía a mis amigos y todos me decían: “Oye, ¿pero cómo hiciste con los tiburones? ¿Te pusiste tras una reja? ¿Cómo no te comieron? ¿Hiciste algo especial?” Ahí me di cuenta del desconocimiento y la desconexión que tiene la gente, al menos en Chile, de los tiburones y los océanos.
Obviamente, en ese momento yo tampoco sabía nada, pero nunca sentí miedo. Al contrario, sentí una pasión que me cambió. Entonces pensé que necesitaba empezar a mostrar un poco. Empecé por comprarme mi cámara subacuática y a sacar más videos. Después nos fuimos de viaje a Costa Rica y luego a Egipto, al Mar Rojo. Incluso con un amigo hicimos una mini empresa para hacer viajes de buceo, que él todavía tiene y le va increíble. Trabajando allí como staff me iba gratis a las expediciones y gracias a eso pude conocer muchos sitios.
Así descubrí que, debajo del agua, una se siente en paz. Una sabe que el océano no te va a salvar —aunque sí te cambiará la vida—, pero el buceo te recuerda cómo quieres vivir la vida fuera del océano, en superficie. Eso es lo que yo pensaba: yo sé que aquí, en este momento, buceando, nada en mi vida va a cambiar, pero sé que cuando salga quiero hacer cambios porque quiero una vida diferente fuera del agua. Buceando volví a aprender a respirar. Es una analogía súper linda, porque de verdad una vuelve a respirar.
Por eso siempre trato de convencer a todos mis amigos para que por favor buceen y conozcan el océano, aunque sea con snorkel. Porque cuando uno lo conoce, al final se da cuenta de que es la única forma que tenemos de protegerlo. El mar es lo más importante que tenemos en el mundo.
—¿Cree que estamos ignorando algo como sociedad respecto al mar?
—Creo que estamos ignorando la importancia del mar porque no se ve. Por ejemplo, cuando se talan los bosques, se ve. En el desierto de Atacama, cuando hay basura de ropa, se ve. Pero en el mar, cuando los corales están todos blanqueados o cuando a los tiburones les cortan las aletas, la gente no los ve, no lo sabe y nadie lo cuenta. Nadie se entera.
Creo que faltan muchos recursos y educación. En Chile tenemos ballenas, delfines, loberas y la gente no lo sabe. No quiero decir que es culpa del Gobierno, pero se nos debe educar como chilenos, porque tenemos un país costero gigante. Es súper difícil que la gente logre conectar con algo que nunca ha visto, que nunca nadie le contó, que no lo siente y que no le influye en el día a día.
—¿Qué señales de fragilidad en el océano le impactaron más cuando las vio de cerca?
—El blanqueamiento de los corales es muy fuerte. Cuando fui a Playa del Carmen por primera vez, había un punto de buceo que era súper colorido y lindo. Un par de años después fui de nuevo y estaba todo blanco.
En Maldivas también: la gente que llegaba en los barcos decía, por ejemplo, que habían estado allí hace más de diez años cuando era hermoso y tenían expectativas muy altas. Pero cuando iban al agua se daban cuenta de que el coral estaba muerto. Se nota el deterioro, sobre todo porque también hay buceadores irresponsables que tocan el coral. Nosotros estamos todo el día luchando para que, por favor, si van a bucear sean responsables.
Pero lo más fuerte es el plástico. Una vez me tomé un descanso del barco y pasé siete días en Maldivas, en una de sus islas al norte, que no es nada turística. Estuve caminando por las playas, que son hermosas, pero la cantidad de basura que había era insostenible. Salí con una bolsa y empecé a recoger basura. Pero fue imposible: necesitaba camiones, barcos completos, porque eran toneladas y toneladas de plástico. Maldivas está justamente debajo de los países más contaminantes, como India, por ejemplo. Y como Maldivas es un país formado por islas, actúa como red, entonces toda la basura que baja se queda allí. Es muy triste.
Mi pequeña reflexión es que cada vez que voy a comprar algo, pienso en las playas y me pregunto: “¿Dónde va a terminar esto? ¿Realmente lo necesito?” Después de regalar todas mis cosas, me fui al otro extremo, porque ahora ya no tengo nada. Pero fue eso: te lo cuentan en la televisión, pero verlo tú misma, es muy fuerte. Cuando una ama el océano y trabaja de eso, todo te toca un poco más.
—Frente a eso, ¿qué puede generar la experiencia directa que quizás no logran los datos en la conciencia ambiental?
—Muchísimo. Por eso me gusta mucho dar clases de buceo, porque sé que cuando la gente baja y ve lo que hay, tiene esa primera experiencia y se enamora. Cuando ve la primera tortuga, empieza a querer tanto al océano que comienza realmente a tomar acciones, aunque sean chiquititas, para tratar de cuidarlo y también divulgar un poco más.
Para mí, la mejor acción es conocer el océano. No solamente por fuera, yendo a mirarlo desde la playa, tomando el sol y mojándose los pies; hay que meterse, mirar lo que hay debajo. El océano es vida, es precioso y está sufriendo las consecuencias de nuestras decisiones.
Por eso intento mostrar el buceo desde lo divertido y como una experiencia que no van a olvidar. Trato de que sea desde ahí, diciendo: “Anda, sumérgete y velo con tus ojos”. Sentir la ingravidez es una experiencia única. Es un mundo nuevo. Después de que logro que la gente bucee, empezamos a hablar de conservación. Cuando ven lo lindo que es bajo el agua, empiezan a tomar conciencia de lo importante que es cuidar el océano.
El buceo te va a llevar a un mundo que no solamente está dentro del agua, porque lo más lindo pasa afuera: empiezas a conocer y a hacer conexiones con gente que está en lo mismo que tú, empiezas a tener salidas y viajes con personas que nunca pensaste que ibas a conocer. Empiezas a hacer comunidad.
Me encantaría que todos tengan la oportunidad de, al menos una vez, sumergirse de verdad en el mar. Entiendo que es súper difícil porque los recursos económicos son limitados y el buceo es un deporte que inicialmente es caro. Pero me gustaría que el Gobierno en Chile tuviera algún programa con el que los niños y las personas con menos recursos puedan tener acceso al mar.
—Próximamente publicará su libro «Amores de agua salada”, ¿por qué era importante contar esta historia?
—Para mí, escribir fue una catarsis. Cuando me fui sola al otro lado del mundo, a vivir en Tailandia, sin siquiera manejar el inglés, fue tanto el cambio que empecé a escribir todo lo que me pasaba. Y ahí pensé en armar un libro. No es una guía, no son tips de cómo hacerlo, sino como una historia-reflejo.
Está contado en tres partes. La primera, es mi vida anterior, sobre lo vacía que estaba, lo que hacía, lo que sentía, mis primeras inmersiones y lo que provocó el mar en mí. También sobre el desconocimiento y la desconexión total con el océano, que creo que es donde más se puede reflejar la gente. La parte dos del libro, es la isla. Es la parte más entretenida porque es donde narro el éxtasis de llegar y hacer todo nuevo: aprender a hablar otro idioma, aprender a andar en moto, aprender a bucear de verdad y conocer otra cultura.
En la tercera parte, hablo de qué pasa cuando esa emoción, el éxtasis y esas primeras veces, pasan. Es como: “Okay, dejé toda mi vida atrás, dejé toda mi estabilidad, dejé a mi pareja. La pasé ‘bomba’ durante un año. Pero eso ya pasó, ya no es nuevo. ¿Qué voy a hacer ahora? Porque es una vida que al menos yo no puedo vivir”. O sea, se puede vivir, pero también es un poco falsa. No puedo estar viviendo de las primeras emociones todo el tiempo, entonces hablo de todo lo que vino después.
Estoy trabajando en un sitio web donde también habrá un taller para que la gente pueda acercarse un poco más al libro. Es una historia entretenida de la que vas a aprender, vas a reírte y a sorprenderte. Al final, es una historia honesta.
—También está llevando todas estas experiencias a su podcast, ¿qué tipo de conversación busca abrir allí?
—En el podcast hablo de temas más concretos y siempre tengo invitados. Lo que quiero lograr es compartir información de gente que ha hecho lo mismo, pero desde otra experiencia. Por ejemplo, invité a un instructor que lleva ocho años viviendo en Koh Tao [en Tailandia] para hablar sobre la realidad de ser instructor, para que la gente tampoco llegué pensando que es el mejor trabajo del mundo, sin saber también la parte incómoda.
Entonces el podcast siempre tiene un invitado: un experto en conservación de ballenas, un experto en conservación de tiburones, un experto en cómo poder reducir el plástico o el daño en el océano. Quiero tener invitados que me enseñen cosas que yo no puedo enseñar.
Uno de mis episodios favoritos es con David Vázquez, que hace fotografía submarina; es una conversación súper informativa. Él da muchos tips, pero todo es súper chistoso. Se abre una conversación muy liviana y fácil de entender, y yo quiero seguir manteniendo ese tono. Si un día pudiera entrevistar a un experto en conservación u otra área, quiero que el tono sea ese: que me explique “con peras y manzanas” las cosas, que nos riamos y que conversemos con base en las experiencias.
—¿Qué siente que está en juego si no cambiamos nuestra relación con el mar?
—Hoy la vida marina está muy por debajo de lo que había antes. Estamos extinguiendo vidas. Hay puntos de buceo en Maldivas que son canales por donde pasan las corrientes entre los atolones, y ahí pasan muchísimos tiburones. Y uno siempre que ve los tiburones, tienen anzuelos de pesca. Entonces digo: “Bueno, este se salvó, ¿pero cuántos no pudieron?”
—¿Qué significa el mar para usted?
—Es mi todo. El mar me dio una nueva oportunidad de vivir, de entender muchas cosas y de ser mucho más humana. Me enseñó un montón de cosas que antes no veía. Por eso quiero que todo el mundo lo quiera. Por eso mis ganas de ser instructora. Después de mostrarle a la gente que entra conmigo la primera vez y se enamora, digo: “Uno más conmigo que sintió esto y que quizás le cambiará la vida”.
El océano te muestra que hay otro camino, que hay otra forma de vivir, no solamente en la ciudad, trabajando, en el tráfico y en lo que nos enseñaron. El mar me dio una nueva vida, una nueva misión.
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Este trabajo fue realizado por Mongabay Latinoamérica. Para consultar el contenido original, dar clic aquí.

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