Mazatlán, Sinaloa.- Aquí están otra vez, en plantón. Gritan mientras hacen fila para anotarse en otra lista que, al final del día, no servirá para nada. Escriben sus nombres, las claves de sus servicios. Enseñan los recibos como sentencias. Se quejan en voz alta. Entre ellos dicen que son cerca de 150 personas, todas atrapadas en el mismo remolino: recibos de luz que llegaron más caros que la despensa, más altos que el salario de un mes entero.
Ya fueron al Sistema de Administración Tributaria. Algunos también caminaron hasta la Procuraduría Federal del Consumidor. Una comitiva tocó las puertas del Ayuntamiento. Y esta es la tercera vez, en menos de una semana, que están plantados en las oficinas de la Comisión Federal de Electricidad en Mazatlán.
Van y vienen como funámbulos buscando tierra firme, pero en ningún lado, nadie, les ha resuelto nada.
Solo basta una pregunta para que cinco o seis voces respondan al mismo tiempo, envueltas en coraje. Los ánimos se encienden porque, dicen, no ven la luz. No solo la del servicio eléctrico, sino la de una solución que no llega.
RAFAEL
Aquí está Rafael Zataráin. Viene en camiseta sin mangas y cuando grita se le nota la impotencia. Acusa que el lunes pasado le cortaron la luz a su nuera Angélica, allá en Pradera Dorada, donde vive sola con su bebé de un año mientras su esposo trabaja como trailero fuera de la ciudad. Por eso vino. Porque en Mazatlán una casa sin electricidad se vuelve un horno.
“Un vecino le está pasando luz. Vine a ver por ella y la criatura. Mi hijo es trailero y no se la lleva aquí. Ella está sola con la niña de un año. Ahorita quiero ver cómo le puedo conectar la luz…”
Cuenta que el día del corte, los trabajadores de la CFE les pidieron 500 pesos para no suspender el servicio. Pero la nuera Angélica no tenía tanto dinero.
“Le dijeron que diera 500 pesos para no cortarle la luz. Les dijo que tenía la niña chiquita y que no tenía dinero, le valió al amigo y le cortó la luz”.
Don Rafael explica que en esa casa apenas hay un refrigerador, un abanico y una televisión. Nunca han podido comprar un aire acondicionado.
ROBERTO
Aquí también está Roberto Yáñez. Es pintor e impermeabiliza casas y empresas. Esta es la tercera vez que pide permiso sin goce de sueldo para acudir a la protesta. Habla ya de amperes y kilowatts como quien aprende un idioma obligado por la necesidad. Dice que en su vivienda, en la Isla de la Piedra, solo tienen dos abanicos, una televisión que casi no usan, cargadores de celulares, una lavadora que se enciende dos veces por semana y un refrigerador. Tampoco tienen aire acondicionado.
El último recibo le llegó por 6 mil 98 pesos, cuando normalmente paga mil 250. Cuando personal de la CFE acudió a revisar su caso, Roberto buscó respaldo con electricistas de la empresa donde trabaja. Pa’ los coyotes los perros.
“Me vinieron alrededor de mil 600 kilowatts, yo gastaba 500 cada dos meses. ¿Qué dispara este incremento? Eso es lo que no se sabe. Es el secreto de la Comisión… Los electricistas de mi empresa me dijeron que eran los medidores y los de la Comisión nomás dijeron vámonos. No quisieron dar explicación. Esa es la inconformidad: ¿dónde están los mil 100 kilowatts que según yo gasté?”
Roberto asegura que en la Isla de la Piedra se han registrado al menos 15 cortes de energía en viviendas vecinas. Dice que el miedo ya no es solo el recibo: es quedarse sin ventilador en plena ola de calor.
MIMI
Mimi habla y alrededor varios asienten con la cabeza. Su voz resume el cansancio colectivo.
“No se nos hace justo porque todas las personas que estamos aquí trabajamos por un sueldo mínimo. No estamos de acuerdo con los costos de la Comisión. ¿Cómo es posible que alguien que le llegan 300 pesos ahora le lleguen 2 mil 500? ¿O comemos o pagamos?”
SUJEY
Adentro de las oficinas está Sujey García, dirigente del grupo Actua, reunida con el superintendente de la CFE, Manuel Morachis Machado. Pasa más de dos horas negociando. Cuando sale, trae una propuesta formal. Reúne a todos en una esquina del edificio y les explica que la CFE ofrece permitir el pago de los recibos en seis meses.
Algunos rechazan la idea. Otros bajan la mirada. Hay murmullos. Sujey les advierte que si continúan con el movimiento, las protestas tendrán que escalar: viajar a Culiacán, manifestarse en el Congreso, pagar camiones.
“Va a salir más caro…”, alcanza a decir alguien entre la multitud.
Los que querían seguir comienzan a flaquear. La mayoría acepta. Ese parece ser el acuerdo: pagar en seis meses. Son las 10:30 de la mañana.
“Perdimos…”, dice Roberto Yáñez. Lo dice con la resignación de quien sabe que terminará pagando algo que jura no haber consumido.
Pero la tregua dura poco. Dos horas después, Sujey García vuelve a salir y anuncia que no hay acuerdo. La CFE se negó a firmar un compromiso para ampliar el plazo de pago a las familias cuyos recibos superan los 6 mil pesos.
“No quisieron firmar el convenio. El señor Morachis no lo quiso firmar. Se rompe el trato. Yo tenía que respaldar lo que hablamos adentro para poder que me firmara el convenio. No quería que saliera a la luz, pero tampoco se quiere comprometer. Y eso no me da certeza de que se va a hacer lo que hablamos adentro. Ellos no quieren que la sociedad se dé cuenta de esto para que no se haga un alboroto. Lo que sigue es la subestación…”
La inconformidad sigue encendida como un cable pelado bajo la lluvia.

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