Desde muy joven, Melina Maldonado Sandoval aprendió de su padre a respetar el mar, la tierra y sus tradiciones, valores que, sin imaginárselo, la encaminaron a convertirse en una defensora del territorio.

Siendo una mujer que proviene de la ribera del mar, originaria de la comunidad indígena Mayo-Yoreme de Lázaro Cárdenas –localidad pesquera perteneciente a la Bahía de Ohuira, al norte de Sinaloa–, Melina creció rodeada de espacios sagrados como el Baahue Ánia (el Mundo del Mar) y el Juyya Ania (el Mundo del Monte), donde comprendió que el territorio no es solo un pedazo de tierra, sino un lugar de conexión entre la naturaleza y sus pobladores.

Encasillar a Melina en un solo quehacer es casi imposible, pues a lo largo de sus 46 años de edad se ha desempeñado en diferentes actividades, y en todas ha priorizado y defendido su amor por el mar y las tradiciones de su pueblo.

Melina es una mujer pescadora, estudiante, artesana, madre de familia, monitora de tortugas, promotora ambiental y hablante de la lengua Yoreme, labores en donde ha encabezado iniciativas para la defensa del territorio y el empoderamiento de su comunidad, especialmente de las mujeres.

Es una de las líderes de la oposición contra la instalación de una planta de amoníaco en la Bahía de Ohuira, en Topolobampo, promovida por Gas y Petroquímica de Occidente. Esto último la ha hecho el blanco de amenazas y agresiones verbales al defender que ésta planta ocasionaría grandes daños sobre el medio ambiente, la economía y salud de las comunidades aledañas, entre ellas la suya.

Su quehacer la ha convertido en un símbolo de empoderamiento, valentía y liderazgo para muchos miembros de su comunidad, inspirando a mujeres y hombres a alzar la voz y no tolerar las injusticias y/o violaciones a sus derechos como población indígena.

Melina se ha dedicado a defender las tradiciones, cultura y biodiversidad de su territorio, de aquellos que solo llegan a aprovecharse de los recursos naturales y su gente sin aportar algún beneficio.

Sin embargo, su consolidación como defensora del territorio no ha estado exenta de retos y sacrificios personales, como el equilibrar su tiempo entre las actividades propias de ser mujer, madre y activista; recibir amenazas y hostigamiento y tener que defenderse de los intentos para desacreditar y minimizar su activismo por el hecho de ser mujer e indígena.

Melina, la mujer que vive del mar

Una de las características que más podrían definir a Melina es su habilidad para aprovechar las oportunidades. Ejemplo de ello es su etapa como artesana, en donde encontró una forma de transformar los regalos del mar en sustento y un medio para generar un sentido de pertenencia comunitaria.

Motivada por la idea de construir una vida sin carencias para ella y sus hijos, Melina comenzó a recolectar conchas, escamas y otros objetos que el mar arroja a la orilla para transformarlos en piezas de bisutería y arte decorativo.

Viniendo de una familia de pescadores y conociendo ella misma el oficio, aprendió que el mar no es solo una fuente de alimento, sino también de riquezas que pueden convertirse en arte y sustento. Convencida de ello, gestionó talleres y recursos para crear un proyecto en el que más mujeres de su comunidad se involucraron. Proyecto que adquirió el nombre de Baawe paria (Playas del mar).

“Siempre buscamos no matar para elaborar, simplemente lo que el mar nos da (…) o o cuando tira el pescado los sobrantes del callo y todo eso, nosotros íbamos y recolectamos de la basura y pues hacemos aretitos, pulseritas, adornos para las casas un sin fin de de artesanías con los desechos pesqueros”, dijo Melina en entrevista.

Sus creaciones no solo se comenzaron a vender en los puertos cercanos a los turistas, sino que el taller alcanzó reconocimiento y empezó a recibir invitaciones de otras regiones para participar en ferias artesanales.

“Nos visibilizaron como artesanas locales porque los artesanos que hay compran y venden, pero nosotros somos yo creo que las únicas artesanas de artesanías marinas que somos local”.

Este proyecto se convirtió en más que una fuente de ingresos: fue un medio para que la población aprendiera a revalorar y defender su territorio.

Para Melina, este proyecto comunitario es un ejemplo más de cómo el mar ha sido un elemento sagrado que la ha convertido en una mujer libre y empoderada en su territorio.

“Yo digo que tengo mucho agradecimiento por el mar, porque me ha dado, me ha curado, me ha sanado, siento que me ha dado lo que soy. Estoy valorando el lugar en el que estoy viviendo y lo he valorado porque me ha sanado, me ha dado, me ha hecho una mujer libre, empoderada dentro de mi territorio porque sé qué valor tiene, sentimental, económico y cultural”, dijo.

Melina, la tortuguera

 

El respeto y amor de Melina por la naturaleza la ha llevado a recorrer un camino como promotora del medio ambiente, con actividades como el monitoreo de tortugas marinas y la concientización de niñas, niños, jóvenes y adultos sobre la importancia de proteger los recursos naturales de la región.

Colabora con biólogos del Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional Unidad Sinaloa (CIIDIR) del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Además, pertenece a un grupo de tortugueros en Sinaloa llamado Baahue Ánia e impulsó un grupo de promotores comunitarios ambientales que se conforma por niños, adolescentes, mujeres y pescadores.

Cada cierto tiempo o cuando llega algún programa institucional ambiental, Melina y su equipo de tortugueros acuden a las zonas donde las tortugas se alimentan o descansan, para después capturarlas y poder estudiarlas. Para ello les toman muestras de sangre, las pesan, miden y les asignan un nombre. Los nombres generalmente son de lengua yoreme como reconocimiento a su cultura. Se han colocado nombres como Baka sewa (Flor de carrizo), Jiapsi (Corazón) y Alheyya (Alegre).

A menudo también se coloca el nombre de la persona o un familiar de quien haya capturado accidentalmente la tortuga y que decidiera entregarla para su conservación.

Gracias a su compromiso de proteger el  Baahue Ánia (Mundo del Mar), Melina explicó que ha logrado que muchos pescadores entreguen voluntariamente las tortugas capturadas accidentalmente. Explicó que ya hay alrededor de un 70% de aceptación en la comunidad para evitar el consumo y comercio de estas especies.

“Desde nuestros ancestros era una fuente de alimento duradero, capturar una tortuga era de que te la compraban y era para pagar colegiaturas, para pagar alimento a tu casa, ese tipo de cosas, pero como que se fueron perdiendo por la información que hemos venido dando sobre cuál es la importancia que tiene la tortuga dentro de la bahía  y qué representa para tí como indígena”, dijo.

En su papel como promotora del medio ambiente, Melina ha dedicado parte de su tiempo en acudir a escuelas de la Bahía de Ohuira en donde les enseña a las y los estudiantes que el mar no solo ofrece recursos para explotar, sino que merece respeto.

Esta parte de su andar como defensora ha sido muy importante para Melina, pues ha implicado el aprender más sobre la importancia del lugar en donde vive y lo que el territorio puede ofrecer, para después compartir ese conocimiento con su comunidad y mostrar el gran potencial que tiene el territorio y la necesidad de protegerlo.

“Tenemos la cultura Mayo-Yoreme dentro de la comunidad, gastronomía, danzas, ceremonias, entonces yo traté de que la gente visibilizara los potenciales que tenemos porque no nada más es vivir de extraer el producto del mar, sino que se den cuenta que tenemos mucho potencial”, dijo.

Melina, la defensora

 

Las actividades que Melina había estado realizando a lo largo de su vida en beneficio de su comunidad fue solo su inicio como activista, pues su consolidación como defensora del territorio llegó cuando avizoró una potencial amenaza a la salud y supervivencia de su comunidad: la construcción de una megaplanta de amoniaco en la región de Topolobampo, poblado vecino de la comunidad de Lázaro Cárdenas.

En 2013, la empresa Gas y Petroquímica de Occidente inició el desarrollo de una planta para la producción de amoniaco, en Topolobampo, al norte de Sinaloa. De acuerdo con la información de su sitio web, éste proyecto busca producir 2 mil 200 toneladas métricas diarias de amoniaco anhidro, uno insumo utilizado en la producción de fertilizantes (GPO Planta de Fertilizantes, sf).

Al igual que otros megaproyectos impulsados por empresas nacionales e internacionales que se planean bajo promesas de “desarrollo”, “empleo para la población” o “desarrollo económico” (Consejo de Educación Popular de América Latina y el Caribe [CEAAL], 2012), la planta de amoniaco en Topolobampo se oferta como un proyecto que beneficiaría los agricultores de Sinaloa, Baja California, Baja California Sur, Sonora, Chihuahua, Durango, Zacatecas, Nayarit, Jalisco y Michoacán.

“Nuestro proyecto tendrá un efecto multiplicador en la economía local y nacional; beneficiará a los productores agrícolas del país, y México volverá a ser un eslabón geoestratégico en el mercado mundial de fertilizantes” (GPO Planta de Fertilizantes, sf).

Sin embargo, existen estudios y testimonios que han revelado irregularidades técnicas y legales relacionadas con la construcción de la obra, así como un proceso de contaminación del área protegida bajo normas internacionales.

Ante esta amenaza que cernía sobre los pueblos de Ohuira, Paredones, Muellecitos, Campo Nuevo, San Carlos, Topolobampo y Lázaro Cárdenas, en 2015, un grupo de activistas ambientales tramitaron un amparo con el objetivo de impedir que continuara la construcción de la planta de amoniaco.

Entre ellos se encontraba Melina Maldonado Sandoval, quien en estos casi 10 años desde que se presentó el primer amparo se ha convertido en una de las líderes y voceras del movimiento en contra de la planta de amoniaco en Topolobampo.

De acuerdo con Melina, todo comenzó gracias a otra mujer, la doctora Diana Cecilia Escobedo, investigadora del Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Ésta última, en su labor de informar a las comunidades indígenas de la bahía de Ohuira sobre los efectos dañinos de la planta de amoniaco, visitó el poblado de Lázaro Cárdenas y dirigió una reunión en la que Melina estuvo presente.

“Escuché muy detenidamente y ahí dije tenemos que hacer algo, nosotros no podemos permitir ese tipo de empresas que nos pongan en riesgo para toda la vida, hemos sido un pueblo olvidado totalmente, a lo mejor nos ha faltado acción participativa, pero al final de cuentas existimos, somos los más alejados dentro del municipio de Ahome y ahorita no puede ser que pongan en riesgo el sustento, porque van a utilizar aguas de la bahía”, dijo Melina.

El conocer de los efectos devastadores que la planta podría traer sobre la biodiversidad y la salud de la comunidad, la impulsó a unirse a líderes indígenas, activistas y académicos para alzar la voz contra el proyecto, creando la organización llamada “Aquí no”.

Como parte de sus labores de defensa, convocó a más mujeres de las diferentes comunidades de la bahía de Ohuira y junto a ellas promovió la presentación de amparos legales en contra de la operación de la planta de amoniaco.

Ésto la obligó a obtener conocimientos que en el pasado no había pensado necesitar, como la valentía de tomar un micrófono en medio de multitudes, conocer terminología legal para defender sus derechos como mujer indígena, confrontar a representantes políticos, administrar su tiempo y aprender a gestionar sus propias emociones.

Sin embargo, el enfrentarse a dicho megaproyecto también la convirtió en blanco de amenazas, acoso y campañas de desprestigio para detener su activismo. Por eso, para ella ha sido clave el rodearse de una red de apoyo que poco a poco fue creando entre defensoras, abogados ambientales, su familia y comunidad.

“Fue así como que yo me fui metiendo como cabeza dentro de la defensa del territorio, pero al final de cuentas no es solamente Melina, somos un montón de guerreras que estamos dentro de la comunidad”, dijo.

La amenaza que llegó a su territorio y el valor con el que ha organizado a su gente y alzado la voz han sido un ejemplo que ha inspirado a otras mujeres de su comunidad a unirse y seguir defendiendo su tierra ya su gente.

“Yo ahorita me siento tan agusto y feliz porque yo sé que esas mujeres ahorita, fue como que un efecto rebote es amenaza que tenemos para poder que se empoderen más mujeres dentro de la comunidad, que se animen a agarrar un micrófono, de alzar la voz”, dijo.

Melina, la mujer

 

El ser una mujer indígena ha implicado que Melina tenga que enfrentar desafíos personales, familiares y sociales, así como críticas y señalamientos relacionados con su género y los roles tradicionales que la sociedad ha impuesto a las mujeres.

Las personas externas a su comunidad la han llamado “metiche” o “chismosa” para menospreciar su labor, incluso la han tratado de desacreditar con rumores sobre su vida íntima y relaciones sentimentales.

Lamentablemente, estos desafíos a los que Melina ha tenido que hacerle frente son un ejemplo de las violencias basadas en género que muchas mujeres encuentran en su camino como defensoras causas sociales y ambientales.

Pero no solo eso, también ha tenido que enfrentar otras violencia como amenazas y el acoso de personas que han intentado frenar su rol como líder.

“Me han ofrecido dinero, me han perseguido, me han amenazado, me han dicho, hecho y yo no ando por algo económico, es la defensa del territorio”, dijo.

Por otra parte, al ser mujer activista, Melina también ha tenido que hacer sacrificios personales y aprender a equilibrar su tiempo entre sus responsabilidades como madre, activista y estudiante universitaria.

Aunque ella reconoce que debido a su activismo sus hijos se han visto obligados a adaptarse a sus ausencias y asumir responsabilidades a temprana edad, es gracias a su red de apoyo que ha logrado que su andar no sea una tarea imposible de realizar.

“No ha sido fácil, pero ha sido de mucho aprendizaje y de crecer, de cómo organizar todo este tipo de cuestiones y yo siento que he agarrado mucho aprendizaje y que si no hubiese sido por esta etapa de vida, valga la redundancia, que me dio la vida, no fuera lo que soy o no hubiera tenido esa fortaleza para cuidar y defender mi familia”, dijo.

Su experiencia es un ejemplo de la resiliencia de muchas mujeres que desafiando la histórica constitución de una sociedad patriarcal, han optado por defender su entorno y su libertad.

“Yo creo que he logrado esa visibilidad de una mujer defensora del territorio y empoderar a más mujeres dentro de mi comunidad y fuera de la comunidad. He logrado un reconocimiento que no busqué”, dijo.

Explicó que su activismo continuará mientras siga percibiendo injusticias hacia su pueblo y haya gente que confíe en ella para seguirla y respaldarla.