Las campanas de la iglesia empezaron a sonar con una frecuencia inquietante: cada repique anunciaba una muerte. En Alpuyeca —una comunidad indígena náhuatl del sur de Morelos, México—, un par de preguntas se volvieron cotidianas: “¿Quién se murió ahora? María, Toño, Paco”. A mediados de los años 2000, mientras el humo de un tiradero a cielo abierto seguía levantándose detrás de los cerros y los lixiviados —líquidos altamente contaminantes— escurrían hacia la tierra y el agua, los habitantes comenzaron a relacionar esos repiques —y el aumento de muertes y enfermedades respiratorias y estomacales, entre otras— con el basurero que durante décadas recibió residuos de la ciudad de Cuernavaca y de municipios vecinos.

“Yo nací con el basurero”, dice Guadalupe Záyago, maestra y defensora del territorio. El tiradero de Milpillas —ubicado en la comunidad vecina de Tetlama— estaba ahí desde que ella recuerda: en el humo de los incendios recurrentes, en el mal olor, en la sensación de que el pueblo convivía con una amenaza que nadie había elegido. Con el tiempo, la comunidad lo bautizo con otro nombre: el Basurero de la Muerte.

La defensa que llegó después no nació solo del miedo a enfermar, sino del miedo a perder el territorio entero. “No hablamos del territorio como la franja geográfica”, explica Záyago.

“Hablamos de todo lo que está en él: la música, la danza, la lengua, la comida, la forma de vivir, organizarnos y relacionarnos con los otros, con el medioambiente, con la noche, con el día, con el temporal de lluvias y de secas”.

Los primeros niños y niñas que formaron parte de la escuela primaria habían sido expulsados de otras escuelas. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

En marzo de 2006, la asamblea comunitaria de Alpuyeca decidió frenar al basurero. La resistencia tomó la forma de un plantón y de un bloqueo carretero para impedir el paso de los camiones recolectores de basura. Hubo guardias, una comisión que sostuvo las medidas y un consejo de ancianos y ancianas que acompañó el proceso. Los manifestantes no estuvieron exentos de amenazas y hostigamiento, pero la presión que lograron ejercer sobre Cuernavaca y otros municipios se volvió tan fuerte que Alpuyeca provocó una de las peores crisis de basura en la historia reciente de Morelos. La presión obligó al Gobierno a decretar el cierre del basurero ese mismo año, en junio, apenas tres meses después.

Pero la victoria dejó una pregunta incómoda. Si la basura dejaba de llegar a Tetlama y Alpuyeca, ¿adónde iría? ¿A qué otra comunidad rural o indígena le tocaría cargar con los residuos de las ciudades? El cierre del tiradero no resolvía el problema: apenas lo desplazaba. La respuesta de Alpuyeca fue más ambiciosa: no bastaba con sacar la basura de su territorio, había que cambiar la relación con ella.

En 2006, la comunidad de Alpuyeca dio un ultimatum al gobierno de Morelos para clausurar el tiradero de Milpillas, en Tetlama. En las asambleas, colgaban una lona con la cuenta regresiva. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

De esa reflexión nació el Decálogo de Cero Basura, una apuesta colectiva para reducir al mínimo los residuos de la comunidad y revisar la vida cotidiana desde otro lugar: la comida ultraprocesada, el consumismo, los desechables de un solo uso. La basura dejó de ser solo un problema sanitario o de gestión municipal y se volvió una pregunta sobre cómo vivir sin reproducir el abuso sobre otros territorios.

Las familias crearon sus propios centros de compostaje, los comercios dejaron de dar bolsas de plástico y contenedores de unicel. Incluso crearon una vajilla comunitaria: reunieron platos, vasos y cucharas reutilizables que le daban la vuelta a todo tipo de festejos durante el año.

Pero cinco años después del cierre del basurero, en 2011, esa iniciativa tomó forma en su apuesta más grande: la creación de la escuela primaria comunitaria 17 de abril de 1869, una extensión de aquel proceso de Alpuyeca, pensada como un laboratorio para ensayar otra relación con el territorio. No para enseñar, en abstracto, a separar residuos, sino para preguntarse cómo criar colectivamente a niñas y niños sin repetir la lógica que había enfermado a su territorio.

Escuela Primaria 17 de abril de 1869 en sus inicios, en 2011. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

La basura también entra por el cuerpo

“La escuela era tres saloncitos con niños y niñas que no querían en otras escuelas”, dice la maestra Susy Rojas. “Los reprobados, los que robaban, los violentos con conductas inapropiadas para otras escuelas y que no sabían qué hacer con ellos”, recuerda. La escuela se construyó en las faldas de uno de los muchos cerros que rodean a Alpuyeca, por exigencia de la comunidad a una empresa constructora como parte de un acuerdo para que le permitiera realizar un desarrollo inmobiliario en la zona.

Eran los tres salones en un terreno baldío seco, sin árboles ni una barda perimetral. “Solo dos maestras soñando, queriendo crear, y estos niños fueron la primera generación”, recuerda Záyago sobre el arranque de la escuela que fundó junto con María del Carmen Pantitlán Aguirre, directora del plantel.

Para pensar en su modelo pedagógico, las maestras se pusieron a mirar a las infancias fuera del aula: cómo andaban en bicicleta, cómo se subían a los árboles, cómo nadaban en el canal de riego, cómo montaban a caballo.

“Tenían muchísimas virtudes: eran niños y niñas libres, que venían de escuelas donde querían someter su libertad a cuatro paredes, en una butaca, en un cuaderno”, explica Záyago.

Al principio la escuela era de apenas tres salones pequeños, pero fue creciendo con los años. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

Entonces, ¿cómo sostener esa libertad dentro de la escuela? La respuesta de las maestras fue pensar la primaria como “un territorio dentro de otro territorio”, en palabras de Záyago: un lugar donde pudieran entrar la milpa, la cocina, la asamblea, los cerros, las plantas, la lengua y los saberes que la comunidad no quería perder.

“Lo que queríamos para la comunidad, lo hicimos en la escuela”, dice Záyago. Rojas lo explica desde el trato con las infancias: “Significó intercambio y comunicación, que los niños y niñas tuvieran voz y voto, que dijeran qué querían, qué les gustaba y qué no; que se sintieran en casa, pero una casa mejorada”. La frase no es menor: varios también cargaban con violencia en sus hogares.

Poco a poco, montaron un comedor escolar para pensar la alimentación como parte de la salud y para que ninguna infancia se quedara sin su comida diaria. También un huerto escolar y una milpa —sistema agrícola tradicional donde el maíz es el centro— para recuperar el vínculo con la tierra y para cerrar el paso a la comida chatarra. Crearon un sistema de composta para devolver a la tierra lo que la tierra había dado; un banco de semillas para resguardar variedades y memorias; y una farmacia viva de plantas medicinales sembradas con el conocimiento de sus abuelas y abuelos.

El comedor escolar atiende diariamente a los estudiantes. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

Los niños y niñas de Alpuyeca trabajan en el mantenimiento de los cultivos escolares. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

En otra parte del predio, las maestras decidieron no podar un espacio para que las niñas y los niños observaran qué hierbas brotaban en tiempo de lluvias y cuáles resistían la temporada de secas. La escuela abrió espacio a las faenas comunitarias, a los talleres y a la participación de madres, padres, campesinos, abuelas y abuelos que entraban no como invitados, sino como parte de la enseñanza colectiva. En palabras de las maestras, es como si la escuela tuviera una barda “porosa”, donde los muros son abiertos para que el conocimiento circule de ida y vuelta.

“No somos niños hotdogs ni hamburguesas; somos niños milpa, nopales, zompantles, quelites y verdolagas”, resume Záyago como centro de la filosofía de sus estudiantes.

“Eso nos implicó invitar a los campesinos a que nos enseñaran cómo se cultivaba la tierra de manera limpia y cómo se captaba el agua de lluvia; a buscar en otros pueblos a gente nahuahablante para que nos ayudara a recuperar la lengua; hicimos que las abuelas nos enseñaran a cocinar con el saber de la cultura alimentaria propia”.

Las infancias de Alpuyeca se identifican con sus plantas, sus cerros y la cultura náhuatl. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

El libro Salud integral comunitaria. Un ejercicio transdisciplinario en escuelas de educación pública de México, es una publicación colectiva coordinada por la investigadora Juanita Ochoa, que documenta el trabajo realizado con cinco escuelas del país —entre ellas la de Alpuyeca— para pensar cómo una primaria puede ser, al mismo tiempo, espacio de alimentación, identidad, salud psicosocial, resguardo de saberes y organización comunitaria.

La antropóloga e investigadora independiente Mercedes Campiglia, coautora del estudio y quien acompañó a la escuela 17 de abril de 1869 a documentar su proceso, dice que esta se volvió un referente precisamente porque convirtió la defensa del territorio en una forma de producir salud desde lo comunitario. “La 17 de abril fue el modelo del cual partió la propuesta porque ellas tienen un camino recorrido increíble en este proceso de defensa de la vida”, dice Campiglia.

Las maestras María del Carmen Pantitlán Aguirre, Guadalupe Záyago y Susy Rojas. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

El proyecto reunió a investigadoras e investigadores de distintas disciplinas con maestras, familias y comunidades para registrar huertos, radios, talleres, procesos pedagógicos y formas de cuidado, pero también para traducir esas experiencias en materiales, manuales y propuestas que pudieran servir a otras escuelas públicas.

Una de las claves de Alpuyeca es que las maestras no avanzan como figuras aisladas, sino como parte de un mandato colectivo, agrega Campiglia. “Ellas no van solas. Van a partir del respaldo de la comunidad de la que vienen”, dice la investigadora. “Han logrado esa legitimidad porque no avanzan por su propio pie: cada paso lo consultan en asamblea y lo que se acuerda colectivamente es lo que empujan”.

La escuela cuenta con espacios de huerto, composta, banco de semillas y farmacia viva. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

Tekuan Radio: el refugio de la palabra

El cierre del basurero no trajo una paz duradera. Entre 2006 y 2019, Alpuyeca enfrentó nuevas disputas por el territorio, presiones y amenazas contra integrantes del movimiento —incluida la propia maestra Záyago, quien recibió amenazas de muerte—, y un clima de violencia que fue debilitando la vida comunitaria. Fue entonces cuando la escuela empezó a volverse algo más que un proyecto pedagógico. Se volvió refugio.

Trajimos la casa a la escuela y llevamos la escuela a la casa”, dice Záyago. Las maestras y las familias intentaron resguardar, dentro del plantel, una parte de la vida comunitaria que afuera ya no podía sostenerse del mismo modo. En la primaria siguieron las asambleas de niñas y niños, las reuniones de madres y padres, el trabajo con la comida, la milpa, las plantas y el intercambio entre generaciones.

Ese intercambio terminó encontrando otra herramienta: la radio.

Tekuan Radio es un espacio organizativo desde el que se promueve la defensa del territorio con la participación de las infancias. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

En 2020, Záyago fundó Tekuan Radio, una emisora comunitaria que nació para sostener la educación, la memoria y la organización del pueblo. El proyecto ya tenía un transmisor, pero todavía no arrancaba. El detonante fue el asesinato del defensor del territorio Samir Flores, en Amilcingo, Morelos. “Ese evento nos hizo salir a los micrófonos”, recuerda Záyago. “Bajamos a la radio, así como pudimos… no teníamos lenguaje radiofónico, no sabíamos nada. Con un celular empezamos a transmitir”.

La radio comenzó hablando del asesinato de Samir, del proyecto energético al que el defensor se enfrentó y de la violencia que atravesaba la región. Pero pronto se volvió también una prolongación de la escuela y del proyecto de defensa territorial.

El nombre de la emisora no es casual. Tekuan Radio se presenta como “La voz de los guardianes de los cerros”, por los cerros de La Calabaza y del Jumil, dos elevaciones que resguardan a Alpuyeca y que forman parte de su memoria territorial. En sus laderas sobrevive la selva baja caducifolia —con coyotes, armadillos, zorrillos, serpientes, biznagas y palmas—, pero también las barrancas que, como decían los abuelos, son “el camino del viento”: corredores por donde corre el aire y se regula el clima de los pueblos asentados más abajo. Para Záyago, defender esos cerros no es solo proteger flora y fauna, sino preservar la lengua, los saberes y la cosmovisión del pueblo.

“Cuando un cerro deja de tener flora y fauna, nosotros perdemos palabras”, dice. “Se pierden plantas y animales, pero también se pierden palabras en nuestra lengua. Si se destruyen esos cerros, se destruye el hábitat y entonces ya no nombras a esos animales, ya no existen”.

En la escuela las niñas y niños practican una estrecha relación con la tierra. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

El huerto escolar está vinculado con la alimentación y la salud de las infancias. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

En la radio, niñas y niños aprendieron a hablar al micrófono, a entrevistar a personas mayores, a preguntar por la lengua, el cerro y la cultura náhuatl. Los niños que “hablaban más” fueron probándose como locutores. Organizaciones como Sandía Digital, Boca de Polen y Fondo Comunidad ayudaron con talleres, acompañamiento técnico, micrófonos y una computadora.

“La radio aparece como un espacio organizativo importante desde el que promovemos la salud, la recuperación y la defensa del territorio”, dice Záyago. Con el tiempo, la emisora comunitaria terminó de asumir una función que la escuela ya venía ensayando: “Se volvió refugio de la palabra, refugio de la forma de vida de nuestros pueblos”, sostiene la maestra.

Las infancias participan en la talleres para la preparación de alimentos tradicionales. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

Sembrarse para no ser despojados

Para las maestras, una de las lecciones más profundas de la historia de Alpuyeca es que antes del despojo de la tierra viene el despojo del cuerpo y de la identidad de un pueblo.

“Hablo de despojarnos de nuestras creencias, de nuestros saberes, de nuestras formas de vida, de nuestras formas organizativas”, dice Guadalupe Záyago.

“Entonces, hay que tener el oído y el corazón muy agudo para que esto no ocurra. Si nos despojan del cuerpo, nos despojan de la tierra y si nos despojan de la tierra, no tenemos posibilidades de vivir”.

Niños cosechando sandías del huerto escolar. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

Cuando Záyago intenta explicar lo que Alpuyeca ha hecho desde la batalla contra el basurero hasta la escuela y la radio, termina hablando de la milpa: “Así como sembramos la semillita del frijol, de la calabaza y del maíz, así tenemos que sembrarnos nosotros para crecer juntos y alimentarnos los unos de los otros”. Susy Rojas nombra esa misma defensa de otra manera: “Es muy importante, necesario, urgente, recuperar nuestra identidad. No solo en el sentido de nuestro nombre, de dónde vivimos, de dónde somos, sino de qué es la tierra. Reconstruir nuestra comunidad es recuperarnos a nosotros mismos”.

En Alpuyeca, esa reconstrucción ocurre en una escuela levantada con tres salones, sin barda y con dos maestras soñando. Ocurre en una comunidad que decidió que no bastaba con sacar la basura de su pueblo: había que impedir que el despojo regresara por otras vías. Por eso el proceso siguió en la escuela, donde Alpuyeca intenta que las nuevas generaciones no hereden solo la memoria del basurero, sino también la experiencia de haberlo derrotado.

*Imagen principal: en 2011 se fundó la escuela primaria comunitaria 17 de abril de 1869, donde la defensa ambiental y la recuperación de la vida tradicional se convirtió en su pedagogía. Foto: cortesía Archivo Escolar 17 de abril de 1869

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