“En los arrecifes de coral del Golfo de México he visto especies que nunca, en diez años, vi en los arrecifes del Caribe”. Eso dice Mariana Reyna Fabián, coordinadora de Ciencia y líder de expediciones en Oceana México. Para ella, los arrecifes no son sólo paisajes coloridos sino complejas ciudades bajo el agua que brindan refugio y alimento a una de cada cuatro especies marinas del mundo. Por eso expresa su preocupación ante lo que llama la opacidad gubernamental sobre la salud de los arrecifes luego del reciente derrame petrolero en la zona Abkatun-Cantarell.

Mariana Reyna: “En Oceana invitamos a repensar el Golfo de México más allá del petróleo”, dijo a Mongabay Latam. Foto: cortesía Erick Higuera/Oceana

Según imágenes satelitales, el último gran derrame en esta región comenzó en los primeros días de febrero, tuvo una duración de ocho días y no fue notificado públicamente, como dictan los protocolos de seguridad. Tras semanas de negación, Pemex (la petrolera del Estado mexicano) aceptó su responsabilidad el 16 de abril último. Sin embargo, no se dieron detalles sobre los impactos ecológicos o el volumen del derrame. Hasta el momento se registran afectaciones en casi 1000 kilómetros de costa, según reconoció el Grupo Interinstitucional en conferencia de prensa.

Este grupo fue creado por la presidenta Claudia Sheinbaum en marzo de 2026 para responder al derrame y presencia de hidrocarburos en el litoral de Campeche, Veracruz y Tabasco, en el Golfo de México. Está integrado por la Secretaría de Marina (Semar), Semarnat, Pemex, la Secretaría de Energía (Sener) y la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación.

Reyna es bióloga de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con un doctorado en Medio Ambiente y Desarrollo, y lideró expediciones en sitios poco explorados, como el Arrecife Alacranes y Bajos del Norte, impulsando tareas de conservación. Su trabajo se centra en entender el funcionamiento y rol ecológico de estos ecosistemas, pero también cómo su arquitectura tridimensional —vital para la vida— se desmorona ante el estrés provocado por la actividad humana y los combustibles fósiles.

Científicos de Oceana documentan la arquitectura tridimensional de los arrecifes, vital para el refugio de miles de especies. Foto: cortesía Nelly Quijano/Oceana

En entrevista con Mongabay Latam, la científica habla sobre las lecciones aprendidas (o no) de desastres históricos similares, lo que se espera de cara al futuro y la esperanza que aún guardan estas ciudades naturales ocultas en el fondo marino.

—Con la experiencia de liderar varias expediciones en los arrecifes de coral del Golfo de México, ¿cuáles considera que son las principales características y vulnerabilidades en común de estos arrecifes?

—En el Golfo de México encontramos arrecifes de coral, arrecifes rocosos y arrecifes mixtos. El más conocido es el de Veracruz, que ha sido muy resistente y resiliente. Estos ecosistemas tienen vulnerabilidades relacionadas a los impactos de la crisis climática: incremento de la temperatura, acidificación y aumento en la intensidad de tormentas tropicales. Los corales son muy sensibles; si la temperatura es distinta a la normal, se blanquean, pierden un alga con la cual viven en simbiosis y pueden morir. La acidificación les impide construir sus esqueletos 3D. Imagínate una ciudad con edificios grandes: entre más dimensionalmente complejos y altos sean, dan más hogar y refugio a peces. Como crecen muy lento, cuando se destruyen tardan miles de años en formarse de nuevo. Muchas de estas situaciones están relacionadas con la crisis climática global y los combustibles fósiles.

Especies clave habitan las «ciudades submarinas» que hoy enfrentan el riesgo de daños crónicos por hidrocarburos. Los arrecifes actúan como reguladores climáticos y protectores naturales de la costa. Foto: cortesía Nelly Quijano/Oceana

—Con la escasa información que se tiene, ¿cómo describiría en términos ecológicos la magnitud del derrame de febrero de 2026?

—Esto del derrame nos ha dejado con un amargo sabor de boca. No conocemos la dimensión, tampoco conocemos la cantidad derramada, lo que sabemos desde Oceana es que el Gobierno tiene una responsabilidad. Debería haber acciones de transparencia que nos digan cuándo empezó y cuánto crudo se vertió para calcular los impactos. Aunque no se ha determinado oficialmente, sí sabemos que hay comunidades reportando organismos muertos: aves, peces y hasta tortugas.

En un derrame hay cambios químicos inmediatos: baja el oxígeno, hay cambios en comportamiento y fisiología que llevan a la muerte más o menos inmediata. Sin embargo, los antecedentes nos demuestran que el impacto de los derrames no solo es inmediato; esto puede persistir hasta décadas. Por ejemplo, hay un estudio de unos delfines afectados por el derrame de British Petroleum con impactos en sus tasas de reproducción hasta 30 años después.

—El Gobierno finalmente aceptó la responsabilidad de Pemex tras semanas de negarlo. ¿Cuál considera que fue el propósito de minimizar inicialmente un desastre como éste?

—Oceana siempre ha dicho que debe haber una admisión pública de responsabilidad para rendir cuentas y buscar la no repetición. No solo por temas ambientales sino también porque es lo que creemos que necesita un Estado para gobernar. Una vez que eres transparente y entiendes qué pasó, te permite ayudar a las personas afectadas. Además, me gustaría agregar que el derrame sucedió en aguas someras, es decir, a menos de 500 metros de profundidad. Hoy sabemos que cada 30 metros de profundidad hay un aumento de 8.5 % en probabilidades de que suceda un incidente.

Esto es preocupante porque las actividades en aguas someras ya existen, pero se está mirando a las aguas profundas para empezar a extraer más petróleo cuando lo que sabemos en Oceana es que las reservas probadas en aguas profundas y ultraprofundas del Golfo de México son prácticamente cero. Reimaginemos el Golfo de México bajo un modelo de desarrollo que no esté relacionado al petróleo, la exploración y la extracción.

—Al menos 10 entidades gubernamentales han sido involucradas en la mitigación, investigación y apoyo de este derrame. Sin embargo, la información todavía es muy escasa ¿Qué datos o monitoreos específicos deberían hacerse públicos para evaluar el daño real?

—Saber la fuente, la duración y la extensión nos permitiría usar modelos para simular cómo se va a mover el petróleo, qué tanto se irá al sedimento y qué tanto llegará a otros sitios. Pedimos la creación de un observatorio transparente donde participen la ciudadanía y los investigadores, porque esto se puede ver con satélites. Debería ser un espacio de escucha y prevención donde todos aporten datos.

—Pensando en esta pluralidad de voces, ¿quién debería liderar las tareas de recuperación del ecosistema?

—Como coordinación sí debe ser el Estado y de ahí ver quién fue el responsable. El Estado debería liderar esta reparación y hacer pagar las multas que sean necesarias. Eso no ayuda completamente a recuperar todo lo perdido, pero sí da un mensaje de no repetición: si te es más caro pagar multas que estar extrayendo, probablemente ya no sea viable.

Un panel de gobierno, organizaciones y comunidades también me parece súper interesante. Las comunidades deberían ser escuchadas cuando reportan alguna afectación, porque a veces se les dice: «Como no te afectó en la pesca, no te puedo resarcir», pero también hay afectaciones en turismo y salud.

Un coral puede tardar miles de años en formar estructuras que un derrame de petróleo es capaz de asfixiar en días. Foto: cortesía Nelly Quijano/Oceana

—Han pasado 16 años del histórico derrame de Deepwater Horizon y décadas desde Ixtoc-I. ¿Hay algo que hayamos aprendido de aquellos desastres que se esté aplicando ahora?

—El derrame de British Petroleum (BP) nos enseñó que no sabíamos prácticamente nada de las aguas profundas mexicanas. A partir de ahí se creó el Consorcio de Investigación del Golfo de México (SIGOM) y se empezó a investigar un montón. Nos dimos cuenta de que el golfo profundo no es un desierto, es lugar de reproducción del atún y por ahí transitan cinco de las siete especies de tortugas marinas.

También las comunidades ahora están más organizadas, levantan la voz con celulares grabando lo que se había dicho que no era importante. Nosotros trabajamos con ellos para que ya no exista la extracción de petróleo en el golfo. Un ejemplo es el conflicto que hay con la pesca: cuando se pone una instalación petrolera, se excluye a los pescadores de esa zona por seguridad, han ido perdiendo lugares tradicionalmente muy importantes para ellos.

—Si la última fuga, según imágenes satelitales, sólo duró ocho días activa, ¿Cómo se explica que se afectaron casi 1000 km de costa en al menos cuatro estados y una parte importante del Sistema Arrecifal Veracruzano?

—Nosotros sabemos que el crudo se mueve en el mar por un montón de fenómenos que tienen que ver con corrientes marinas. Existen modelos hidrodinámicos donde metes información de satélites y del fondo marino para saber cómo se mueve una partícula. Todo está dado por corrientes masivas, como la «corriente de lazo», que cambia según lluvias y vientos. Hoy los modelos son muy cercanos a la realidad; si nos dan los días que se estuvo alimentando la mancha, podemos decir hacia dónde irá en un aproximado muy realista. Lo que sucede a cientos de kilómetros eventualmente impactará a las comunidades costeras.

—Periodistas de Mongabay Latam han recuperado relatos de pescadores que dicen que los peces «huelen el peligro y se guardan». ¿Qué evidencias hay sobre cambios en el comportamiento de estas especies clave para el bienestar de las comunidades costeras?

—Cuando baja el oxígeno, hay cambios en el comportamiento y la fisiología. De manera casi inmediata hay mortalidad directa de muchos organismos y tú puedes ver el petróleo en los peces, nadie se comería un pez así. Pero el peligro de mediano y largo alcance son componentes como el fenantreno, que causa efectos cardíacos en peces, anfibios y aves. A lo mejor no mueren inmediatamente, pero se reduce su capacidad de natación, su crecimiento y se altera su desarrollo embrionario. En resumen, afecta su supervivencia. Si tú vives como comunidad costera de ir a ver mamíferos marinos, esto te va a afectar. Si vives de la pesca, también te va a afectar.

Pez globo (Diodon) en el Parque Nacional Arrecifes del Golfo de México-Sur. Foto: cortesía Nelly Quijano/Oceana

—Se reporta que autoridades y sociedad civil han recolectado más de 800 toneladas de residuos en playas, pero la limpieza rara vez llega al fondo marino. ¿Qué ocurre en esas zonas invisibles tras meses de exposición al crudo?

—Esas zonas no van a ser limpiadas. El petróleo en el agua cambia física y químicamente: puede evaporarse, esparcirse por miles de kilómetros o emulsificarse [mezclarse sin unirse por completo] y bajar al fondo marino. Una vez ahí, no se queda estático por miles de años, los movimientos del agua pueden volver a dispersarlo hacia la columna de agua y trasladarse de nuevo a lo largo de kilómetros. También hay evaporación de componentes chiquitos que tienen efectos en la atmósfera.

—¿Qué consecuencias irreversibles podríamos observar en los arrecifes afectados?

—No hablamos solo de derrames sino de todo lo relacionado con la energía fósil. Los arrecifes de coral ocupan menos del 1 % del mar, pero sostienen a una de cada cuatro especies. Si la temperatura sube, los corales mueren y son sustituidos por algas que no sostienen la misma biodiversidad. El arrecife se vuelve “plano”, es como si los edificios de una ciudad se convirtieran en casitas donde solo cabe una persona. En este punto es casi imposible y muy caro que vuelva atrás. Pero todavía hay un montón de esperanza en el golfo, nosotros encontramos “cuerno de alce” (Acropora palmata), una especie que no he visto en arrecifes del Caribe en diez años.

Los ecosistemas arrecifales del sur del Golfo. Al centro el coral «cuerno de alce» (Acropora palmata), su hallazgo en buen estado representa una esperanza de conservación en el Golfo de México. Foto: cortesía Nelly Quijano/Oceana

—¿Qué le diría a las comunidades pesqueras y a quienes toman decisiones en el Gobierno?

—A las comunidades, que mantengan la esperanza y que levanten la voz, que se sumen a proteger sus recursos que les dan alimento a ellos y a nosotros en las ciudades. Vale la pena luchar por lo que tienen, su forma de vida es muy digna y beneficia a toda la humanidad, a comparación de este modelo extractivista que beneficia solo a unos cuantos. Al Gobierno, que piensen en el beneficio de la mayoría y no en el beneficio a corto plazo de unas cuantas personas que toman su dinero, se van y nos dejan consecuencias por décadas.

*Imagen principal: científicos de Oceana documentan la arquitectura tridimensional de los arrecifes, vital para el refugio de miles de especies. Foto: cortesía Nelly Quijano/Oceana