Mazatlán, Sinaloa.- Cinthia Gómez se ha acostumbrado al sonido seco que hace la cinta adhesiva cuando la despega para cortar un trozo. La lleva en su muñeca como si fuera una pulsera.

Y cuando habla con los reporteros se aferra a una ficha de búsqueda. Pero la de ella es ficha de búsqueda diferente. Cinthia busca a sus dos hijos. En la hoja que sostiene sobre el pecho hay dos rostros.

Dos fotografías. Dos nombres. Dos edades.

Mario Alberto Avena Gómez, 23 años.

Jesús Adrián Avena Gómez, 27.

Cinthia los pega en las calles de Mazatlán porque hay ausencias que necesitan ser vistas. Porque cuando una persona desaparece, comienza a borrarse de la memoria colectiva si nadie insiste en mostrarlo.

Ella insiste. Habla con reporteros. Camina con otras madres buscadoras. Cuenta la historia de sus hijos. Repite sus nombres. Es su manera de mantenerlos presentes.

ESA NOCHE

Desde el 15 de noviembre de 2024, Cinthia no sabe absolutamente nada de ellos.

Aquel día, alrededor de las 19:30 horas, Mario Alberto y Jesús Adrián estaban afuera de su vivienda del fraccionamiento Santa Fe, en Mazatlán. Estaban acompañados por un vecino.

Era una escena cotidiana, una de esas que parecen insignificantes mientras ocurren, pero a veces se convierten en el último recuerdo de las personas. Entonces llegaron sujetos desconocidos. Se llevaron a los tres.

“Ya no supimos nada. Van a ser dos años”, dijo.

La cuenta del tiempo también se lleva en una herida que son dos.

Dos años de preguntas e incertidumbre. Siguiendo pistas entre rumores.

DÓNDE LOS DEJARON

Ahora pertenece a un colectivo de madres buscadoras.

La ciudad se ha convertido en un tablero de posibilidades. Las calles y los parques son espacios para pegar fichas. Los muros son lugares donde pueden aparecer los rostros de sus desaparecidos. Las entrevistas son también una manera de tocar puertas.

Y cada conversación es una oportunidad para que alguien diga algo. Que su historia llegue a alguien que pueda saber de ellos.

“Nosotros no buscamos culpables, nada más que nos digan dónde los dejaron”.

No hay en esa frase una exigencia de nada. Cinthia tiene la necesidad de terminar con esa habitación oscura de la incertidumbre en la que viven las familias de personas desaparecidas.

Cinthia Gómez no busca solamente en lugares. Busca en la gente. Por eso vuelve a contar lo sucedido, aunque cada vez tenga que regresar a aquella noche en que sus dos dejaron de estar a su alcance.

Dos años. Algo debió cambiar ya en esta ciudad donde desaparecieron sus hijos. Los negocios abren y cierran, los rostros de las calles son distintos. Los días se acumulan hasta formar meses.

Y dos rostros miran desde una ficha pegada en algún muro. Dos nombres que una madre se niega a dejar desaparecer. Por eso Cinthia Gómez se ha acostumbrado al sonido seco que hace la cinta adhesiva…

Mario Alberto y Jesús Adrián siguen teniendo nombre. Y su madre sigue pronunciándolos.