Mazatlán, Sinaloa.- El cuerpo no tenía ojos ni piernas. No estaba hinchado. En la fotografía, Erika lo reconoció en el acto. Era su padre, Arcadio Pérez Rodríguez. No necesitó verlo completo. Le bastó aquella imagen para saberlo. Hay cosas que una hija aprende de memoria sobre sus padres y también hay cuerpos que se reconocen incluso cuando la muerte los ha despojado de casi todo.
“Cómo no lo iba a conocer. Toda la vida con él. Yo tenía 19 años. Entonces, ¿cómo no lo iba a reconocer?”.
Erika, su madre y unas tías habían llegado a Topolobampo con una pregunta que todavía no tenía respuesta: ¿dónde estaban Arcadio y Mauricio Pérez, padre y hermano de Erika?
Era septiembre de 1995. El huracán Ismael acababa de golpear la costa de Sinaloa, el día 14. Decenas de barcos habían quedad a merced de la demencia del océano. Después vinieron las búsquedas, las noticias a medias, los nombres pronunciados en voz baja y una tragedia que, 31 años después, continúa teniendo rostro y memoria.
Las cifras oficiales arrojaron un número: 58 pescadores muertos. De ellos, 32 eran de Mazatlán. Pero para las familias las cifras nunca han sido suficientes. Un número no explica esta ausencia.
FOSA COMÚN
Sus tías la convencieron de que aquel cuerpo no era el de Arcadio. Erika quiso creerles. A veces, frente a lo insoportable, la esperanza se convierte en una venda. Y ella aceptó que no era su padre.
“Entonces dije: ‘bueno, no es’. A mi mamá le dije: ‘no está ninguno’. Pero sí estaba mi papá. Mi papá no tenía piernas, no tenía ojos. No estaba hinchado. No sabemos cómo fue que murió”.
Nadie reclamó el cuerpo. Arcadio quedó entre los muertos sin nombre, en una de las fosas comunes que se habilitaron después de la tragedia.
No hubo funeral. No hubo ataúd. Solo tierra, bolsas y una zanja abierta para recibir los cuerpos que el mar había devuelto.
“Hicieron zanjas, metieron los cuerpos en bolsas y así los enterraban”.
Erika ha pensado en ir a buscar los restos de su padre, reclamarlos, cerrar de alguna manera aquella historia que suspendida en 1995. Pero han pasado 31 años. A Mauricio nunca lo encontraron.
Y así, en una misma familia, la muerte tuvo dos formas: un cuerpo sin ojos ni piernas y una ausencia sin cuerpo.
LA DESPEDIDA
Arcadio y su hijo Mauricio salieron de su casa, en la colonia Benito Juárez, a las cinco de la mañana del 10 de septiembre de ese año.
Erika, su madre y otros cinco hermanos los despidieron. La escena está detenida para siempre en la memoria de Erika. No sabían que esa madrugada estaba guardando el último capítulo de la vida de Arcadio y Mauricio.
“El día que ellos se fueron, casualmente todos despertamos antes de que salieran de la casa. Llegaron un domingo por ellos, a las 5 de la mañana. Y todos, no sé por qué, salimos de la casa a despedirlos. Nosotros no nos quitamos de ahí hasta que ya no los vimos. Mi papá todo el camino nos dijo adiós”.
Fue la última vez que Erika vio a su padre con vida.
Arcadio era marinero de El Huracán. El nombre del barco parece, visto desde el presente, una ironía. El Huracán no sobrevivió a la fuerza de Ismael.
PONCHADOS
Regresaron al puerto dos días después, el 12 de septiembre. Venían “ponchados”, como los pescadores dicen cuando una embarcación presenta alguna falla mecánica.
Eran siete pescadores. Habían regresado antes de lo previsto. Arcadio y Mauricio querían escuchar música. Mauricio bajó del barco y regresó a la casa por una grabadora. También necesitaba pilas. Llevaba las manos lastimadas. Era pavo, el pescador que hace de todo a bordo, el que ayuda en lo que haga falta.
Le contó a su madre que habían regresado con la bodega llena, que había mucho camarón en altamar. Antes de que bajara del barco, Arcadio lo había amenazado con una advertencia que entonces parecía una simple prisa de padre: si no regresaba a tiempo, zarparían sin él.
Su madre lo apuró. Mauricio volvió al barco. Y volvió a irse. Esta vez, para siempre.
UN VOCHO
Mauricio tenía 17 años.
Era su primer viaje como pavo. Había subido a El Huracán con una ilusión sencilla y enorme para alguien de su edad: trabajar, ahorrar y comprar un vocho. Un sueño pequeño que cabía en las manos de un muchacho.
“‘Quiero un vocho’, le dijo a mi mamá. Se fue con esa ilusión”, relató Erika.
Mauricio alcanzó a subir nuevamente al barco. Con los años, Erika reconstruyó aquella escena una y otra vez. Ha pensado en lo que habría ocurrido si su hermano hubiera tardado unos minutos más. Si se hubiera quedado buscando la grabadora. Si hubiera demorado en la tienda comprando las pilas.
Quizá el barco habría zarpado sin él. Quizá Mauricio habría regresado a casa. Pero los quizá también tienen forma de tormenta. No dejan de regresar.
CAMBIO DE DIRECCIÓN
Erika sostiene que el barco de su padre y su hermano no tenía previsto dirigirse a Topolobampo.
Por alguna razón, alguien cambió el rumbo. Esa modificación terminó colocando a El Huracán frente al fenómeno meteorológico que azotó la costa sinaloense. El 14 de septiembre, cuando intentaban entrar a Topolobampo, los alcanzó Ismael.
“Cuando iban llegando a Topolobampo los agarró el huracán. Fue entrando, no los dejó entrar. Dicen que su barco daba vueltas como si fuera una hoja de papel… y no los encontramos a ninguno de los dos”.
Una hoja de papel. Así recuerda Erika lo que le contaron: una embarcación de toneladas de peso girando en medio de la furia del mar como si no pesara nada.
Y para la familia comenzó otro temporal: el de las dos ausencias.
ALERTAS
Erika recuerda lo que se supo en aquellos días: los pescadores no recibieron oportunamente las alertas de las autoridades sobre la presencia del fenómeno meteorológico en el Pacífico. La advertencia, según recuerda, llegó cuando ya era demasiado tarde.
“Les avisaron ya que tenían encima el huracán”.
En casa, Erika y su familia se enteraron por las noticias de que Ismael había golpeado Topolobampo.
Pero no se preocuparon de inmediato. Su padre y su hermano, pensaban, no llevaban ese rumbo. Todavía no sabían que el mar ya había cambiado sus planes.
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El día 16 llegó otro golpe. Fueron a decirles que iban a embargar la casa por un adeudo.
La explicación parecía absurda frente a lo que estaban viviendo, pero había que atenderla. Erika cuenta que su padre había vendido una camioneta a un hermano. Los papeles nunca se cambiaron y, después de un accidente, el vehículo fue abandonado. Legalmente, el propietario seguía siendo Arcadio.
“Mi papá había vendido una camioneta a un hermano. No cambió los papeles, entonces mi familiar tuvo un accidente y abandonó la camioneta. El dueño seguía siendo mi papá. Llegaron a decirnos que se debía mucho dinero y que nos iban a embargar la casa”.
Fue entonces cuando Erika y su madre comenzaron a buscar a Arcadio con mayor desesperación. Necesitaban encontrarlo, contarle lo que estaba pasando. Hablaron con la esposa del patrón del barco.
“Nos avisaron que habían visto el barco hacia Topolobampo. Personas que salieron a tierra. Iban siete en total. Solo a uno de ellos se encontró”.
OTRA TRAGEDIA
La tragedia no terminó con el huracán. Cuando Arcadio estaba por cumplir 10 años de haberse ido, el hermano menor de Erika decidió quitarse la vida. No había logrado recuperarse de la pérdida.
“Nunca se recuperó. Tuvo siempre depresión porque era muy allegado a mi papá. Él se quitó la vida. Para él su papá era todo. Era su vida, su todo”.
Han pasado 31 años desde aquella madrugada de septiembre de 1995. El tiempo ha cambiado a Erika. Pero hay recuerdos que no se marchitan. Ella puede volver a vivir aquella madrugada. Puede ver a Arcadio pasando cerca de las plantas de albahaca que había en el patio.
Recuerda que les dijo: para la suerte. Y recuerda el camino hacia El Huracán. A su padre alejándose en la penumbra. A toda la familia afuera de la casa. Recuerda aquel largo adiós.

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