Por Paúl Mercado
CULIACÁN — Pude conocer, de algún modo, al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano a través de tres entrevistas exclusivas que le hice en distintos momentos en el lapso de una década. La primera ocurrió un lustro después de la polémica elección del 88 —la misma que nos lleva siempre a la famosa “caída del sistema”— y las siguientes sucedieron en sendas campañas presidenciales del político michoacano, una en el 94 y otra en el 2000. A la segunda recordó que ya lo había entrevistado en circunstancias similares: a bordo del camión en el que viajaba por todo el país buscando votos, y en la tercera ironizó que ya éramos “viejos conocidos”. Recuerdo ese momento no solo por el formato que le propuse para la entrevista —el de hurgar en su vida privada, en los detalles cotidianos—, sino por lo que ocurría mientras la realizábamos: la gente le gritaba al paso ¡presidente! y se notaba el cariño de muchas personas que, emocionadas, sin duda guardaban gran esperanza en un hombre que, según me confesó, “no sentía nada” cuando le decían así, aunque lo veía como un gesto auténtico, sincero, y el cual apreciaba. Solo eso. Él solo estaba concentrado en participar… en su trinchera de lucha, y lo demás no le distraía. Para la entrevista, llegué con el apunte de que, según historiadores, el general Lázaro Cárdenas, su padre y expresidente de la República, solía sonreír siempre, lo cual evidentemente era una cualidad no heredada. Así se lo hice saber; me miró fijamente a los ojos y me refirió que “no había muchas cosas por las que se pudiera sonreír o estar feliz en un México de tantas injusticias”. Como dije, era el año 2000. Su respuesta me llevó a otro apunte similar que traía anotado en mi libreta reportera, y en el que su madre, Amalia Solórzano, admitía que tal vez un defecto de su hijo pudiera ser su seriedad: “No es un muchacho que esté sonriendo por sonreír; no siempre es aconsejable, ni mucho menos. Hay cosas tan trágicas o serias que es imposible estar en la sonrisa, viviendo una tragedia al lado”. Era el México de principios del año 2000, umbral de fin de siglo, cuando la humanidad sobrevivió al “fin del mundo” pronosticado para el nuevo milenio. Fue entonces que entramos en materia con preguntas alejadas de los asuntos coyunturales y más empeñadas en fisgonear para conocer al hombre detrás del político, algo que, también me señaló el ingeniero con abrumadora seriedad e inquietud, periodísticamente no se le había planteado antes, pero aceptó el ejercicio. A continuación, y tras enterarme de la muerte de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, les comparto un fragmento de ese ir y venir de preguntas y respuestas, producto de la charla con un hombre que para muchos le ganó a Carlos Salinas de Gortari la Presidencia de la República en 1988 y, no se sabrá nunca, pero hay todavía quienes aseguran que pudo ser un buen presidente y darle otro rumbo al entonces incipiente México neoliberal… o no:
El ingeniero Cárdenas nació en 1934, año en que su padre, el general Lázaro Cárdenas, se convirtió en presidente de México. Prácticamente vio la luz en Los Pinos. Tras vivir ahí todo un sexenio, 54 años después pretendió regresar por otros seis años al lugar de su infancia, pero un fraude electoral le cerró las puertas. Cárdenas murió este 28 de octubre a la edad de 92 años.
—¿Qué le gusta hacer cuando no está en campaña?
—Me gusta, primero, estar con la familia; esto es, el hecho mismo de estar, de convivir. Me gusta, como a todos, pasear, ir al cine, salir de la Ciudad de México cuando lo podemos hacer… Pues, todo lo que hace cualquier familia normal.
—Dice que le gusta “ir al cine”, ¿es usted cinéfilo?
—No especialmente, pero sí me gusta ir al cine, me gustan los espectáculos de música, en fin, como a todos ¿no?
—¿Hay alguna (película) en particular que le guste? Alguna, por decir, de cabecera…
—No, no tengo ni películas de cabecera, ni libros de cabecera. Leo mucho, de muy distintas cosas…
—¿Autores?
—De problemas de México, económicos, políticos. Me gusta la historia, me gusta la novela histórica, la novela policiaca. Pues no, autores no, me gusta un poco de todo.
—Por decir algunos…
—Mira, te podría decir que en este momento estoy leyendo un libro sobre… una novela histórica sobre Santa Anna, el presidente entreguista que tuvimos en el siglo pasado. Estoy leyendo por otro lado un libro sobre globalización, sobre la forma como se van integrando los grandes bloques comerciales en América Latina, en Asia, en distintas partes, o sea que está uno por todos lados.
—Algún artista, un cantante, algo de la farándula que le guste…
—Mira, me gusta mucho la música mexicana. Me gusta escuchar a Lucha Reyes, la cantante extraordinaria de los años 40, 50…
—¿Una canción en particular?
—Me gusta mucho Amparo Ochoa. Falleció hace unos pocos años y pues, me gusta todo lo que encuentro de ella, por ejemplo.
—Por la brevedad del tiempo debo ir de un lado a otro, ¿usted ejercita?
—Camino cuando puedo. Ocasionalmente me tiro a una alberca a nadar.
—¿Quién manda en su casa?
—Todos.
—¿Tiene algún medio masivo preferido para entretenerse, o para informarse?
—Veo prensa regularmente y ocasionalmente noticieros de televisión.
—¿Algún platillo que por ahí le mueva?
—Me gusta mucho la comida michoacana. Hay muchos platillos, las corundas, que son una forma de tamales; la carne seca, en fin…
—¿Por qué ingeniero? ¿Por qué no otra carrera? Economía, por ejemplo, que es más propia de los políticos…
—No, de ninguna manera. La ingeniería tiene un estrecho vínculo con la sociedad y sus problemas.
—¿Hay alguien en su familia o algo en su entorno personal que le provoque mucha risa? Un nieto, por ejemplo…
—Risa no, me provoca alegría, que es muy distinto.
—¿Qué lugar de México prefiere para descansar?
—Me gusta ir a Michoacán.
—¿Algún personaje político que admire o que haya tomado de modelo?
—No como modelo, pero admiro a mi padre en primer lugar, a Morelos, Melchor Ocampo, Juárez, Francisco I. Madero, a Zapata y de otros países a José Martí y a Mahatma Gandhi.
—¿Algún político mexicano vigente?
—No veo a ninguno que merezca mi admiración, los respeto, pero no más.
—Alguien predijo que usted iba a ganar el DF y después la Presidencia, ¿Cree en esto?
—Yo no creo en las predicciones. Lo que veo objetivamente es que se va a ganar la elección del 2 de julio y lo veo en la respuesta de la gente.
—¿Tiene algún miedo, algún temor?
—Absolutamente ninguno.
—¿Cuál es la frase que más recuerda de su padre?
—Recuerdo muchas conversaciones con él, ninguna frase.
—¿Algún juego que prefiera?
—De repente el dominó.
—¿Enemigos?
—Ninguno, adversarios políticos muchos, pero enemigos, ninguno.
—¿Un objeto de valor sentimental?
—Recuerdos de mi padre, fotografías y recuerdos de familia.
Contra su costumbre y evidentemente fuera de su zona de confort —la de preguntas serias y respuestas puntuales—, el ingeniero Cárdenas Solórzano dejó escapar en el ir y venir de los cuestionamientos algunas sonrisas tímidas, mismas que intercalaba con saludos por la ventanilla del camión, del cual descendió para estrechar las manos de simpatizantes que lo esperaban en el mercado Pino Suárez de Mazatlán con tambora, carteles y mantas para hacerle sentir, una vez más, el respaldo a su candidatura.
Cuauhtémoc Cárdenas nació en 1934, año en que su padre, el general Lázaro Cárdenas, se convirtió en presidente de México. Es decir, prácticamente vio la luz en Los Pinos, que se convirtió desde entonces en la Residencia Oficial del presidente en turno y su familia. Tras vivir ahí todo un sexenio, 54 años después pretendió regresar por otros seis años al lugar de su infancia pero un fraude electoral le cerró las puertas; lo intentó dos veces más pero en el 2000 decidió que esa sería la última y así me lo dijo:
—¿La tercera es la vencida? —le pregunté justo cuando el camión se estacionaba en una acera del icónico mercado mazatleco.
—Así es, la tercera es la vencida.
Y así fue.


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