Culiacán, Sinaloa.- “Clavado en este rincón, como tú clavaste a mi corazón. Estos tragos que tomo yo, son pura tristeza y son mi dolor”, canta una mujer sentada bajo los árboles de inmortal que cubren el camposanto de La Lima, uno de los panteones municipales más antiguos de Culiacán. La canción, interpretada por Ramón Ayala y sus Bravos del Norte, acompaña la mañana del Día de Muertos.
Es 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos. Las familias acuden desde temprano con flores, naturales y artificiales, cubetas con agua, pintura y brochas, escobas, radios y velas. Incluso hay quienes llevan comidas y bebidas que disfrutaban en vida las personas a quienes hoy recuerdan con cariño y que descansan bajo la tierra.
Natividad recuerda a su padre, Sandalio, un hombre de campo, serio y trabajador que pasó su vida entre huertos y zanjas. Dejó la tierra labrada con sudor y esfuerzo para brindarles oportunidades a sus 10 hijos. Han pasado tres años desde que murió. Tenía 99 y, durante sus últimos años, desarrolló un gusto que resultaba incomprensible para todos: la Coca-Cola, la pizza y las papas, alimentos muy alejados de lo que acostumbraba comer.
“Era como si quisiera darse un gusto, hicimos como pudimos para cumplírselos, dentro de nuestras posibilidades, la decía pista a la pizza, imaginate. Entre todos lo cuidamos, todavía me pongo muy sensible al recordarlo”.
En el panteón, algunos recuerdan a los suyos con música; otros sacan sus dotes de albañilería y construcción y levantan mausoleos con sus propias manos. Así andaba Mario, cargando cubetas con agua y enjarrando los muros de la capilla familiar donde descansan su bisabuela, su abuela, una hermana de su abuela y ahora su madre. Ella murió hace ocho años, pero sigue haciéndole falta.
Extraña sus consejos, los regaños que seguido se ganaba, dijo él mismo, y su hígado encebollado, ese que le gustaba comer después de trabajar. Su comida y su sazón se fueron con ella.
“Vengo en año luctuoso, cumpleaños de ella, Día de las Madres, Navidad y Día de Muertos, desde hace ocho años. Mi mamá me hacía un hígado encebollado bien sabroso, me hacía unas albóndigas de camarón, también muy buenas… Me voy a ir y ya no las voy a volver a probar”.
Las familias continúan llegando. Alrededor de las tumbas se reúnen y charlan. El panteón se siente vivo: hay voces, risas y uno que otro sollozo. Se escuchan recuerdos de quienes ya no están, aventuras compartidas y relatos de lo que han padecido en los últimos días. Se ponen al corriente, también hablan de las noticias y de la situación infernal que se vive en el estado.
Pero todos lo hacen sin prisas, bajo la sombra de los árboles de inmortal del panteón de La Lima.

Comentarios
Antes de dejar un comentario pregúntate si beneficia a alguien y debes estar consciente en que al hacer uso de esta función te adíeles a nuestros términos y condiciones de uso.