Hermosillo, Sonora.- “Ni puta, ni poeta, pero me alquilo para amar a ratos, zafo nudos de la garganta, traduzco silencios y escribo cartas de amor por encargo”, así se describe Carolina Calle Vallejo, periodista, cronista y documentalista colombiana que, desde hace 13 años, se dedica a escribir cartas de amor.

Hace casi 20 años, Carolina realizó su práctica profesional en la cárcel de hombres Bellavista, en Medellín, Colombia. Ahí tuvo la oportunidad de combinar tres de sus pasiones: el trabajo social, el periodismo narrativo y el audiovisual. Su labor consistía en grabar cortometrajes dentro de los patios penitenciarios, donde los presos participaban como actores, guionistas y realizadores.

Aquella experiencia despertó su interés por trabajar con personas privadas de la libertad. Después, se desempeñó como cronista en una unidad de investigación del periódico El Colombiano, pero llegó un momento en que ese espacio ya no le permitía hacer el periodismo narrativo e investigativo que tanto disfrutaba. Así que tomó una decisión: renunciar a la vida de redacción.

En ese momento retomó un pasatiempo que había descubierto durante sus años universitarios: escribir cartas por encargo. Todo comenzó cuando una amiga necesitó expresar sus sentimientos y Carolina decidió ayudarla a ponerlos en palabras.

“Una amiga necesitaba expresarse y yo le escribí una carta de amor por encargo. Fue ahí que me di cuenta de que este proceso se parecía a cuando yo escribía crónica, que era esto de mirar a los ojos, de acompañar con el silencio, de tomar nota, de escribir una historia, escenas y darle orden. Entonces, hace 13 años abrí Cartas a la Carta, que es una agencia de periodismo al servicio del amor”, cuenta.

Al principio, las personas la buscaban para escribir despedidas, cerrar ciclos, hacer confesiones o preparar mensajes para un funeral o una boda. Sin embargo, con el tiempo comenzaron a llegar solicitudes de personas que simplemente no tenían tiempo o preferían no escribir por sí mismas.

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Carolina, periodista, cronista y contadora de historias de amor.

Carolina entendió que ese no era el sentido que quería darle a su trabajo. Su interés estaba en acompañar a quienes atravesaban situaciones difíciles y necesitaban encontrar las palabras para comunicarse con alguien más.

La oportunidad llegó cuando la invitaron a impartir un taller de escritura de cartas en la cárcel de mujeres de Medellín. Llegó con hojas y lapiceros para promover la lectura y la escritura, pero encontró a un grupo de mujeres que no sabían leer ni escribir.

Ese día la comunicación ocurrió desde la oralidad. Carolina escuchó sus historias y comprendió que necesitaba regresar. Había encontrado un espacio donde el periodismo que defendía podía tener otro sentido: ayudar a mujeres que, además de estar privadas de su libertad, enfrentaban dificultades para comunicarse con sus seres queridos.

De ese trabajo nació el proyecto Cartas de Puño y Reja, una iniciativa que comenzó con la escritura de correspondencias para mujeres en prisión y que después encontró otras maneras de llegar a la sociedad.

El proyecto dio paso al libro Cartas de Puño y Reja, que reúne 11 cartas de amor por encargo escritas por mujeres privadas de la libertad. También se transformó en un podcast, una serie documental y un formato expositivo, hasta llegar a una propuesta escénica en la que las historias se encuentran con la música.

Para desarrollar esta última parte, Carolina conformó el colectivo Remitentes, integrado por la cantautora Sara Zuluaga; el pianista y productor Esteban Mora; el guitarrista Pedro Pablo Zuluaga; la productora audiovisual Jaqueline Gutiérrez; Mauricio Sierra, en el acompañamiento escénico, y ella como periodista.

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El colectivo Remitentes presentándose en el marco del festival de periodismo Contar(nos).

En esta propuesta, las cartas se transforman en canciones que recuperan ritmos como el vallenato y la cumbia, géneros que aparecen en las memorias de las mujeres y que las conectan con sus territorios.

Carolina explica que cuando una mujer ingresa a prisión pierde parte de sus referencias: recibe un uniforme, un número y, en ocasiones, también se distancia de sus raíces y de aquello que construye su identidad. Por eso, llevar sus historias a la música también significa recuperar los sonidos de los lugares a los que pertenecen.

Pero las cartas no terminan cuando llegan a sus destinatarios. Al compartirlas con otras personas, el proyecto busca que la sociedad conozca las historias de mujeres que suelen permanecer detrás de los muros penitenciarios y que, muchas veces, son reducidas a los delitos que cometieron.

Para Carolina, este ejercicio periodístico también puede contribuir a reconstruir los vínculos sociales, acercar realidades distintas y cuestionar los prejuicios que existen alrededor de las personas privadas de la libertad.

“Yo creo que ese periodismo nos ayuda como a reconciliarnos, a restablecer lazos, no solamente entre ellas, sino también entre la sociedad, que las estigmatiza; a abrir los ojos y conocer otras realidades, a no juzgar, a comprender y a movilizar desde la empatía. Y desde el amor”, explica.

Al hablar sobre lo que le diría a otros periodistas, Carolina invita a mirar hacia las historias que suelen pasar desapercibidas. Considera que el oficio no siempre tiene que estar concentrado en las primicias, los primeros lugares o los golpes de opinión, pues también hay otras formas de ejercerlo y de acompañar a las personas.

“A veces estamos muy preocupados por ser los primeros, por dar golpes de opinión, por las primicias y, de repente, en estas pequeñas historias, darle la vuelta hacia eso que podría ser invisible, darnos cuenta de lo necesarios que podemos ser en contextos tan adversos”, reflexiona.

Para ella, hacer periodismo también significa aprender a escuchar, mirar a los ojos y tomarse el tiempo para escribir las historias de otras personas. Un ejercicio que, aunque comenzó con cartas de amor, terminó por convertirse en una forma de acercar a la sociedad a quienes pocas veces tienen la oportunidad de ser escuchadas.

Porque, como recuerda Carolina, a pesar de la tecnología, todavía hay algo que sigue siendo necesario: la humanidad.

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