Mazatlán, Sinaloa.- Están sentados sobre el borde de una tumba, casi a ras del suelo. Los tres llevan sombrero, camisa roja y pantalón café. A un costado descansa la bocinita que los acompaña en cada canción. Luciano Díaz se abraza a su guitarra.

La jornada del Día de Muertos en el Panteón Jardín Municipal de Mazatlán comienza a despedirse. Pasan de las tres de la tarde y las cuentas no les salen a los músicos. Apenas han conseguido tocar unas diez canciones. Poco para tantas horas de andar entre las tumbas.

Cansados de caminar, han encontrado este refugio bajo la sombra de un pino recién podado. Ahí se han sentado para recuperar el aliento, a mirar el desfile de personas que cruza por el callejón del cementerio y a esperar que la suerte cambie antes de dar la última vuelta.

Músicos hay. Lo que faltan son clientes.

Para Luciano Díaz, la canción no tiene un precio fijo. Depende de cuánto quiera pagar quien la pide y de cuánto esté dispuesto a estirarse el bolsillo.

“El tirón es de 200 pesos. Tres canciones por 500. Lo menos, cuatro por 125. Una por 150”, explica, sin soltar la guitarra.

Tiene más de 70 años y una historia que comenzó lejos de Mazatlán. Nació en Santiago Ixcuintla, Nayarit, aunque nunca ha conocido ese pueblo. Su madre lo llevó apenas a los tres meses de nacido a Copales, esa franja donde Sinaloa y Nayarit parecen confundirse en el paisaje y las raíces.

Después llegaron a Mazatlán, donde ha vivido durante más de cuatro décadas. Del lugar de perros a la tierra de venados, como suele describir el cambio de territorio.

A tocar aprendió desde niño, junto a sus hermanos. No fue precisamente una vocación anunciada ni una decisión tomada con calma. Fue una oportunidad que apareció una noche, cuando el músico que acompañaba al grupo se emborrachó y los dejó plantados.

Luciano tuvo que entrar al quite. No dominaba bien los tonos, pero conocía el ruido de las cuerdas. Le gustaba el sonido. Aquella noche ganó lo mismo que obtenía trabajando como peón en una obra. La comparación fue suficiente para entender que la guitarra podía darle algo más que canciones.

Desde entonces no la soltó.

Ahora trabaja junto a sus dos compañeros en la zona de Cerritos, donde recorren la playa ofreciendo música a quienes quieren acompañar la tarde con una canción. Pero el Día de Muertos suele ser una oportunidad distinta. Los panteones se convierten en escenarios improvisados y las canciones buscan llegar hasta quienes visitan a sus muertos.

Solo que este año la jornada no termina de arrancar.

“Está enterrado”, dice Luciano cuando se le pregunta dónde quedó el dinero.

Lo dice con una sonrisa cansada, casi de enfado. Recuerda aquellos años en que bastaba caminar por una cantina para encontrar trabajo. Una canción llevaba a otra y una mesa terminaba por llamar a los músicos desde el otro extremo del local.

“Antes había dinero, oiga. Ganaba uno lo que quería. Se cansaba de tocar. Ahora se cansa uno de andar caminando buscando dónde tocar. Sí, antes hasta despreciaba la chamba. Se enfadaba uno de estar en una cantina y se pasaba a la otra a seguir tocando”.

La pregunta sobre qué cambió encuentra una respuesta inmediata.

“Por el cochinero que anda ahorita (violencia). No rola el dinero. Y el que tiene no lo quiere gastar. Todos andamos buscando lo mismo”.

En el cementerio, mientras tanto, la música no se detiene. A unos metros de ellos comienza a sonar una banda. Primero se distingue la tuba, luego las tarolas, hasta que el conjunto entero levanta una pared de sonido que se impone sobre las conversaciones y los pasos.

Luciano mira hacia donde están tocando. Sabe que competir contra ese estruendo es una batalla perdida.

“Nosotros, como traemos poco ruido, buscamos las partes más calmadas. Necesitamos arrinconarnos porque la tuba y las tarolas nos tapan”, dice mientras señala la pequeña bocina que utilizan para acompañar sus interpretaciones.

Los tres se quedan mirando a los músicos de la banda. No hay reclamo, tampoco demasiado tiempo para detenerse. Cada grupo busca su espacio, su público y el dinero enterrado.

“Vamos a echar una vueltecita para allá. Y si no hay nada, ya nos vamos también nosotros. No tiene caso, aunque a lo mejor ya que baje el sol viene más gente. No se puede saber”.

Los pasos de los vivos se oyen por el callejón del Panteón Jardín Municipal. Algunos llegan cargando flores, cubetas y bolsas. Otros se despiden después de haber pasado un rato frente a las lápidas.

El callejón central se llena por momentos. Los pasos levantan polvo y las voces se mezclan con las canciones que salen de distintos puntos del cementerio. En ese ir y venir cruza Agustina Guillén, de 84 años.

Camina despacio, apoyada en un bastón. De un lado va su sobrina, ayudándole a avanzar entre los desniveles del camino. Sus pasos son cortos, medidos, como si cada metro tuviera que negociarlo con el cansancio.

Hace un momento estuvo sentada en una banca, aunque ni siquiera ahí encontraba tranquilidad. Le preocupaba estar ocupando un lugar ajeno. Ahora intenta continuar hacia donde descansan sus padres.

Va a visitarlos, a velarlos un rato, a cumplir con esa cita que el calendario marca cada Día de Muertos, pero que para ella parece tener un peso mucho mayor.

Los pies le duelen. El cuerpo ya no responde y el trayecto se alarga. Camina con miedo, sin saber si conseguirá llegar hasta la tumba.

A unos metros, Luciano y sus compañeros vuelven a acomodarse los sombreros. La guitarra espera otra canción. Quizá alguien se acerque, quizá una familia quiera escuchar una melodía frente a una lápida, quizá el dinero aparezca cuando el sol comience a bajar.

En el panteón hay dos formas de buscar a quienes ya no están: algunos llegan con flores y otros llevan canciones. También están quienes, como Agustina, hacen un esfuerzo para alcanzar una tumba, aunque cada paso les duela.

Los muertos reciben visitas. Los vivos cargan sus nostalgias, sus cansancios y sus cuentas pendientes. Las canciones que también a ellos les gusta entonar.

Aunque hoy hasta las canciones parecen tener que luchar por encontrar quién las escuche.