Las recientes reformas a la ley laboral aprobadas la semana anterior en Argentina son un retroceso a decenas de años de luchas sindicales, gremiales y de las y los trabajadores, pero también son la nota de una melodía que se esparce por el mundo y que está permeando en Latinoamérica tras el fracaso de los denominados gobiernos izquierdistas o populares: la ultraderecha.

Las y los trabajadores argentinos ahora laborarán hasta 12 horas diarias, con ínfimos derechos contractuales y con una Ley que abarata los costos de operación de la iniciativa privada, bajo la consigna de que así se reactivará la economía. Un hecho similar ocurre en Estados Unidos con el patriotismo extremo que promueve Donald Trump, o lo que en El Salvador sucede con un gobernante que con fuego y fuerza logró controlar la violencia de las pandillas y con esa carta ahora puede hacer lo que guste con el país.

Trump, Bukele y Milei poseen un común denominador: llegaron al poder por el hartazgo ciudadano, y con discursos segregacionistas que culparon a un sector específico de los males de cada país, ganaron simpatías y votos. La disertación pasivo-racista, sumada al hartazgo social o al mal papel de la izquierda cuando gobernó, hicieron que la gente diera un giro extremo y se volcara hacia la ultra derecha.

Estos tres países de América son una ventana de lo que ocurre en todo el mundo, particularmente en naciones donde la izquierda gobernó y jugó un papel similar o peor a los regímenes que derrotó. En los sitios donde eso ocurrió puede analizarse que las personas buscaron una mejoría con la izquierda, que siempre ha sido crítica de absolutamente todo lo que ocurre en otros gobiernos, pero cuando toca su turno al mando militariza sus países, censura a la prensa, arremete contra adversarios y culpa al pasado de los males sociales.

Ciertamente los otros gobiernos, aquellos a los que la izquierda mundial desplazó, también hicieron papeles terribles y sumieron a sus países en pobreza, violencia u otros males. Aquí el análisis se centra en que esa debilidad de los anteriores la capitalizó la izquierda y llegó al poder abrazando un discurso de hartazgo social, mientras que hoy la ultraderecha arrasa con retóricas racistas, segregacionistas y hasta de clase, todo lo que sea necesario para culpar a los otros y ofrecer mano dura para solucionar los males sociales.

El partido político Vox, en España, ultraconservador y ultranacionalista, creció exponencialmente agarrado de un discurso anti migrante, con un velo oculto de racismo, debido a que gran parte de la migración ilegal hacia Europa proviene de África y entra por el sur de la península Ibérica. Lo alarmante es que ese énfasis en la diferencia, en que el extraño es quien tiene la culpa de nuestra pobreza o quien nos roba las oportunidades, se registra en España y gran parte de Europa, en Colombia (con respecto a los venezolanos migrantes), República Dominicana (por sus vecinos haitianos), en Estados Unidos y, por supuesto, aunque aún en sus primeros pasos, en México.

El discurso de odio más replicado en los medios de comunicación es el de los Estados Unidos respecto a los latinos, y se entiende porque nos afecta directamente, pero levantar la mirada y observar que esa misma retórica se repite en parte de América, en Europa y ahora hasta en algunos países de Asia, permite entender un fenómeno global: el fracaso del sistema político.

Ante este fracaso y de frente a los malos gobiernos de los que se aquejan las y los ciudadanos de muchos países del mundo, las “ultras”, que prometen más radicalismo y con ello mano dura y uso de la fuerza pública, ofrecen una solución, una salida, una alternativa, algo que funcione y mejore las condiciones de vida. Es solo discurso, claro, pero es novedoso porque culpa a otros y no a mí.

Cuando Bukele presumió al mundo que El Salvador estaba libre de asesinatos y de pandillas hubo voces en México que se pronunciaron, y hasta pidieron, un gobernante así. El hecho de que actualmente un partido político denominado “México Republicano”, copia fiel del estadounidense de donde emanó Donald Trump, quiera establecerse y participar en los siguientes comicios federales de este país, es el aviso de que esas “ultras” están aquí, tomarán fuerza e, inminentemente, gobernarán el país, no porque así lo desee, sino porque basta observar el comportamiento político del mundo, con sus semejanzas, para vaticinar que en México se está pavimentando el camino para la ultraderecha.

El mismo sendero preparó el PRI y el PAN durante los años que gobernaron. Con sus defectos, escándalos y los males sociales que ocasionaron o acentuaron fueron allanando el camino para que un sujeto que criticaba todo y prometía solución a todos los males, ganara la simpatía de las masas, pero lo más importante, sus esperanzas, y de esa forma vimos cómo en 2018 el país entero se sedujo ante el mesías que arreglaría todo. Es válido sentirse así, en un país con pobreza, violencia, bajos ingresos, múltiples precarizaciones y donde las personas se ocupan más en sobrevivir, es justo que nos seduzcan con una solución rápida. Lo que no es justo es que esa seducción se caiga o se olvide con el ejercicio del poder.

El desencanto hacia el gobierno en México porque poco de lo prometido cambió y en algunos casos estamos peor que con los gobiernos del PRI y el PAN —por la violencia, los escándalos de corrupción, la censura, el rezago educativo, entre otros—, se acentúa. Ese desánimo irá creciendo hasta el hartazgo, como ya ocurrió en México en los años 2000 y 2018, sirve como caldo de cultivo para que un nuevo discurso, una retórica violenta y culpabilizadora, una que tome a un grupo como insignia y lo culpe de todo, que prometa aniquilarlo y con ello acabar con los males del país.

Se dice que Trump despertó el monstruo dormido del racismo en Estados Unidos, y que los neoracismos globales crecen con sus discursos de odio hacia todo el mundo menos hacia los suyos. En México también hay una semilla de eugenesia que brota en ocasiones, cuando queremos “mejorar a la raza”; es un racismo de clóset, una búsqueda de culpables por linchar, y bajo ese escenario próximamente veremos quién cogerá la espada y prometerá limpiar al país de una plaga fabricada, como promete hacerlo la ultraderecha por todo el mundo.

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