Texto y fotos: Iván Pérez Téllez
PUEBLA. – Pasadas las torrenciales lluvias que durante el mes de octubre de 2025 afectaron buena parte de la sierra norte de Puebla, los chamanes otomíes comenzaron a especular sobre el origen de estos desastres meteorológicos. La crecida de los ríos, los deslaves de los cerros y las lluvias atípicas advirtieron que algo no andaba bien. En la memoria, sin embargo, los otomíes resguardan noticias sobre acontecimientos similares ocurridos antiguamente; les llaman diluvios. Por tanto, el hecho en sí no sorprende a los otomíes; en todo caso, les intrigaba saber por qué ocurrió, quién de las divinidades vernáculas arremetió así contra ellos, sus propios hijos, y qué es lo que querían comunicar.
Como consecuencia de las abundantes lluvias, las personas —artesanas y agricultoras— dejaron de trabajar obligadamente por varios días, lo cual resultaba un hecho amenazante, pues es como si retornaran a los tiempos primigenios, presolares, no del todo humanos. El mundo se estaba volviendo nuevamente blando —de ahí el deslave de los cerros—; es decir, Cristo-Sol estaba dejando de reinar en el mundo humano. Todo ello preocupaba a la gente otomí de San Pablito, Pahuatlán.
Dentro de la cosmología otomí, ciertas divinidades son las responsables de estas excesivas lluvias —o de las sequías—; en principio, la Sirena. Es necesario, sin embargo, considerar de manera suplementaria a dos de las principales figuras del panteón otomí: la Madre Tierra y el Señor del Monte —la pareja tutelar de los otomíes de San Pablito—. De modo que, para que cesen las aguas, es necesario consultar a los dioses y, posteriormente, hacer Costumbre para apaciguar así a las deidades responsables del régimen pluvial, sobre todo por medio de dotaciones alimenticias y parlamentos rituales. Durante la consulta —procedimiento adivinatorio obligado— que realizan los bädi, es necesario escuchar con atención las demandas de las divinidades.
Según las exégesis locales, lo ocurrido con las lluvias excesivas debió ser producto de algún agravio, malestar o descontento por parte de las divinidades, así que lo mejor es convocarlas y escucharlas. Esto es lo que hacen los bädi-chamanes, y con ese fin se realiza lo que denominan en castellano «consulta». Las propias divinidades demandarán algún tipo de Costumbre, dependiendo de la gravedad del asunto, ya sea que se tenga que ir a Mayoniha —conocido también como México Chiquito—, o que se tenga que encumbrar el cerro tutelar, lugar donde se encuentran las mesas de ofrenda de la Madre Tierra y el Señor del Monte, regentes del pueblo. Por lo general, las divinidades demandan aves de corral, guajolotes o gallos; en ocasiones, que se les cambie su ropa o que se repare su altar —el cual puede estar situado en la cercanía del cerro tutelar o en un lugar mucho más apartado, como Mayoniha, donde se encuentran las mesas de toda la pléyade de divinidades otomíes—, o que no se les tenga en el olvido, entre otras.
La idea amenazante del diluvio como un posible fin del mundo —esa que acecha bajo el nombre de Antropoceno— no es nueva entre los otomíes y no ostenta el mismo significado y fatalismo que en el mundo no indígena. Distintos diluvios han destruido o han intentado terminar con los otomíes; el más reciente, este de 2025. Sin embargo, se tiene en la memoria diluvios pasados, pues aproximadamente cada veinticinco años se suelen repetir. Con todo, desde la visión otomí siempre es posible negociar y, de este modo, refrendar la relación que se sostiene con las divinidades para asegurar la continuidad de la vida humana. La idea de «castigo» expresa la consecuencia de esta suerte de olvido o desatención del vínculo entre los humanos y los no-humanos. Don Alfonso, a propósito de las lluvias recientes, señala: «Tarda el agua, hay veces por un castigo». Ese «castigo» es sobre todo una llamada de atención, un señalamiento aplastante.
En este sentido, los otomíes tienen, por supuesto, sus propios marcos interpretativos sobre fenómenos asociados al cambio climático o las lluvias atípicas. Acá no se trata de una afectación a nivel global causada por el anthropos, sino de un desequilibrio en las atenciones para con las divinidades nativas. Este desajuste en el sistema de intercambio entre los otomíes y las divinidades provoca que sea, por ejemplo, la Sirena misma quien reclame, a veces de un modo drástico, un mayor cuidado de la relación que sostienen. Distintos factores son considerados como detonantes: el cambio religioso, el descuido y desinterés en los rituales comunitarios, así como las oleadas de reevangelización católica y protestante —que en ocasiones logran desvincular a las personas de la vida comunitaria—. En suma, la Iglesia y sus sacerdotes, por ejemplo, desconocen por completo la labor de las divinidades vernáculas; los otomíes, en cambio, reconocen el poder de Cristo-Sol, pero también el de la Sirena, la Madre Tierra y el Señor del Monte, de quienes depende en principio el régimen pluvial.
Esta relación cosmopolítica, donde la sociabilidad se extiende a distintos seres de la naturaleza, hace posible la vida humana. La Sirena será la primera figura implicada en estas lluvias excesivas; se trata de un ser voluble y caprichoso que puede demandar grandes cantidades de ofrendas, pero siempre es posible negociar y acordar con ella, pues atiende a una sociabilidad humana. De hecho, la Sirena en varias ocasiones ha querido hacer su casa cerca de San Pablito —con lo cual se perdería el mundo—, pero se le ha logrado convencer, por medio del Costumbre, de retirarse, a cambio de cuantiosas ofrendas. Sin embargo, la falta de reciprocidad, de reconocimiento de su poder, la desatención o el descuido puede traer como consecuencia que existan estos desastres no naturales o diluvios. Es una de las maneras en que las divinidades recuerdan a sus hijos, de un modo drástico, la relación que sostienen humanos y no-humanos.
Entre los otomíes, la gestión de los desastres apela a un ejercicio cosmopolítico —a una política que excede lo humano— y que reconoce a una serie de personajes —la Sirena, la Madre Tierra o el Dueño del Monte— como los responsables del régimen pluvial, de los diluvios o de las aguas mesuradas que posibilitan la agricultura. Con estos regentes hay que establecer una relación de intercambio y reciprocidad que actualice de manera cíclica el compromiso que mantienen los otomíes con sus divinidades.
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Este trabajo fue realizado por Pie de Página, que forma parte de Territorial, Alianza de Medios. Para consultar el contenido original, dar clic aquí.



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