Eran apenas cuatro niños que reían entre ellos, de esas risas ligeramente contenidas que se escapan del nervio cuando no sabes bien qué va a pasar pero lo esperas emocionado.
No se acercaban del todo. Devolvían el saludo con la mano mientras veían llegar a sus maestras en la camioneta negra, alta, con la caja llena.
Entre la carga había bolsas con viejitas -la botana de fritura de harina típica de las fiestas sinaloenses- y palomitas, algunos dulces, así como maletas con herramientas de los artistas. Todo cubierto con bolsas negras para que el polvo del camino no se metiera en todo.
Con eso levantaría, por sexta vez, el Festival del Niño Indígena.
Hortensia, miembro del colectivo Tarahumara Sinaloense y organizadora del evento, dentro de su discurso de apertura del festival soltó un chiste.
“Aquí nos acompañan unos artistas, vienen bien batidos pero ya llegaron”.
Sabe que es un buen arranque para romper el hielo, porque el chiste funciona y saca risas, sobre todo porque juega con la realidad del camino a Cuitaboca.
Son 70 kilómetros desde la cabecera municipal hasta Cuitaboca. En un trayecto llano y pavimentado, el viaje tomaría poco más de 45 minutos.
Pero el camino de Cuitaboca está lejos de parecerse a eso.
Es un camino agreste, pedregoso, de terreno irregular y complicado. Hay tramos empinados seguidos de curvas cerradas y pedazos que, al cruzarlo por primera vez, te obligan a bajarte para revisar que el carro sí pueda pasar por ese camino.
Hortensia ha cruzado ese camino varias veces y se mueve con seguridad entre las veredas del camino serrano. Aun cuando la camioneta se zangolotea con brusquedad, lo suficiente para revolver el estómago de cualquiera, ella apenas y se mueve.
De vez en cuando se acomoda los lentes que lleva sobre la cabeza, pero mayormente sus manos están sobre el volante.
El camino exige concentración. Aunque hay tramos recién pavimentados, apenas aparecen al inicio. Lo demás sigue siendo piedra.
Durante años, cuenta Hortensia, fueron los propios habitantes quienes arreglaban el camino para hacer el paso un poco más llevadero.
En 2024, el Gobierno del Estado comenzó a pavimentar algunos tramos.
Aunque son pocos.
***
En una parte del camino, al borde de la vereda, hay restos de automóviles.
Láminas claramente golpeadas, brillantes bajo el rayo de sol pero opacadas por capas de tierra, eran huellas de accidentes del pasado.
Esa carrocería abandonada hace que la vista, tan hermosa como un cuadro colgado donde se retrata gran parte del terreno serrano de Sinaloa de Leyva y parte de Guasave, se distorsione hasta provocar vértigo. O solo provoca una de esas risas que delatan el miedo e intentan disminuirlo.
En ese viaje para llegar al Festival del Niño Indígena, Hortensia y compañía -un músico, dos titiriteros, uno de ellos su esposo, las dos maestras de la escuela primaria y una periodista- hicieron alrededor de siete horas para llegar, dividido en dos días.

IMAGEN: VANESSA BELTRÁN
Descansaron en una pequeña cabaña propiedad de Isabel, cariñosamente llamada y conocida como Chabelita, una mujer de poco más de 60 años.
Su casa, de techo hacia arriba forrado con hojas de palma seca y hule negro, y paredes de madera, funciona como tienda de abarrotes y punto de descanso para los viajeros que transitan entre Cuitaboca y la cabecera municipal.
Chabelita afuera de su casa tiene dos catres, uno aún conserva firmeza mientras que el otro, el que está mejor acomodado bajo la sombra del árbol, ya se siente aguado, aunque no lo suficiente para afectar el descanso.
Algunos lo nombran como la mitad del camino.
***
Bajo la techumbre de la primaria indígena de Cuitaboca, el sonido de una jarana, instrumento particular de los cantos tradicionales veracruzanos, empezó a cantarle a los niños.
Los niños se vestían de una manera formal, pero no eran trajes ni mucho menos con moños. Portaban camisas a cuadros de manga larga, pantalones de mezclilla -algunos rotos, otros más nuevos-, pero la mayoría portaba un sombrero blanco tipo americano, de esos que tienen los costados curvados y marcados.
El primer artista que se presentó fue Óscar Rockmero, un artista del municipio de Ahome. Cantó frente a los niños, todos sentados de manera ordenada en sillas que habían sacado del salón de clases.
En un principio, la participación de los niños fue mínima, solo alcanzando a seguir al cantante con aplausos desorganizados y coros bajos. No era común para ellos participar de esta manera en algún evento.
Apenas y lograban realizar una tabla rítmica en los eventos culturales de la escuela sin que les ganara la vergüenza.
¿Cantar junto con el cantante?
Los niños solo reían avergonzados, pero poniendo atención a los cantos del invitado.
Sin embargo, el público se fue soltando poco a poco.
Esto se notó cuando tocó la participación de los titiriteros.
“Churrinche contra el fantasma”. Incluso el título era suficiente para que los niños sonrieran, extrañados por el curioso nombre del protagonista.
La presentación no se quedó en aquel teatrino de tela café y apariencia carismática. Se extendió entre el público.
Los niños respondían, señalaban, advertían al personaje, como si supieran que ellos podían cambiar la historia con lo que dijeran.
Cuando el muñeco robó las sandías, cuando lo perseguían para pegarle con una tabla, la obra provocó las risas de chicos y grandes.
O los grandes que volvían a ser chicos con esa obra.
***
Aquella bolsa de viejitas fue repartida entre los niños asistentes.
La botana había viajado desde Guasave hasta Cuitaboca para llevarles un gusto a los niños.
Cruzando caminos complicados y horas de trayecto.
El Festival fue más corto qué el camino que se realizó para llegar a él, pero consiguió su objetivo.
Llevar un recuerdo a las infancias de los pueblos originarios y acercar el arte y la cultura a un pueblo, aún si este está en lo alto de la sierra.


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