A las 6 de la tarde el Zócalo ya se llenó. Prejuicio muy méndigo: traen curiosidad de ver a Bocelli, pero vienen por Los Ángeles Azules. Ópera y cumbia. Combinación perfecta. Universalmente inédita. Perfecta para la convocatoria. Los patrocinadores (Banco Plata) son unos genios de la mercadotecnia. Pero los encargados de la política, son todavía más abusados. Hace mes y medio Shakira y ahora Bocelli. Mensaje internacional de seguridad para eventos masivos en México, a 52 días de la inauguración del Mundial. Parecemos el país perfecto. En paz y en fiesta.

Discretos contingentes de seguridad. Casi ni se ven. El sol a todo lo que da. En las orillas, tlayudas y tlacoyos y tacos de canasta… nada que se pueda o se vaya a poder oler nunca jamás, antes de una función, afuera de la Scala de Milán, del Metropolitan de NY, del Royal Opera House de Londres o del Bolshói de Moscú.

El concierto es las 7. La raza es puntual. A esa hora ya estamos todos y todas. “Así somos la gente del mundo de la ópera”, habla con la boca llena un chavo con la gorra naranja que regalan los patrocinadores, puesta con la visera hacia atrás, mientras mastica un gaznate. Lo dirá de chía, pero es de horchata.

Algo de tensión cuando en ambos costados dan portazo numerosos contingentes; vencen vallas que restringen áreas con sillas y agarran lugar más adelante. Nomás era eso. Y todos contentos.

Al frente del escenario, 7 mil sillas negras. Lo demás son 25 mil metros de concreto.

Hasta adelante los very important people, a los que nunca discriminamos. Prensa, atrasito de la raya, a un lado de una zona reservada para invidentes. Entre ellos, se sienta Clara Brugada. La jefa de Gobierno de la CDMX se saca pocas selfies con quien la tiene a la mano. Discreta. Viene a ver al tenor, sí, pero más a los suyos… a los de esa Iztapalapa que entre peras y manzanas gobernó ochos años.

La que sí se placea, se exhibe… se arrima a la sección de prensa, es la esposa de ya saben quién. Beatriz Gutiérrez Müller se deja fotografiar por los medios, declara cualquier cosa, les canta un cacho de cumbia. Desafinadísima, no le hace. Trae consulado plenipotenciario. Se ve se siente… Palenque está presente. Que quede bien claro.

A las 7:12 se instalan en el escenario los 100 músicos de la Sinfónica de Minería. Esta vez, el podio de su titular (Carlos Miguel Prieto) lo tomará Carlo Bernini… director musical y pianista de Bocelli desde hace más de 30 años. Unos minutos después suena en el sonido local: “Vamos a comenzar… los que no tienen silla, siéntense en el piso”. Ciento treinta mil mentadas de madre simultáneas. Merecidísimas. El señor locutor no vuelve a abrir ni el micrófono ni la boca.

A las 7.19 aparece Bocelli, llevado del brazo por su inseparable Bernini. De smoking, pantalón negro saco azul-azul-azul —cobalto—, con esos brillitos que no son lentejuelas, pero que se llaman swarovskis. Parece mago. Al final, seguro hará magia. Su magia. Para abrir boca, literalmente, se arranca con ‘Di quella pira’ (traducción simultánea: de esa pira) de El trovador de Rigoletto… que al final demanda un do de pecho. No son enchiladas. Tema compuesto en 1853. La raza no la conoce. No tienen porqué. Pero la siente, en silencio y con respeto absoluto. Como con ganas de aprender. Y así con la que sigue y con la que sigue y con las demás. En la primera hora, poco a poco, tema tras tema, se nos olvida que fuimos por los querubines celestes.

Dos que tres rolas operísticas son más populares de lo que se cree y la banda se prende en los primeros acordes… como si fueran de Juanga… con la La donna è mobile (de Rigoletto, Verdi). Traducción simultánea: ‘La mujer es voluble / cual pluma al viento / cambia de acento / y de pensamiento’. Aguado, porque estás en territorio apache, carnal —piensa el primo del primo de un amigo por ahí presente—.

En algún momento, se va Bocelli y entra por el centro del escenario, partiendo plaza, la soprano puertorriqueña Larisa Martínez. Bellísima. Como las divas cuando había divas. Porta un vestido que sólo se ve en los grandes escenarios del planeta. Amarillo mostaza, que parece bordado, hilo por hilo, en oro. Impactante. Parece una diosa. Hasta que canta. Y se confirma… es una diosa. Para las creencias monoteístas, tiene que ser ella. No puede haber otra. Pufff.

Interpreta una canción francesa del siglo XIX, ‘Las mujeres de Cádiz’. Regresa Bocelli para hacer dueto con un tema de la opereta de la ‘Viuda alegre’… ‘Tace il labro’ (labio en silencio). Por ahí se van. Aparece para número solista un paisano. Barítono internacional orgullo de Chihuahua. Juan Carlos Heredia. Se avienta con la ‘Canción del toreador’, de la ópera Carmen, de Bizet. Espléndido. Otros artistas en el escenario, la violinista Rusanda Panfili (moldava-rumana) para hacer el Libertango del argentino Astor Piazzolla. Una pareja de baile, los italianos Angelica Gismondo y Francesco Costa, y otra pareja estadounidense: Brittany O’Connor y Paul Barris. Nivel de elenco y espectáculo tan insospechado como gratuito para la plaza pública. Que lo agradece en su notable interés.

Una hora después de iniciado el concierto, cronométricamente, levitan sobre el escenario ‘los blue angels’ junto con Ximena Sariñana. Se integran con la sinfónica para hacer ‘Mis sentimientos’… es fácil para tiii el abandonaaarme / es fácil para tiii el abandonaaarme / llevándo-teeee mis sentimieeentos / llevándo–teeee mis sentimieeentos. Rolón. La plaza mueve el bote, aplaude y canta. La bandera, monumental, también.

Entra Bocelli… se suma a la cumbia… toma la flauta transversal y se convierte en modesto acompañante de los Ángeles Azules y de Ximena, para hacer bailar a Louis Armstrong detrás de la luna… con What a Wonderful World, al tiempo que estalla la pirotecnia que sale y llueve desde de los atrios de la catedral. Le cae a la feliz pachanga la soprano Pia Toscano —la conocen los que ven American Idol— para cumbianizar ‘Vivo por ella’ con Bocelli y los Ángeles.

Después de tres temas en sólo 15 minutos sobre el escenario, se retiran los Ángeles Azules. De vuelta a la ópera y fuera de los embajadores perpetuos de Iztapalapa para el mundo, nadie se mueve. Otros 15 minutos para cierre de concierto, más pirotecnia y dos ‘encores’ (otra.. otra). Nos vamos con Nessum dorma… acto final de la ópera Turandot. Y de esta noche. Pirotecnia. Ovación multitudinaria. Ya la hubiera querido Caruso cuando vino a México en 1919. Juntó a 17 mil en el Toreo de la Condesa —donde ahora es el Palacio de Hierro—.

No le falta nada más a Bocelli. Puede morir en paz… ojalá sea dentro de mucho. Apenas tiene 67. Tuvo como mentor-descubridor a Pavarotti, fue invitado a cantar por la reina Isabel II, Elizabeth Taylor se subía a que le cantara en el escenario, Michael Jackson le pedía ayuda en conciertos de beneficencia, lo acompañó al piano nuestro inmenso Armando Manzanero, le han pedido compartir escenario y grabar con él José Carreras o Plácido Domingo… Celine Dion, Sarah Brightman o Tony Bennett, ha sido dirigido por Zubin Metha… se codea con princesas y príncipes y reinas y reyes y papas (sin acento, por favor)… y con los dueños del planeta. Méritos, no sobrados pero sí suficientes, para llegar a ser, en un instante de frenesí, la flauta de los Ángeles Azules.

Sólo Andrea Bocelli se imagina en toda su grandeza lo que realmente pasó esta noche. Nosotros… nosotros nada más lo vimos.

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Este trabajo fue realizado por Animal Político. Para consultar el contenido original, dar clic aquí.