Mazatlán, Sinaloa.- Las filas para ver al muerto empezaron a formarse desde temprano. Media hora antes, camino a la despedida, aparecen las primeras voces sueltas. Son las de los visitantes, que amenazan:

“A este muerto se le va a aparecer el Diablo”, la frase sale de la parte trasera de una auriga: “métele padrino, que hoy Alexis se despacha con dos”. Llevan prisa.

La fila más larga se extiende por la avenida Múnich, esa vía que antes de llegar a la zona de las Praderas se hace pequeñita, se vuelve callecita de colonia como si nadie hubiera previsto que de este lado crecería el puerto: dos mil 500 viviendas están siendo construidas por estos rumbos.

Es el oriente de la ciudad, donde hacen su agosto los desarrolladores inmobiliarios.

Pero desde la Múnich no alcanza a ver el ataúd del muerto. Quienes tienen memoria recuerdan que este féretro costó 700 millones de pesos de dinero público en el sexenio del exgobernador Quirino Ordaz. El ataúd se ve bien desde Pérez Escobosa y Manuel Clothier.

La auriga se ha adelantado. El que habló del muerto aún no sabe que el Diablo saldrá perdiendo. Esto se parece a La autopista del sur, donde se va generando convivencia y reclamos de carro a carro. Ahora aquí al lado viene un Honda Civic. Trae música y las ventanas abajo. Este no va a ver al difunto.

“¿Qué habrá, por qué el atasque?”, pregunta.

“Hay juego”.

“Ahh, el Mazatlán”, recuerda, “lo bueno que es el último”.

Es el último partido como local del Mazatlán FC en la Liga Mx, el máximo circuito de futbol del país. El tipo de la auriga se ha referido al equipo como el muerto porque ya no tiene nada que hacer en el actual torneo y porque en el próximo partido, en Monterrey ante Tigres, la franquicia desaparecerá.

A BUSCARLE

 

Por eso estos atorones de tráfico, las filas largas de carros en todo este sector. La cara de enfado del conductor del Honda Civic.

Hay tramos que deben pasarse a vuelta de rueda. Y otros donde es obligado esperar varios minutos detenido. Todo por ir a ver al muerto.

En el último trecho donde la Múnich deja de ser una avenida decente y se angosta, el camellón está habilitado como estacionamiento temporal de vehículos. Ahí Rafael tiene su coto marcado. Cobra 50 pesos por carro. A esta hora, poco antes de las 6 de la tarde, ya se ha embolsado 450 pesos, por lo menos.

De aquí hasta allá, dice abarcando con los brazos su parcela, unos cuarenta metros sobre el camellón.

“Es el último ¿no?”, se le pregunta.

“Y de aquí a buscarle”, pariente.

De ahí en adelante hay decenas de personas que como Rafael cobran por espacios a la orilla de la avenida. Han venido a trabajar. Cobran hasta por lugares en las calles aledañas. Prometen cuidar la unidad aunque al término del partido ya no estén. Gilberto es otro de ellos. Dice que ha llegado a ganar hasta mil pesos en una noche en la que juega el Mazatlán FC.

Sobre la misma Múnich, ya en la entrada al estadio El Encanto, Lourdes vende donas. Son piezas de harina, con azúcar y bañadas de chocolate empedrado con trozos de nuez.

“A 20, a 20 la dona”, dice mientras cientos de aficionados se enfilan a las gradas.

Ella escucha la misma pregunta de Rafael.

“Hoy se nos acaba este trabajo aquí. Llegué a vender hasta 150 piezas en una noche”.

FILTROS

 

La explanada está llena. El juego ya inició. Debe llevar unos 10 minutos, pero la gente dice que no pasa nada. Mazatlán y Toluca siguen empatados a cero.

Hay gente vendiendo camisetas, revendiendo boletos de entrada, frituras, refrescos. Hace unos años, cuando se construía el estadio, aquí cerca vivía Reyna en una casa de madera. Ella bordaba flores en servilletas de tela. Pero aquí no hay nadie vendiendo bordados.

Tal vez por ser último partido la seguridad se ha relajado. Se pasa por los filtros sin que los policías hagan los cacheos de rutina. En el tramo más empinado, antes de la entrada, se oye un alarido de miles. Es la voz del estadio en su despedida. Allá en el último filtro una guardia pide que alguien se quite la gorra.

“¿Por qué?”

“Revisión de seguridad…”

Nadie se quita nada. Ni por respeto al muerto.

PARTIDO

 

Las gradas están llenas. Pero no es un lleno a reventar. Abajó, en el césped, el Mazatlán FC viste de morado. El Diablo de blanco. La gente grita, da órdenes a los jugadores, agravia al árbitro. A veces parecen directores técnicos.

Un minuto antes de terminar el primer tiempo, cae el gol en contra de Mazatlán FC. Nada de qué extrañarse. En sus cinco años de vida este equipo está más acostumbrado a perder que a otra cosa. Alrededor del 50 por ciento de sus juegos han sido derrotas.

Medio tiempo. Se apagan las luces. En las pantallas gigantes aparece un video. La voz habla de noches oscuras, de dificultades, de la mejor afición, de caminos que se separan.

“Gracias por todo Mazatlán. Hasta siempre”.

Brota sobre el estado el show de luces. Ahora viene la pirotecnia. Un ruido de locos. Huele a humo. Hay una cortina. Se oye el corrido de Mazatlán, con el Recodo.

Segundo tiempo, el último. Aquí todo es último: el video que Marisela se toma, el pirulín que vende Carlos, la cerveza que se toma Vladimir. El muerto le da la voltereta al Diablo y el marcador queda 4-3 a favor de Mazatlán.

PARTIDA

 

La despedida definitiva es el próximo fin de semana, en Monterrey. Pero la desaparición del Mazatlán FC porque el dueño del equipo decidió vender la franquicia al Atlante, se sabe desde inicios de enero de este año.

Erick Mandujano, entonces presidente de la Canirac en el puerto señaló que la desaparición del equipo sería un retroceso en el turismo deportivo por la derrama económica que se generaba en hotelería, restaurantes y comercios. El empresario hotelero, Guillermo Romero, también lo advirtió: cada partido del Mazatlán FC en el puerto generaba la ocupación de 2 mil habitaciones.

Y además se queda un estadio solo. Sin jugadores, sin afición al futbol en la grada, sin una pelota profesional rodando hacia alguna portería. Armando Camacho Aguilar, director del Instituto Sinaloense del Deporte (ISDE), dijo que sería irresponsable dejar caer el estadio.

“Se fue un como un grande, papi”, le dice el hombre a su hijo saliendo del estadio, quienes vinieron a despedir a su equipo.

El muerto ha dejado ganancias en los bolsillos de Rafael y Gilberto, que ya no resguardan los carros que prometieron cuidar. El muerto también ha servido para aumentar los números en las cuentas bancarias de otros cuantos que tampoco por aquí están.

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