Isabella tiene 11 años. Vive en Culiacán y salir a la calle no es algo que disfrute. Su mayor miedo es estar con su mamá y que les pase algo violento.

“Cuando voy por la calle me siento incómoda al ver tantos policías y soldados. También me ponen incómoda los retenes que hacen y me da miedo que quieran parar a alguien o que pase algo de violencia y que mi mamá y yo quedemos en medio”, escribió la niña en una encuesta realizada por ESPEJO a 136 niñas y niños de entre 11 y 12 años.

Es el último año celebrando el Día del Niño y la Niña para las 136 infancias, por ello se les preguntó qué piensan de su ciudad, qué temen y qué cambiarían.

La mayoría de las respuestas coinciden. De las 136 encuestas, 92 -casi el 70 por ciento- identifican la violencia como su principal miedo o fuente de incomodidad. Algunos temen a las camionetas blancas blindadas y sin placas; otros, a las personas sospechosas que portan armas. También les da miedo pasar por los retenes y ver a los militares: creen que pueden quedar en medio de algún enfrentamiento.

Algunos niños y niñas dibujaron drones como símbolo de un trauma que han desarrollado en los casi dos años que inició un conflicto armado entre dos grupos criminales del cartel de Sinaloa, pues esos artefactos que podrían servir para la agricultura, hacer fotografías o crear mapas, han sido utilizados como armas que arrojan artefactos desde explosivos hasta restos humanos.

La violencia no es una idea lejana. Es algo que reconocen, que nombran y que anticipan.

-Cuando estás en la calle o por la ciudad. ¿hay algo que no te gusta, que te hace sentir incomodo (con miedo o inseguro)?, se lee en una de las preguntas y las respuestas son reveladoras:

“Primero, los militares, ellos nos cuidan, pero las pistolas me dan mucho miedo y las motos que van pasando con radio en el centro, y también me dan miedo las camionetas blancas con negro que nos persiguen”, Paoleth, 11 años.

“Quedé tan traumada que sueño con tiroteos”, Eledaly, 12 años

Algunas otras, como Valeria, de 12 años, describe a la ciudad como un lugar desolador.

“Veo una ciudad algo solitaria en comparación a hace un tiempo atrás. Un lugar lleno de militares, miles de personas que se buscan y posiblemente no se encuentren más que sus huesos, con un gobierno que no hace nada”, escribió la menor.

Para estos niños y niñas, las cosas no son como antes. Muchos han incorporado medidas como no salir de sus hogares, jugar en la calle y meterse cuando baja el sol, evitar sitios solos y salir acompañados.

Hay quienes incluso tienen rituales de protección, como usar pulseras de la suerte o persignarse ante la Virgen para pedirle que los cuide y que puedan regresar con bien a sus hogares.

“A veces, cada que salimos para algún lugar cerca, yo y mi papá nos persignamos frente a la Virgen“, Victoria, 11 años.

“No ver tantas noticias y hablar de las cosas que pasan para saber qué hacer en esos casos”, Alexa, 12 años.

Desde septiembre de 2024, Sinaloa vive atravesado por una guerra interna entre dos facciones del crimen organizado.

Esta disputa ha dejado, hasta marzo de 2026, 2 mil 607 homicidios, 110 feminicidios, más de 10 mil robos de vehículos y 2 mil 525 personas desaparecidas, de las cuales mil 553 siguen sin ser localizadas, de acuerdo con datos de la Fiscalía General del Estado y la Comisión Nacional de Búsqueda.

Es en este contexto donde estas infancias están creciendo, pero en medio del dolor y la desolación, también hay esperanza.

Hay otro grupo -casi el 30 por ciento- que no mencionó la violencia ni dijo sentirse incómodo en su entorno. Son 44 niñas y niños que encuentran en su colonia espacios para jugar, convivir y moverse con mayor libertad.

“Que me gusta mi escuela, salir al parque cerca de mi casa a jugar, que tengo amigos y familia en esta ciudad y que me gusta estar con mi familia y pasarla bien”, Giselle, de 11 años, cuya preocupación está más enfocada en el exceso de automóviles en la zona y la falta de espacios peatonales alrededor de su vivienda.

Más que una ausencia de violencia, lo que aparece es la presencia de condiciones distintas a la de los otros menores, donde destacan entornos más controlados, espacios públicos funcionales y redes cercanas de apoyo como amistades y familiares.

El acceso a parques, canchas o calles habitables no elimina el riesgo, pero sí cambia la forma en que ella vive. Las respuestas como las de Giselle también revelan otras violencias que han sido rebasadas por la de los grupos criminales, se trata sobre la falta de infraestructura digna y segura para vivir y desarrollar las infancias.

“Que reparen la cancha de fútbol”, expresó Pablo, de 11 años.

“No hay muchas cosas, ya que nos habían dicho que en frente de mi casa iban a hacer un parque. Pero más que eso, lo que más me gusta es que una tía vive a dos casas de la mía. Pero quisiera que pongan más postes de luz y que, por favor, hagan el parque que nos prometieron”, Victoria, de 11 años.

El otro miedo: las niñas y su deseo de no ser miradas

 

Y así como las violencias para desarrollarse en espacios dignos, también hay otras más que son duras, que provocan traumas y miedos, como los de Sofía, quien a sus 11 años teme a los hombres. Siente que la pueden asaltar o hacerle algo más.

Como ella, hay otras 12 niñas cuyo miedo no se limita a la violencia armada. También tiene que ver con lo que puede pasarles por ser mujeres.

“Cuando pasan gente/hombres y me miran mucho”, Camila, de 12 años.

“Me hace sentir incómoda un señor que está en la calle”, Ana, de 11 años.

“Varios hombres o viejitos que me observan”, Lube, de 11 años.

De acuerdo con Unicef, las niñas y las adolescentes enfrentan violencia en todos los espacios que habitan: su hogar, la escuela, la calle y los espacios comunitarios. Esta violencia puede provenir tanto de personas cercanas como de desconocidos.

En México, 6 de cada 10 mujeres adolescentes de entre 15 y 17 años han sufrido al menos un incidente de violencia -emocional, física, sexual o económica- a lo largo de su vida.

En la encuesta, las niñas optan por refugiarse con sus familias, salir siempre acompañadas, evitar los espacios oscuros e incluso ignorar lo que ocurre, aunque les incomode.

“Me incomodan los señores borrachos y los señores cholos… Mi mamá me abraza para que esté tranquila”, dice Adamaris, de 11 años.

“Llevar camisa corta o que me critiquen mi vestimenta hombres… Para sentirme segura estamos todos juntos”, Akethzaly, de 11 años.

El acoso y abuso callejero, según Unicef, comienza cuando las niñas tienen 9 o 10 años, intensificándose entre los 12 y los 15 años.

Todas coinciden en que quieren más seguridad. Algunas, como Valentina, de 12 años, piden que mejoren la iluminación de los espacios; otras, como Sofía, de 11 años, buscan que se rescaten espacios y se conviertan en sitios donde jugar. Lugares más seguros.

¿Qué cambiarían?

 

Cuando se les preguntó a las infancias qué cambiarían de su colonia o de su ciudad, las respuestas son similares. Unos piden más seguridad, más luz y menos violencia, pero también hay quienes piden algo aparentemente más sencillo: poder salir, jugar y sentirse tranquilos. Incluso hay quienes sueñan con regresar a vivir a como se vivía antes de la guerra.

“Que haya más luces y que dejen de vender drogas, dejen de desaparecer a personas. ¡Que pare todo esto! Por eso ni salimos casi”, Eledaly, de 11 años.

“Quiero que no maltraten animales o que ya no existan enfermedades y que todos tengan al menos una casa en donde vivir, que no haya bullying”, Akethzaly, 11 años.

“Me gustaría que sea como antes”, Gael, de 11 años.

Porque la encuesta realizada a 136 niñas y niños reveló que crecer en Culiacán hoy no significa lo mismo para todos. Para algunos, la ciudad todavía es un lugar para jugar, mientras que para otros y otras es un espacio que se aprende a evitar o transitar con cuidado.