Vine a Tesila, al norte de Sinaloa, a ver una fiesta que solo puede existir si hay algo que casi no hay: tranquilidad. Al menos aparente.

Bajo el cielo estrellado, la oscuridad era casi total. Apenas la cima se dibujaba contra la noche.

Desde la enramada, el sonido de las sonajas -hechas de bule seco- rompía el silencio. No era estruendo, sino un pulso constante, una especie de llamado.

Los cantos del venado se entrelazaban con el crujido de los tenabaris, los capullos secos que los danzantes amarran a sus piernas y que, al moverse, imitan el sonido del monte. Todo ocurría en penumbra, como si la ceremonia no necesitara ser vista para existir.

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Alrededor de la cruz, la comunidad se reúne para cumplir promesas y sostener una celebración que atraviesa generaciones.

Alrededor de la cruz, la comunidad se reúne para cumplir promesas y sostener una celebración que atraviesa generaciones. Una fiesta que, para poder ocurrir, necesita algo que en otras regiones del estado se ha vuelto incierto: tranquilidad.

Eran las 11:20 de la noche del 2 de mayo.

Subimos la falda del cerro casi a oscuras. Algunos llevaban lámparas para no tropezar, pero el camino parecía saberse de memoria. Arriba, la enramada resguardaba una cruz sagrada, decorada esa noche con flores de colores, que desde 1969 recibe a quienes suben a pedir favores. Promesas que, dicen, se pagan al año siguiente: con ofrendas, con danza, con fe.

Los tenabaris, atados a las piernas de los danzantes, marcan el ritmo con un sonido que imita al monte.

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Los ténabaris, atados a las piernas de los danzantes, marcan el ritmo con un sonido que imita al monte.

Había hombres y mujeres de todas las edades. Los mayores -los que aún hablan la lengua mayo-yoreme- eran pocos. Más atrás venían los jóvenes, los adultos que sostenían la ceremonia. Y también los niños, que con sus pequeños cuerpos imitaban, con torpeza y asombro, los movimientos del venado. Algunos apenas entendían lo que representaban, pero ya estaban ahí, aprendiendo con el cuerpo lo que no siempre se hereda con palabras.

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El viaje había comenzado horas antes, a la una de la tarde. Teníamos que llegar a Ahome para, desde ahí, desplazarnos hacia El Fuerte.

La guía era Michelle Félix, danzante de venado. Desde hace más de cinco años recorre comunidades y documenta las tradiciones mayo-yoreme, cómo la Semana Santa también está atravesada por tensiones, sus símbolos y sus cambios.

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La cabeza de venado, elemento central de la danza mayo-yoreme, representa la conexión con el monte y el mundo espiritual.

La primera parada fue Tehueco, en el municipio de El Fuerte. Antes de llegar a la fiesta, había que pasar por la vida cotidiana de la comunidad que la sostiene.

Tehueco es uno de los 28 centros ceremoniales que existen en Sinaloa. Ahí, la organización aún se rige por autoridades tradicionales, representadas por un kobanaro -gobernador indígena- y un consejo de ancianos. El centro ceremonial se divide en cuatro regiones: mandón mayor, mandón segundo, mandón tercero y mandón cuarto. Tesila -el sitio donde veríamos la celebración de la Santa Cruz- forma parte de la región del mandón mayor.

Al llegar con la familia que nos recibiría, la conversación giró hacia la violencia.

Mientras en Culiacán la crisis política marcaba la agenda -la salida del gobernador Rubén Rocha Moya, la designación de una gobernadora interina, los reacomodos-, en Tehueco el tema se mencionaba distinto.

“Aquí no pasa nada”, dijo uno.

No se refería a que hubiera una ausencia de problemas, sino a otra escala de ellos.

El conflicto, ahí, no es el que aparece en los titulares de los noticieros o los periódicos.

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Para los Mayos-Yoreme la iglesia es sagrada, pero el descontento es mayor y su muro pusieron una manta como manifestación.

En mayo de 2025, Gabriela Vásquez reunió firmas y copias de identificaciones oficiales entre integrantes de la comunidad. Les dijo que serían entregadas al Gobierno del Estado y que, a cambio, recibirían despensas. Las despensas sí llegaron. Con ellas, también la noticia: ella asumiría como cobanara, gobernadora indígena de Tehueco.

La decisión no fue reconocida por todos.

Desde entonces, la comunidad se ha dividido. De un lado, quienes sostienen las autoridades tradicionales; del otro, quienes respaldan la nueva designación. La disputa no es solo política: atraviesa también la forma en que se entienden las fiestas, la religión y la vida comunitaria.

“Ella no apoya nuestras tradiciones. No vino ni en Semana Santa”, dijo un joven que funge como rezador. “Nosotros elegimos a nuestro gobernador. Él sí sabe de nuestras fiestas”.

El conflicto escaló el 1 de mayo. Ese día, un grupo encabezado por Vásquez rompió los candados del centro ceremonial y colocó otros para impedir el acceso al consejo de ancianos y a parte de la comunidad. La tensión obligó a la intervención de las autoridades. El lugar quedó cerrado, con una cinta policial, a la espera de un diálogo que no tiene fecha.

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Un candado y una cinta obstruyen el acceso al centro ceremonial en Tehueco.

“Si seguimos así, no va a haber fiesta de San Juan”, advirtió uno de los responsables.

En Tehueco, donde se suponía que podríamos hablar con el Consejo de Ancianos, nadie quiso hacerlo. Días antes había corrido el rumor de que veníamos de un partido político. Que hablar con nosotros podría cerrar puertas.

“Nos dijeron que si platicábamos no habría apoyos para las fiestas”, explicó uno de ellos. “Y luego de lo que pasó hace días… mejor así hay que dejarlo”.

La desconfianza también forma parte del ambiente.

Y hay otra cosa.

No se dice, pero se ve.

En la oscuridad, debajo de los árboles, hombres jóvenes con radios, montados en motocicletas, vigilan quién entra y quién sale.

De eso nadie habla.

Pero tampoco hace falta.

***

La memoria y la tradición también se sostienen en la palabra.

El maestro de Educación Indígena y hacedor de la fiesta, Lorenzo Ruiz Gutiérrez, observa el movimiento de los danzantes y el ir y venir de los músicos bajo la enrama que buscan lluvias y buenas cosechas, así como deseos personales.

“La fiesta de la Santa Cruz inicia en 1969. Fue una promesa del papá de Ignacio Ruiz. Él vino y la enclavó aquí, en la lomita de Tesila”, cuenta.

Desde ese punto -un mirador natural desde donde se alcanza a ver Tehueco, el río El Fuerte y la carretera- la cruz quedó bajo resguardo de la comunidad.

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Lo cantos de venado sonaban debajo de la enramada.

“Cuando termina su promesa, entrega la Santa Cruz a los liderarios de Tesila y los compromete a continuar con esta tradición año con año. Los danzantes, pascolas, venados y músicos platican con la Santa Cruz. Le piden regresar con bien a sus hogares. Nosotros pedimos por la comunidad, por el bienestar de todos”.

Pero sostener la tradición no ha sido sencillo. Con el tiempo, la danza del venado dejó de pertenecer únicamente al territorio y comenzó a presentarse en escenarios externos.

El gobierno empezó a llevarse a los danzantes a otros lugares. Allá eran actores, no danzantes. Y de ahí se fue rompiendo la deidad yoreme, es difícil, pero aquí seguimos”.

Para Lorenzo no es la violencia la que amenaza directamente la fiesta. Es algo más lento: el olvido, la falta de relevo, la forma en que la tradición se convierte en espectáculo.

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Familia realizando su ofrenda ante la Santa Cruz.

La violencia, en todo caso, está ahí. No siempre irrumpe. A veces solo observa.

“Las festividades se van perdiendo, porque no todos quieren agarrar la batuta. Y no es fácil. Pero aquí seguimos, por amor a nuestra cultura”.

Aun así, el ritual persiste.

Los cantos siguen un orden que dialoga con el monte: al caer la noche, al coyote; en la madrugada, al gallo y a las aves. Todo forma parte del huyahane, el mundo espiritual al que se le canta.

Además, la comunidad prepara el guacabaque, el alimento que les da energía a los danzantes. Un caldo hecho a base de hueso, repollo, garbando y los necesario para que aguanten la noche.

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La cruz permanece. El venado se mueve. La tradición se sostiene entre ambos.

La frase no se quedó ahí, en una entrevista.

Se quedó en el cerro, entre las sonajas, en los pasos de los niños que apenas comienzan y en los mayores que ya son menos.

La cruz seguirá ahí.

Lo que no está garantizado es todo lo que necesita para que alguien vuelva a subir.