Mazatlán, Sinaloa.- En la casa de María de los Ángeles Valenzuela aún hay muchas preguntas sin respuesta. Además, cada día crece la incertidumbre de quienes esperan verla de vuelta.

La mañana del 14 de octubre de 2025, en una de las calles de la colonia Ignacio Allende de Mazatlán, dos tipos armados la forzaron a subir a un automóvil blanco. Ella volvía de hacer unas compras en una tienda cercana. Una cámara de videovigilancia alcanzó a registrar los últimos segundos en que se le vio con vida. Desde entonces, desapareció.

Hoy se cumplen siete meses de su desaparición.

Dos niños pequeños aguardan que su madre regrese. También la espera su esposo. Y su madre, que ahora carga con una doble ausencia: la de su esposo desaparecido y la de su hija convertida en víctima de la misma violencia.

“Dos niños están esperando que su mamá llegue a casa”, dice Laura Valdés, integrante del colectivo Corazones Unidos por una Misma Causa, mientras recuerda los días en que fundaron la agrupación.

LAS BÚSQUEDAS

María de los Ángeles dejó inconclusa la búsqueda de su padre, Manuel Valenzuela, desaparecido en noviembre de 2024, y la de un primo que también desapareció en febrero de 2025 en este puerto.

“Ella los estaba buscando, por eso es nuestra compañera en Corazones Unidos”, explica Laura Valdés.

En las jornadas de rastreo, María caminaba junto a otras familias que escarban la tierra en busca de indicios. Se volvió una presencia habitual entre palas, picos, botellas de agua y fotografías plastificadas de personas ausentes.

Ahora su nombre también está impreso en una ficha.

Hace unos días, integrantes del colectivo acudieron a la Vicefiscalía de la zona sur para revisar el expediente del caso. Lo que encontraron fue el reflejo de tantas investigaciones detenidas: documentos faltantes, procesos tardíos y ninguna respuesta concreta. Laura cuenta que apenas recientemente le realizaron pruebas de ADN a la madre de María y a uno de sus hijos.

“Hasta el momento no hay ningún avance. El caso sigue como inició, desafortunadamente. No tenemos un indicio para dar con el paradero de María. Imagina la incertidumbre de no saber nada. Es como si se hubiera perdido la aguja en un pajar”.

A siete meses del hecho, sus compañeras repiten que nadie debería desaparecer por intentar encontrar a los suyos.

ÚLTIMO MENSAJE

La mañana de su desaparición, María tenía pensado reunirse con sus compañeras de búsqueda. Ese día el colectivo había organizado una jornada para salir al campo. Pero ella no pudo asistir porque no encontró quién cuidara a sus hijos.

En el grupo de WhatsApp del colectivo dejó un mensaje breve, cotidiano, como cualquiera de los que se envían antes de verse unas horas después.

Nos dijo: ‘Ya mero me voy a desocupar y pronto las voy a acompañar’. Fue el último mensaje que ella nos hizo llegar al teléfono”, añade Laura Valdés.

María tiene un tatuaje de un corazón rojo en el brazo izquierdo junto al apellido Valenzuela Baltazar. En el dedo anular de la mano derecha lleva tatuada la letra R. Son algunas de las señas particulares difundidas en su ficha de búsqueda.

“Ya son muchos meses de espera. Les pedimos a las personas que envíen un mensaje, todo es anónimo. Lo que nos interesa es dar con el paradero de nuestra compañera ya que fue una pieza importante en nuestro colectivo, una fundadora de nuestro grupo. No perdemos la esperanza. Esperamos que alguien se tiente el corazón y nos dé una pista para encontrar a María”.

Por la violencia, María se convirtió en buscadora. Y por esa misma violencia terminó desaparecida.

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