Cuando matan a un periodista, cuando lo agreden o lo desplazan, suele quedar solo.

Griselda Triana lo dice con la memoria puesta en Javier Valdez Cárdenas, su esposo, el periodista sinaloense asesinado el 15 de mayo de 2017 en Culiacán. Recuerda constantemente una frase que él repetía cada vez que un compañero o una compañera era agredida en México: al buen periodismo le hace falta sociedad civil que lo acompañe.

“Javier lo veía cuando publicaba algún trabajo y por ejemplo nadie le daba seguimiento, no había reacción, no había reacciones de parte de la sociedad, entonces se cuestionaba si de verdad valía la pena seguir escribiendo, seguir publicando, seguir publicando historias ante las cuales debería haber una reacción de la sociedad”, cuenta Griselda.

 

En México, los periodistas que cuentan la violencia, que acompañan a comunidades, que documentan abusos, que toman fotografías, graban videos, escriben reportajes o hacen coberturas en vivo, muchas veces arriesgan el pellejo por unos cuantos pesos. Y cuando la amenaza llega, casi siempre descubren que están solos.

Javier Valdez lo dijo en noviembre de 2011, en Nueva York, al recibir el Premio Internacional de la Libertad de Prensa del Comité de Protección a Periodistas.

“¿Esta es una guerra? Sí, pero por control del narco. Pero nosotros los ciudadanos ponemos los muertos y los gobiernos de México y Estados Unidos, las armas. Y ellos, los encumbrados, invisibles y agazapados dentro y fuera de los gobiernos se llevan las ganancias. Dedico este premio a los periodistas valientes, a niños y jóvenes que viven una muerte lenta. He preferido darle rostro y nombre a las víctimas, retratar este panorama triste y asolador, estos pasos agigantados de tomar atajos hacia el apocalipsis en lugar de contar los muertos y reducirlos a números. Este premio es como un faro de luz del otro lado de la tormenta, un puerto seguro más allá de la tempestad”

Aquella vez, cuando recibía el premio, habló de Ríodoce, el semanario que cofundó en Culiacán como un acto civil de resistencia para ejercer un periodismo libre. Y desde ahí advertía:

En Ríodoce hemos experimentado una soledad macabra, porque nada de lo que publicamos tiene eco ni seguimiento. Y esa desolación nos hace más vulnerables. Y a pesar de esto, con ustedes, con este premio puedo decir que tengo dónde guarecerme y sentirme menos solo”

Ese año, 2011, la violencia en Sinaloa era imparable. La llamada “guerra contra las drogas” alcanzaba uno de sus puntos más graves en esta región del noroeste de México. De acuerdo con los datos oficiales citados en el proyecto, hubo hasta mil 905 asesinatos, la mayoría atribuidos a confrontaciones criminales.

Javier no quería alimentar el morbo. Quería provocar indignación. Que los lectores del Semanario y de sus libros se levantaran y dejaran los teléfonos móviles para exigir cuentas a los poderosos. Quería que las historias no se quedaran en el papel, ni en la pantalla, ni en el archivo. Quería que la sociedad reaccionara.

Griselda recuerda que cuando Javier publicaba un trabajo y nadie le daba seguimiento, cuando no había reacción de la sociedad, él se preguntaba si de verdad valía la pena seguir escribiendo. Si valía la pena seguir publicando historias ante las cuales debería existir una respuesta colectiva.

Tal vez Javier Valdez, dice Griselda, era un soñador. O tal vez era uno de esos periodistas que entienden el oficio como algo más que una acumulación de datos, escenas y nombres.

El periodista polaco Ryszard Kapuscinsky decía que para ejercer el periodismo, antes que nada, había que ser buenos seres humanos. Javier parecía escribir desde ahí: desde la necesidad de comprender a los demás, sus dolores, sus tragedias y sus dificultades.

No hay sociedad, no hay quien te acompañe, no hay quién te respalde, no hay voces que defiendan a los periodistas y a las periodistas en este país. Las voces son las mismas, no hay gobierno que se manifieste a favor del trabajo de las y los periodistas en este país. No hay sociedad, somos las familias y somos unos cuantos del gremio que estamos ahí y por eso están solos”.

En México, ese buen periodismo puede parecer un contrato con la muerte.

De acuerdo con Artículo 19, desde el año 2000 y hasta enero de 2026 se habían registrado hasta 176 asesinatos de periodistas en México. Además, hay por lo menos 34 periodistas que se encuentran desaparecidos.

La lista es larga y dolorosa. En por lo menos el 90 por ciento de esos asesinatos hay una constante: la impunidad. En los casos de periodistas desplazados, no se conoce una sola sentencia en México que haya llevado a un agresor a la cárcel por amenazar o atentar contra la vida de un periodista.

“Javier se sentía solo”, repite Griselda. “Sentía que a la sociedad no le importaba lo que le pasara a un periodista”.

Esa soledad también se aprende en el oficio. Hacer periodismo en México implica cargar con una formación incompleta, muchas veces autodidacta. No hay escuelas que enseñen cómo acompañar a las víctimas, cómo convertir bases de datos en historias sobre injusticias e impunidades, cómo soltar el dolor ajeno para que no se vuelva propio.

A nadie le explican que fuera de las aulas habrá depredadores de la verdad vestidos de traje, simulando ser amigos, listos para censurar. Tampoco que en las redacciones habrá violencias, egoísmos y complicidades.

A nadie, absolutamente a nadie, le explican que su periodismo no cambiará nada.

Y aun así, el periodismo sigue siendo necesario. Gabriel García Márquez decía que era el mejor oficio del mundo. Tal vez porque no cambia el mundo por sí solo, pero sí puede provocar que otros se indignen, salgan a las calles y empiecen a cambiarlo.

El 15 de mayo de 2017, Javier Valdez Cárdenas fue asesinado. Fue un crimen contra el periodismo que denuncia, que describe los problemas de la sociedad y que ayuda a las comunidades a organizarse.

Ese día Culiacán perdió a un periodista querido, a un músico percusionista, al hijo de un cartero, a un luchador estudiantil y guerrillero, a un luchador social, a un padre, a un esposo. Perdió a un hombre que trató de cambiar Sinaloa desde la palabra.

Javier ya no está, pero su memoria permanece como la Malayerba, aquella columna que escribía cada domingo en Ríodoce. Una memoria que resiste como protesta y como exigencia: que la sociedad civil acompañe al buen periodismo en México.