Mazatlán, Sinaloa.- Isaith Lugo recuerda aquellas tres filas interminables como si las estuviera viendo de nuevo. Una era para Primaria, otra para Secundaria y la última para Preescolar. Todas avanzaban lento, cargadas de jóvenes que buscaban un lugar en la Escuela Normal de Sinaloa. Ella no eligió por vocación ni por certeza: eligió la fila más corta. Tenía cerca de 900 turnos por delante.

Corría el año 2004. Sin saberlo estaba entrando al oficio que terminaría definiendo su vida.

La espera fue larga. Pero detrás de aquella decisión tomada por obediencia a su madre había una renuncia silenciosa. Isaith soñaba con ser científica, investigadora, dedicarse a descubrir y experimentar. Sin embargo, en casa existía otro destino trazado desde mucho antes.

Su madre siempre quiso ser maestra y poco a poco fue sembrando esa idea en ella. Le fue cerrando los caminos, las opciones, hasta dejarle solo una posibilidad: que se convirtiera en maestra.

“Dicen que las cosas en la vida nos eligen. Yo tenía otra visión en ese entonces: quería ser investigadora, científica. Tuve que tomar una decisión. En aquel entonces el papá y la mamá mandaban y nosotros obedecíamos. Como hija obediente fui e hice lo que me tocaba hacer”, relata.

QUEDARSE Y ENCONTRARSE

 

Isaith esperó los 900 turnos. Recogió su ficha para Preescolar y comenzó una formación de la que no tenía certeza. Pisaba como en arena movediza. No imaginaba entonces que entre las aulas de la Normal terminaría encontrando algo más profundo que una carrera: su propia identidad.

Con el paso de los semestres entendió que la docencia no era únicamente enseñar letras o números. Descubrió que detrás de cada niño existía la posibilidad de moldear un ciudadano, una historia, una vida.

“Yo elegí la fila más corta y con el tiempo me he dado cuenta de que fue la mejor decisión. Cuando empecé a descubrir la importancia de la formación docente, que es abonar al desarrollo del individuo y la formación del ciudadano, me encontré a mí misma. Nosotros formamos los cimientos de los ciudadanos”.

Habla de la educación inicial con la convicción de quien ha pasado años observando cómo se construye una persona desde la infancia. Cree que la sociedad suele minimizar el papel de los maestros, especialmente el de quienes trabajan con niños pequeños, sin comprender la dimensión de lo que ocurre en esos primeros años.

“De los cero a los siete años el niño está en proceso de formación, en desarrollo. Es cuando en casa lo tenemos que educar y cuando en la escuela absorben todo con mucha facilidad. Llegan con una edad de cuatro años y nos llegan como una barrita de plastilina. Nosotros somos quienes les ponemos esa esencia para irlos moldeando. Nosotros y los padres en casa”.

Cree que una pieza mal movida en esa etapa puede marcar profundamente el futuro de una persona. Y si el maestro mueve bien las piezas potencia ese desarrollo que vienen desde casa y el maestro termina en la escuela.

CASI 16 AÑOS

 

Está por cumplir 16 años de servicio docente y todavía recuerda sus prácticas profesionales y su primer salón de clases en Culiacán, en la colonia Las Huertas, dentro del Jardín de Niños Club Activo 20-30. Ahí enfrentó por primera vez el reto de hacerse responsable de un grupo de pequeños.

Con los años entendió que su vínculo con los niños también tenía relación con su propia historia personal. Cuidando a los niños protege a la niña que lleva dentro. Y habla una de sus grandes satisfacciones.

“La mayor de las satisfacciones es que me he encontrado a mí misma. No ha sido fácil el camino, me he topado con muchos obstáculos porque soy una mujer obstinada que cree en la justicia, que lucha por la educación de los niños, veo por ellos. Yo no lo sabía, pero cuando me auto descubro me doy cuenta que yo de alguna manera resguardo mi proceso de niñez, y descubro que no va a haber poder humano en la vida que me haga permitir que alguien le haga daño a los niños, entonces es cuando me dedico a seguir construyendo”.

Hoy ya no está frente a grupo. Es directora del Jardín de Niños Ángela Lund, en Mazatlán, pero asegura que la lucha sigue siendo la misma. Solo cambió la trinchera.

Ahora gestiona recursos, exige mejoras, cuestiona decisiones y busca que las condiciones de la escuela sean las adecuadas para el aprendizaje. Dice que el objetivo nunca ha sido cuidar niños mientras los padres trabajan.

“Nosotros estamos comprometidos en que el niño aprenda, no que venga a ocupar un espacio o a cumplir un horario. Nosotros nos dedicamos a formar”.

Otra de sus mayores satisfacciones llega cuando se encuentra con sus alumnos convertidos en profesionistas: maestros, ingenieros, abogados. Adultos que alguna vez se sentaron en pequeños pupitres de preescolar y que hoy construyen sus propias vidas.

“Te sientes parte de ellos. Sientes que ellos son adultos de bien gracias a que uno les dejó un granito de arena. A que yo hice lo correcto. Tal vez me equivoqué algunas veces, y eso fue parte de mi proceso de aprendizaje, porque uno también aprende. Pero estoy segura de que cada cosa que hice la hice con mucho amor”.

NO ALCANZA

 

Sin embargo, detrás de la vocación también existe desgaste y precariedad. Isaith reconoce que el salario docente ya no ofrece la estabilidad que alguna vez tuvo.

“Si vives solo y no tienes familia puedes sobrevivir, pero si decides hacerte cargo de una familia, no alcanza. Este salario no es suficiente ni siquiera para tener lo mínimo indispensable”.

Recuerda una frase que escuchó alguna vez de un funcionario europeo: le parecía inconcebible que quienes forman a todas las profesiones ganaran menos que muchos de aquellos a quienes educaron.

“El docente de antes tenía estabilidad económica. En la actualidad no vemos esas condiciones”.

Al mirar hacia atrás, Isaith Lugo entiende que su historia comenzó en una fila elegida casi por accidente. Una decisión tomada entre dudas, obediencia y resignación, y 900 turnos después se encontró siendo maestra.