Por Horacio Nájera*

En septiembre del 2008 salí con mi familia huyendo de México. Mi trabajo como corresponsal en Ciudad Juárez, documentando el antes y el durante de la feroz disputa entre narcotraficantes por el control de la frontera, me puso en la mira de los criminales y sus corruptos asociados en el gobierno.

Vivir en la frontera norte de México es permanentemente complejo. El clima, la contaminación, la falta de planeación urbana, la migración, los cruces internacionales y la constante ausencia de sentido común en quienes gobiernan han hecho de la región una zona en la que el caos es estilo de vida.

Ese caos permanente ha sido el verdadero motor de la economía fronteriza. El caos legal facilitó la explosión de la industria maquiladora, la economía regulada de los excesos y hasta la alternancia política. El caos ilegal, la otra pieza en la balanza, ha traído estabilidad y un bizarro desarrollo que incluye desde asentamientos irregulares, vehículos “chuecos” y el omnipresente, cotidiano tráfico binacional de todo lo traficable.

Así aprendimos a vivir y a convivir. Cholos, narcos, maquilocos, vaqueros, pochos, veracruzanos, torreoneros y juarenses, todos juntos y revueltos en la frontera, esa que vio nacer la ‘narquitectura’ y que hizo de la venta de carros usados el oficio más sospechoso y peligroso de la región. Igual, el sol sale para todos y en algún momento se comieron mariscos en la palapa de dudosa reputación, se saludó al vecino de troca lujosa y mala cara, y se celebraron cumpleaños en salones de fiestas demasiado lujosos para el precio que ofertaban.

Ese equilibrio en la balanza del caos se rompió en Ciudad Juárez en el 2006 cuando las pandillas y las policías comenzaron a fragmentarse. Los socios se volvieron enemigos y comenzaron a matarse entre ellos a cualquier hora del día y en cualquier lugar.

La consecuencia de esta fractura llegó por oleadas: primero, la escandalosa estridencia de las balas, el horror en las calles y el desconcierto gubernamental. La segunda llegó de manera silenciosamente devastadora con el golpe a las economías de la frontera, la formal y la informal. Negocios baleados y quemados, otros abandonados por las extorsiones y otros cerrados por la ausencia de esos clientes generosos y extrovertidos. La tercera, más discreta, fue la que me arrastró junto a cientos, quizá miles de residentes que sin aspavientos tomamos algunos cambios de ropa, empacamos la tristeza en una maleta y salimos al exilio, dejando la identidad, la vida como hasta entonces la conocíamos y la satisfacción de hacer lo que nos gustaba. Cuando decidí irme, Ciudad Juárez ya era considerada la ciudad más violenta del mundo.

Y así, una mañana nublada, llegamos a Canadá.

18 años, tres presidentes y dos alternancias partidistas en el gobierno federal después, he vuelto a ver ese doloroso desbalance que se va comiendo a la sociedad que lo padece. La diferencia es solo el lugar; antes fue Ciudad Juárez, hoy es Culiacán con la guerra de los juniors.

En algunas de mis permanentes noches de insomnio, añoraba que la balanza del caos volviera a su equilibrio. Es inocentada pensar que la maldad y el crimen se van a terminar; los dos son parte de la naturaleza humana, pero al menos tenía la esperanza de que un gobierno honesto, capaz y eficiente, que supuestamente llegó al poder en 2018 después de una fallida alternancia, aprovecharía el enorme capital social que le dieron 30 millones 112 mil votos y así comenzar, como ellos ofertaron, la transformación de México.

Desde afuera del país, la llegada al poder de la izquierda en el 2018 me pareció la gran oportunidad para comenzar el desmantelamiento del andamiaje de corrupción, impunidad e ineficiencia en el gobierno que construyó el PRI y reacomodó el PAN. Inocente palomita… lo que no contaba es que el nuevo régimen es más un culto integrado por resentidos, insaciables y urgidos de impunidad que practican o fingen practicar el evangelio según Andrés.

Hoy, a 18 años de que abandoné México, veo con tristeza que “todo cambió, para que no cambiara nada”. La guerra en y por Sinaloa es historia que se repite, con todas sus horrorosas similitudes y una gran, y terrible diferencia: bajo la espada flamígera de los gringos, un gobernador y varios de sus colaboradores son exhibidos y acusados, mientras el régimen que prometió justicia, verdad y cambio los protege con un celo que apesta a complicidad.

18 años después, el peso del cogobierno entre el narco y los políticos amenaza con adueñarse la balanza. Mi esperanza es que, en el 2027, la sociedad que ya se hartó de sobrevivir encerrada, en pánico y con cada vez menos opciones, salga a votar y recupere lo que le han arrebatado.

*Horacio Nájera es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UANL con maestrías en las Universidades de Toronto y York. Acumula 30 años de experiencia en periodismo y ha sido premiado en Estados Unidos y Canadá. Coautor de dos libros, en 2022 fue designado como uno de los 10 Hispano-canadienses más influyentes.