M.C. María del Refugio Manjarrez Montero
Vicepresidente del Colegio de Economistas del Estado de Sinaloa.

La reciente decisión de Moody’s de reducir la calificación crediticia de México de “Baa2” a “Baa3” no representa únicamente un ajuste técnico de mercado; es, sobre todo, una señal de advertencia sobre el deterioro estructural de las finanzas públicas y la creciente fragilidad económica del país. México quedó apenas a un escalón del nivel especulativo, situación que evidencia la pérdida gradual de confianza internacional en la capacidad del gobierno para mantener estabilidad fiscal de largo plazo.

El problema central no radica únicamente en el déficit fiscal, sino en la persistencia de una política económica que privilegia decisiones políticas sobre criterios técnicos. Moody’s fue clara al señalar que el gasto rígido, la limitada recaudación y el respaldo permanente a Petróleos Mexicanos continúan debilitando la capacidad del Estado para estabilizar la deuda pública. Mientras otras economías emergentes han optado por fortalecer su disciplina fiscal ante un contexto internacional complejo, México sigue apostando por un modelo de gasto redistributivo y soberanía energética que, aunque políticamente rentable, financieramente se vuelve cada vez más costoso.

El escenario resulta aún más preocupante porque el ajuste ocurre en un entorno de bajo crecimiento económico. Moody’s redujo su expectativa de crecimiento para México a menos de 1% en 2026 y apenas 1.3% para 2027. Es decir, el país enfrenta una combinación peligrosa: crecimiento débil, deuda creciente, presión sobre las finanzas públicas y un deterioro en la percepción internacional. En términos macroeconómicos, esto acerca a México a un escenario de estancamiento prolongado o también conocido como estanflación, donde la inversión privada pierde dinamismo y la confianza empresarial se erosiona gradualmente.

A ello se suman problemas estructurales que el gobierno ha sido incapaz de resolver: alta informalidad, inseguridad, insuficiente infraestructura energética e hídrica y baja productividad. Moody’s reconoció fortalezas como el acceso preferencial al mercado estadounidense y la estabilidad macroeconómica; sin embargo, esos factores ya no son suficientes para compensar la falta de crecimiento interno y el debilitamiento fiscal.

La respuesta de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público fue predecible: insistir en la solidez macroeconómica, las reservas internacionales y la autonomía de Banco de México. No obstante, los mercados no observan únicamente estabilidad monetaria; evalúan sostenibilidad fiscal, eficiencia del gasto y capacidad de crecimiento futuro. Y justamente ahí es donde México comienza a mostrar señales preocupantes.

El verdadero riesgo no es únicamente perder el grado de inversión en el mediano plazo. El mayor peligro es normalizar una economía que crece poco, se endeuda más y depende cada vez más de decisiones políticas de corto plazo. Cuando las calificadoras internacionales empiezan a emitir advertencias consecutivas, el mensaje es claro: el margen de maniobra económica del país se está agotando.

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