La riña registrada durante la mañana del domingo al interior del Penal de Aguaruto, en Culiacán, en la cual perdieron la vida siete personas privadas de la libertad, ocurre en medio de supuestos operativos de revisión carcelaria de los que casi a diario informa la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana del Gobierno del Estado, dando cuenta de los aseguramientos que allí se realizan.

El problema es más grave de lo que las autoridades estatales dan a conocer pues a todas luces continúa el ingreso de armas de todo tipo, drogas, equipo de comunicación y otros materiales de uso prohibido en el sistema penitenciario, puerta ancha para la violencia interna que no sería posible sin los ingredientes de la corrupción y la impunidad.

El alto número de víctimas letales y de heridos es razón suficiente para revisar también las acciones de prevención que con bastante frecuencia efectúan la Policía Estatal Preventiva con apoyo de efectivos del Ejército y Marina, operativos que representan simulación para llenar partes policiacos, o bien no están atendiendo la raíz de complicidades y negligencias que dan pauta a que los centros de readaptación social funcionan como universidades de especialización de criminales.

De hecho, la realidad refrenda que también en las cárcles fallan las medidas de prevención de los delitos, aquellas que eviten que la delincuencia logre sus propósitos de reto al gobierno y transgresión de la ley, porque los informes rutinarios de inspección en los penales no concuerdan con el choque al interior de la cárcel de Aguaruto que sacó a relucir arsenales y permisibilidad para asesinar.

Durante décadas los gobernantes en turno han hablado de la modernización de las cárceles de Sinaloa, dotándolas de tecnología de seguridad, mayor capacidad para la readaptación y bajo el mando de las instituciones estatales y federales. También al paso de los años los presidios dejaron pasar ineficiencias estructurales y por acción u omisión les fueron cedidos a facciones criminales que ahora pelean el control de los reclusorios y los convierten en escenarios de sus ajustes de cuentas.