Por Astrid Arellano / Mongabay Latam
El viento moldea la vida en el Istmo de Tehuantepec. Binniza’ es el nombre con el que el pueblo zapoteco se reconoce. Quiere decir “gente de las nubes” y bi es el viento, el aliento que atraviesa todo: está en la lengua diidxazá, en los nombres de los animales y en el maíz que se adaptó para resistir a su fuerza. Rosa Marina Flores Cruz creció en Juchitán, una planicie del sureste de México donde los vendavales pueden superar los 100 kilómetros por hora.
Cuando estaba en la preparatoria, a los 15 o 16 años, escuchó por primera vez otra forma de nombrar el viento. Llevaron a su grupo a conocer la primera planta eólica instalada en Oaxaca, en un sitio conocido como La Ventosa. A jóvenes como ella se les presentó entonces un nuevo relato: que ese viento —el mismo que había dado forma a su territorio— podía “salvar al mundo”.
“Al mismo tiempo que a los jovencitos nos hablaban del potencial eólico y de la posibilidad de salvar el planeta desde nuestras tierras, a los campesinos les empezaban a prometer riqueza y condiciones para rentarlas y poder instalar los proyectos”, recuerda en diálogo con Mongabay Latam para el especial Científicas Indígenas.

Rosa Marina Flores Cruz en Playa Vicente, Juchitán, Oaxaca. Foto: cortesía Nisaguie Flores
Lo que comenzó como una promesa de progreso pronto reveló otra cara. En las comunidades del Istmo se multiplicaron los contratos de arriendo, pero también las dudas. En esos años, entre 2006 y 2007, Rosa Marina Flores acompañaba a su madre —la defensora de derechos humanos binniza’ Bettina Cruz— a reuniones con ejidatarios y comuneros. Allí, donde se gestaron las primeras discusiones y resistencias sobre las rentas de las tierras, empezó también su propio camino en la defensa del territorio.
Su madre, recuerda, una mujer escolarizada y hablante del diidxazá, intentaba explicar y nombrar estos procesos a quienes le preguntaban. “En realidad, de no haber sido por personas como ella y como muchas otras en la región que empezaron a desentrañar esta información parcial, quizá no se habrían iniciado los procesos de resistencia comunitaria frente a las eólicas”, dice Flores Cruz.
“Al final, mi decisión de estudiar Ciencias Ambientales, una carrera relacionada con el medioambiente, con el entorno y con entender los fenómenos en mi propio territorio, tuvo que ver con todo eso”, afirma. En 2007, salió de su comunidad para estudiar en Michoacán, en un campus de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Rosa Marina Flores Cruz en un taller sobre cambio narrativo y organización comunitaria, en Tecomaxtlahuaca, Oaxaca, en 2024. Foto: cortesía Colectiva Mujeres que caminan
Mientras Rosa Marina Flores estaba fuera, en su comunidad se intensificaba la organización y la resistencia. Se enteraba de todo ello a la distancia, hablando con su madre y a través de las noticias que lograban llegar. Cada vez que volvía a Juchitán, asistía a asambleas y acompañaba el proceso. Así fue formando parte de la organización comunitaria tratando de entender lo que pasaba en el mundo en temas ambientales e intentando darle sentido a lo que ocurría en su propio territorio.
Entre 2007 y 2012, en ese ir y venir, el Istmo de Tehuantepec vivió la expansión más acelerada de la energía eólica en México: se instalaron decenas de parques y cientos de aerogeneradores fueron transformando el paisaje de Juchitán, La Ventosa y comunidades cercanas hasta convertir la región en uno de los principales corredores eólicos del país.
“Ese fue mi proceso de entender que el viento se volvió un recurso y no solo el moldeador de vida que era, sino algo que genera riqueza para unos cuantos”, dice.
Hacer ciencia fuera del laboratorio
Rosa Marina Flores Cruz no se reconoce en la imagen tradicional de una científica. No es la investigadora de bata blanca ni la que produce artículos bajo la lógica académica convencional. “Creo que el territorio siempre me jaló», dice la científica afrozapoteca. “Y mi territorio no podía estar en un laboratorio, en una sala estéril”.
Su camino tomó otra dirección. Hizo una maestría en Desarrollo Rural en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Xochimilco, en la Ciudad de México, enfocada en conflictos territoriales, capitalismo verde y resistencias comunitarias. Pero en lugar de seguir acumulando posgrados, decidió replantearse desde dónde construir conocimiento. Entonces ingresó a la licenciatura en Comunicación para encontrar nuevas formas de narrar su trabajo científico.
Hoy no forma parte de una institución académica, ni responde a las exigencias de productividad que marcan esas estructuras. Su trabajo, explica, ha sido más bien colaborativo, tejido con colegas y procesos comunitarios donde su perspectiva crítica ha encontrado espacio. Esa distancia no es casual: es también una postura frente a un sistema que históricamente ha desplazado los saberes de los pueblos indígenas o los ha reducido a “anécdotas”, sostiene Flores Cruz.

Rosa Marina Flores Cruz en un espacio de intercambio de herramientas narrativas, comunicación y justicia climática en el contexto del Anti Día de la Tierra, en abril de 2026. Foto: cortesía Federico Zuvire
“Pero la anécdota es la existencia”, dice. “Es nuestra forma de nombrar desde lo que vemos y lo que percibimos. Varias de nosotras hemos vivido violencias en esos espacios académicos que cuestionan el conocimiento territorializado. Nos hemos sentido desplazadas, pero también nos hemos resistido a entrar a esas dinámicas que terminan por diluirnos y absorbernos en esta estructura institucional de la hiperproducción”.
Desde ahí, su idea de ciencia se ha ido transformando. Ahora la entiende como un proceso constante de hacerse preguntas: una forma de investigar que nace desde el territorio, la experiencia y las relaciones.
En los últimos cinco años, ha fortalecido ese camino junto a otras mujeres indígenas de México y Centroamérica en la red Futuros Indígenas. Ahí reflexiona sobre qué significa producir conocimiento fuera de las lógicas institucionales: para quién se investiga, desde dónde y con qué propósito. También busca contrarrestar las narrativas que consideran a los pueblos indígenas como sujetos de estudio, pero no como generadores de metodologías ni de pensamiento crítico, banalizándolos, afirma.
“Nos nombramos hacedoras de ciencia porque lo que creamos tiene validez, no porque se la dé una revista indexada, sino porque encontramos sentido en lo que construimos”, dice Flores Cruz. “Hacer ciencia desde los pueblos es reconocer que existe allí desde siempre”.
Volver al viento
Al preguntarle qué significa el viento para su pueblo, Rosa Marina Flores Cruz no responde de inmediato. Esa pregunta, dice, no siempre estuvo ahí. Llegó después, con la resistencia y la investigación, cuando tuvo que volver a mirar lo que antes parecía cotidiano.
Entonces se recuerda de niña, caminando hacia la escuela, arrastrando los pies con pesadez mientras el viento soplaba en contra.
“El viento era molesto; te pegaba”, ríe. “Tampoco es como te lo enseñan en la escuela: aquí no tenemos estaciones del año. Solo tenemos viento, lluvia y calor. Yo no hablo zapoteco —reconoce—. Tampoco lo aprendí en la escuela, ni de niña, por las dinámicas de racismo, de violencia y de lingüicidio que vivimos. Somos una generación a la que nos brincaron, pero he estado haciendo mi propia chambita para regresar y reaprender”.
En el Istmo, explica, el viento no es uno solo. Está el bi yooxho, el viento grande y antiguo que golpea el territorio con fuerza; y el bi nisa, más suave, asociado al agua. Ambos atraviesan un paisaje donde el aire no solo se siente: también se nombra y se hereda.
“El bi moldeó nuestro maíz”, dice. Y también la milpa, que se adapta a su paso constante. El zapalote chico —el xhuba huiini—, variedad que estudió en su tesis de licenciatura, es resultado de esa relación: un maíz pequeño y dulce, de crecimiento rápido, capaz de dar hasta tres cosechas al año. No supera el metro y medio y su tallo es flexible, adaptado para doblarse sin romperse ante el viento y sostenerse en una planicie donde el aire es constante, la tierra se erosiona y gran parte del año domina la sequía.
“Es un maíz que tuvo que moldearse con la ayuda del campesino, quien acompañaba ese proceso biotecnológico de crianza y de selección para que la mazorca no fuera tan pesada como para doblarse y el tallo fuera lo suficientemente flexible como para soportar la violencia del viento”, describe.
En aquellos años de estudio, recuerda Flores Cruz, circulaba la idea de que la región era un espacio “yermo”, “muerto” e “improductivo”, que debía transformarse mediante la industrialización del viento. En su tesis explicó que los parques eólicos se instalaron en esos terrenos pasando por encima de los modos de vida de los pueblos binniza’, ikoot, chontales, mixes y zoques que habitan el territorio del Istmo de Tehuantepec y que históricamente han vivido de la siembra, la caza y la pesca.
Frente a ese discurso, los campesinos intentaban rescindir los contratos para defender sus milpas y parcelas ante esta nueva forma de explotación del territorio.
Por lo tanto, su investigación sobre la milpa no fue solamente agrícola, sino que se dedicó a leer el conflicto territorial y socioambiental.
“No es el mayor conflicto que se arrienden las tierras; solo es uno de los ejes”, aclara Flores Cruz. “Existe una serie de problemáticas asociadas con la industrialización de los territorios indígenas y el arriendo de las tierras, y esta fue una de las vías legales por las que se intentó cancelar algunos contratos que además estaban siendo adquiridos de formas bastante irregulares, sin traducciones adecuadas y con promesas poco claras. No se trata de una situación en la que únicamente tienen que dialogar los posesionarios de la tierra y las empresas; se trata de un conflicto socioambiental, comunitario y territorial mucho más complejo”.
Cuando el viento empezó a nombrarse como recurso energético, explica Flores Cruz, también se abrió una disputa colectiva sobre quién puede decidir sobre la tierra y sus usos.

Congreso Mundial por la Justicia Climática, en Milán, Italia. Foto: cortesía Rosa Marina Flores Cruz
“Lo que no se está viendo es la conversación de fondo: más allá de cambiar energías fósiles por renovables, la pregunta sigue siendo la misma: ¿a dónde va esa energía? ¿Quién la consume? Si nosotros ni se las pedimos”, asevera. “Somos la región que ha concentrado la mayor cantidad de proyectos eólicos en el país y, aún así, pagamos una de las tarifas eléctricas más altas a nivel nacional”.
Desde ahí, dice, se abrió también una reflexión sobre el llamado capitalismo verde y «las falsas soluciones» a la crisis climática. “Hay un problema que ha sido ocasionado por un modelo de existir que no corresponde con nuestra forma de vida, con lo que hemos nombrado como existencia desde hace generaciones”, explica Flores Cruz.
“Ahora, desde esos mismos modelos, se presentan alternativas que siguen utilizando los territorios para implementarse. Al final, quienes cargan con las consecuencias —tanto de la crisis climática como de los megaproyectos que buscan enfrentarla— siguen siendo los territorios indígenas”, assegura.
Con el paso de los años, dice, esos procesos también han transformado la vida cotidiana en las comunidades. “En más de 20 años de proyectos eólicos, la transformación ha sido radical”, afirma. No solo en lo económico o territorial, sino también en lo simbólico.
“Hay rituales que siguen ocurriendo, pero ya no son los mismos. La peregrinación de la Santa Cruz de los pescadores, por ejemplo, ahora tiene que cruzar entre parques eólicos. Su recorrido, que antes era libre, hoy está marcado y custodiado a los lados por las empresas”, cuenta. “Una cruz que durante siglos atravesó un territorio que era suyo, desde el pueblo hasta la orilla del mar, ahora pasa entre infraestructura. Siempre que hacemos ese recorrido, se me apachurra el corazón. Afortunadamente, seguimos haciéndolo”.
Hoy, entre la ciencia y la organización comunitaria, Rosa Marina vuelve a esa pregunta inicial. Porque en el Istmo el viento no es solo paisaje ni recurso: es memoria, es defensa y es forma de vida. Y nombrarlo, dice, también es una forma de volver a él.
Desde lo compartido
Marco Vázquez Vidal, antropólogo originario del pueblo mixe en Oaxaca, conoció a Rosa Marina Flores en los años más intensos del conflicto eólico en el Istmo. Desde entonces la recuerda con una claridad que, dice, ya marcaba su forma de plantarse en el territorio.
“No soy de su región, pero cuando uno llegaba a solidarizarse en esos conflictos, Rosa Marina hacía entender por qué defienden lo que defienden”, explica. “¿Qué es lo que va a truncarse con la llegada de los megaproyectos del capital? Ella lo dejaba claro cuando decía: ‘Lo que vamos a perder es el viento’”.
De Rosa Marina destaca: “Es una persona seria, que sabe por qué está movilizándose”, afirma. Esa claridad, añade, también se expresa en su forma de investigar: “Rompe con la idea del investigador distante porque todo lo construye desde el campo, desde la práctica”. Para Vázquez Vidal, su trabajo se ubica en lo que llama una “antropología militante”: una ciencia que no se separa de la vida que estudia.
La investigadora en estudios críticos de género Florina Mendoza, del pueblo Ñuu Savi en Oaxaca, la conoció en un laboratorio de narrativas donde confluyeron distintas luchas del país. “Rosa Marina es una de las mujeres más representativas de lo que vino después: la red Futuros Indígenas”, recuerda. Desde ahí, dice, empezó a verse su manera de articular trabajo colectivo y pensamiento crítico.
Mendoza la describe como una presencia constante y cuidadosa en lo colectivo. “Es una persona tranquila, amable, sensible, no solo con las personas sino con el territorio”, señala. Y sintetiza su aporte en una idea que atraviesa su trabajo: “Está colocando los saberes de los pueblos al mismo nivel, no como objeto de estudio, sino como conocimiento vivo”.

Encuentro comunitario en Cherán, Michoacán, mayo 2026. Foto: cortesía Colectivo La Troje
Aerogeneradores intactos, comunidades en ruinas
En septiembre de 2017, el Istmo de Tehuantepec se sacudió con el terremoto más fuerte del último siglo en México. Devastó municipios como Juchitán, donde hasta el 70 % de las viviendas resultaron afectadas. Para entonces, más de 1600 aerogeneradores se habían instalado en el territorio. Ninguno colapsó. Las casas, en cambio, sí lo hicieron.
Esa contradicción —la de una infraestructura energética intacta frente a comunidades destruidas— se convirtió en una de las preguntas que Rosa Marina Flores Cruz empezó a explorar en su trabajo de investigación.
En julio de 2025 publicó un artículo en Sage Journals que documenta cómo, en medio de la emergencia, empresas eólicas participaron en labores de remoción de escombros y en el apoyo logístico en comunidades como Juchitán, El Espinal y Unión Hidalgo, pueblos con procesos activos de instalación de parques. Para algunas personas, esa presencia era necesaria. Para otras, abría nuevas dudas: si la ayuda era desinteresada, si se la cobrarían más tarde o si formaba parte de una estrategia para afianzar su presencia en el territorio.
Desde esa experiencia, su investigación no se centra solo en el desastre, sino en lo que ocurre después: cómo la reconstrucción puede convertirse en un espacio de disputa entre modelos de desarrollo, intereses empresariales y formas comunitarias de reorganizar la vida.
Frente a ese escenario, Flores Cruz documentó otras respuestas. En seis comunidades del Istmo, mujeres organizadas y la Asamblea de Pueblos Indígenas del Istmo en Defensa de la Tierra y el Territorio (APIIDTT) impulsaron proyectos para reconstruir sus cocinas —espacios centrales de la vida comunitaria— y reactivar economías locales a partir de cultivos y saberes tradicionales.
Mongabay Latam consultó a la Asociación Mexicana de Energía Eólica (AMDEE) —que agrupa a las principales empresas del sector—, para conocer su posición sobre las críticas a estas compañías y su postura sobre los conflictos vinculados al arrendamiento de tierras, la participación de las comunidades indígenas, los mecanismos de diálogo implementados en el Istmo de Tehuantepec y el papel de la industria tras el sismo de 2017. Sin embargo, no recibió respuesta hasta la publicación de esta nota.
“Una de las primeras cosas fue afirmar que no se puede vivir en la dinámica de recibir”, dice Flores Cruz sobre las donaciones que recibían en aquel entonces. “Eso solo estaba profundizando el clientelismo que ya estaba establecido desde los partidos políticos y las empresas eólicas que solo querían figurar: daban y se tomaban la foto. ¿Cómo rompíamos esa estructura? Tratando de impulsar un proceso distinto, aunque fuera chiquito, con menos personas y con más trabajo”, describe.
No era solo reconstruir viviendas. Era rehacer el tejido social desde el territorio, con otros ritmos y otras formas de organización.
“Se armaron espacios muy lindos con compañeras que nos juntábamos por las tardes a platicar de cómo nos sentíamos, porque todas estábamos viviendo en la calle”, recuerda Flores Cruz. “Se pudieron abrir esos espacios para cambiar el ritmo de las cosas. Había que seguir viviendo en medio del escombro y del polvo, y encontrar esas sombras donde reunirse a compartir unos tamalitos, tomar un atole o un caldito de pescado y platicar”.
Para Rosa Marina, ahí también hay ciencia: en observar, en acompañar y en preguntarse cómo se reorganiza la vida después de la catástrofe, y qué fuerzas —visibles e invisibles— intentan moldearla.
Conocer su historia fue clave para nombrarse políticamente como mujer afroindígena, dice Rosa Marina Flores Cruz. “Mi abuela negra vivió demasiada violencia como para que yo no la nombre, ahora que tengo el privilegio de hacerlo”. Ese reconocimiento ha marcado su forma de habitar el mundo: “No importan los espacios que ocupe o las conversaciones en las que esté: siempre voy a regresar a lo que significa mi pueblo, a lo que siento y a lo que me hace feliz, a pesar de la violencia y de las transformaciones que se han vivido”.
Desde esa raíz, sostiene, su identidad no se separa de su trabajo ni de su forma de investigar. “Reconocerme desde esa existencia diversa ha sido fundamental”, concluye. “Y espero que, hacia donde vaya mi camino, siempre pueda volver y traer algo para aportar”.

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