Por Haidé Serrano / Animal Político

Las fotos en internet prometían un paraíso: playas caribeñas de arena blanca, palmeras y aguas azul turquesa, cristalinas. La familia de estadounidenses provenientes de Ohio llegó a una playa de “locales” por la avenida Colosio, listos para el “grounding”, el término de moda para transformar la vibra con solo caminar descalzos y conectar con la “Pacha Mama”. Qué mejor lugar para sentir la energía que Playa del Carmen y su arena como talco que de rebelde se quedará pegada en el cuerpo hasta regresar a casa.

A poca distancia, la familia Pech está llegando también; viven en la ciudad y suelen ir los sábados a nadar con sus hijas e hijos. Pero el viento esta vez no trae ese aroma marino. No huele a sal y bronceador. Las niñas Smith comienzan a protestar por el olor, denso, que se cuela hasta la garganta. Al llegar al acceso, la postal turística se rompe en pedacitos. El azul es ahora un café lodoso, una sopa espesa que impide el movimiento de las olas. No hay playa de arena blanca y, si la hay, está sepultada bajo toneladas de esa alfombra acuosa de sargazo, putrefacta y pesada.

No hay manera de acercarse al agua, a reserva de arriesgarse a una dermatitis. La alfombra de algas en descomposición invade casi en su totalidad la playa. Los niños Pech, acostumbrados al paisaje (la temporada de arribo del sargazo comenzó en enero de este año), juegan resignados en los pocos metros que quedan libres de arena, ya muy pegados a una alambrada de un terreno privado. Esta vez no comerán el ceviche acostumbrado; el tufo, fétido, hace imposible ingerir cualquier cosa.

En esta, como en otras playas, hay cuadrillas de personal que recoge el sargazo. Trabajan de forma eventual. Ahí está Yamili, quien dejó sus sandalias y se calzó unas botas de hule para comenzar la labor. Se trajo unos jeans desgastados y se cubrió el rostro con paliacate, un pasamontañas improvisado y una gorra de béisbol.

Ella está en una brigada de ocho personas. Con sus rastrillos, parecen optimistas que echan azúcar al mar. Apenas juntan un montón, las olas llevan toneladas. Armados solo con sus tridentes, enfrentan -además del calor- desafíos de salud.

Al contacto con el sol caribeño, el sargazo exhala nubes de ácido sulfhídrico y metano, un hedor a huevo podrido que provoca náuseas. En las orillas, el agua ha creado estanques de lixiviados, fluidos tóxicos cargados de arsénico y metales pesados que desprenden las algas al pudrirse.

Foto: Juan Valdivia

Los Smith contemplan la escena entre estupor y ansia. Regresan con los brazos caídos al hotel. Se contentarán con las aguas de la piscina. Cloradas.

Mientras los gobiernos municipal, estatal y federal dan tumbos para enfrentar la emergencia, la presidenta municipal de Playa del Carmen, Estefanía Mercado, desestima… y desecha: “El sargazo se convierte en arena”. La ciudad vive una de sus peores temporadas turísticas. La toma de decisiones —o su ausencia— de lo que no mide ni se entiende está dañando gravemente a las familias. Más lo que viene. La Secretaría de Marina reporta que faltarían por arribar cerca de 80 mil toneladas a las costas de Quintana Roo, que equivalen a ¡11 mil 428 viajes de camiones de volteo!

A mediodía el calor roza los 35 grados. Aire irrespirable para Yamili. A media jornada aún y lucha contra el desánimo. El mar parece reírse de ella, las olas arrojan más y más sargazo. Sus ojos enrojecidos por los vapores tóxicos evidencian la falta de equipamiento. No tiene seguro social. Su contrato por 8 mil pesos es temporal. Pero con sus compañeros ha logrado llenar un camión. Esa satisfacción no se la quita nadie. Su trabajo, uno de los más duros y peor remunerados, le ha arrebatado al sargazo unos cuantos metros. Poco a poco se anda lejos. Su jornada continuará al día siguiente. El mar y su marea de sargazo habrán borrado el trabajo hoy. Cae la tarde. Los Pech se fueron hace rato, morían de hambre. Ni los vendedores de kibis o mangos vinieron a trabajar.

Este fin de semana, las playas han estado semidesiertas, al menos de gente. Pelícanos, gaviotas y cormoranes pescan a sus anchas. La luz solar convierte la orilla en una onda incandescente. Y rancia.

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Este trabajo fue realizado por Animal Político. Para consultar el contenido original, dar clic aquí.