Escuinapa, Sinaloa.- En Escuinapa, al sur de Sinaloa, la violencia no solo se escucha en las detonaciones o se observa en los despliegues de militares y elementos de la Guardia Nacional. También se refleja en las familias que han tenido que abandonar sus comunidades y en las calles que comienzan a quedarse vacías cuando cae la noche.
El desplazamiento forzado se ha convertido en una de las consecuencias de la violencia que atraviesa este municipio del sur de Sinaloa. Una integrante de la colectiva feminista Orquídeas Moradas explicó a ESPEJO que han recibido reportes de personas que han tenido que abandonar sus hogares ante la inseguridad.
“Sí, hemos recibido muchos reportes de personas que han tenido que dejar sus hogares. Hay mucha crisis; para nosotros es una crisis social y humanitaria todo esto que está pasando del desplazamiento forzado”, señaló.
De acuerdo con los reportes recibidos por la colectiva, El Camarón, Tecualilla, Tecomatillo y El Roblito se encuentran entre las comunidades afectadas.
Entre las personas desplazadas, explicó, hay adultos mayores que pasaron gran parte de su vida en estas comunidades y que ahora se han visto obligados a trasladarse hacia la cabecera municipal de Escuinapa o incluso salir del estado. En El Roblito, agregó, la violencia también ha golpeado a personas dedicadas a la ganadería, algunas de las cuales han tenido que vender sus animales ante las amenazas.
Sin embargo, el alcalde de Escuinapa, Víctor Manuel Díaz Simental, sostiene que la mayoría de las familias ha permanecido dentro del municipio. Al ser cuestionado por ESPEJO, reconoció casos de desplazamiento, aunque señaló que El Camarón se encontraba deshabitado desde tiempo atrás.
“Hemos trabajado en ese sentido y, a excepción de El Camarón, que ya es una comunidad que tiene buen tiempo que está deshabitada, y algunas familias de Tecualilla, el resto del municipio, las personas, las familias, nos hemos quedado ahí en el municipio de Escuinapa”, declaró.
Díaz Simental aseguró que se ha comenzado a retomar parte de la actividad social y económica, aunque reconoció que los hechos violentos no han terminado. Sobre las familias que abandonaron sus comunidades, consideró necesario conocer dónde se encuentran y las condiciones de seguridad para un posible retorno.
“Las familias sí quieren regresar a sus orígenes, donde tienen sus tierras, tienen su ganado, tienen su cariño entregado, pero bueno, hay que tener seguridad”, expresó.
La vida después de que oscurece
Pero trasladarse hacia la cabecera municipal tampoco significa necesariamente dejar atrás el miedo. Los hechos violentos han alcanzado diferentes puntos de Escuinapa y modificado una rutina marcada durante años por la vida comunitaria.
Antes, recordó la integrante de Orquídeas Moradas, era común encontrar personas conversando afuera de sus viviendas o sentadas en las banquetas hasta las 10:00 de la noche. Incluso durante los constantes apagones que afectan al municipio, algunas familias acostumbraban salir para escapar del calor.
Ahora, asegura, la incertidumbre comienza cuando oscurece.
“Normalmente las personas, a partir de las 7:30 u 8:00 de la noche, cuando ya se está empezando a oscurecer, ya están dentro de sus casas”, relató.
Para la integrante de la colectiva, Escuinapa comenzó a resentir con mayor fuerza la violencia durante 2025, particularmente en los últimos meses del año, cuando las celebraciones estuvieron atravesadas por hechos violentos y familias que habían perdido a seres queridos.
La violencia también llegó a las aulas
La transformación tampoco se limita a las comunidades desplazadas. La violencia ha trastocado la educación y los recorridos cotidianos de quienes necesitan tomar carretera para estudiar o trabajar.
Un profesor de universidad y secundaria, cuya identidad se reserva por motivos de seguridad, relató a ESPEJO que trasladarse hacia su centro de trabajo se ha convertido en un recorrido marcado por la incertidumbre. La presencia de militares y elementos de la Guardia Nacional, explicó, no necesariamente genera tranquilidad.
“Hay mucha seguridad, hay muchos militares, hay mucha Guardia Nacional. Sin embargo, eso no nos da tranquilidad; al contrario, nos hace sentir como que algo está pasando”.
Esa sensación también ha llegado a las aulas. El paso de ambulancias, las sirenas, los helicópteros o el sonido de detonaciones interrumpen la dinámica escolar y mantienen en alerta a profesores y estudiantes.
Para algunos alumnos de comunidades cercanas, asistir a clases depende de lo que esté ocurriendo ese día en sus localidades o en las carreteras.
“Algunos me comentan que no pueden ir a la escuela porque literalmente están balaceando su casa; otros me dicen que no pueden tomar el autobús porque está cerrada la carretera”, relató.
En algunos momentos, las condiciones de seguridad obligaron a recurrir a clases virtuales. Para el profesor, además, ya no existe un horario o una zona específica que permita anticipar dónde puede ocurrir un hecho violento.
“Ahorita ya no es un horario, ya no es una zona. Antes podíamos decir: ‘sí pasa, pero lejos’. Ahorita no. Ahorita es mediodía en el Centro, a dos cuadras de la Presidencia; balacera a las cinco de la tarde, persecución a las tres. Se fue la luz en la noche: no salgas, ni se te ocurra salir”.
Para la integrante de Orquídeas Moradas, el impacto va más allá de la seguridad. La violencia también afecta la salud mental, la economía y las relaciones comunitarias.
Mientras el alcalde asegura que la mayoría de las familias permanece en Escuinapa y observa una recuperación gradual de la actividad social, desde la colectiva advierten una crisis poco visibilizada fuera del municipio.
“Escuinapa todavía sigue viviendo en incertidumbre, se está ahogando. La realidad es que se está ahogando”, expresó.



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