Por Eréndira Aquino / Mongabay Latam
Sin embargo, la fauna silvestre ya no muere sólo por la pérdida de su hábitat; está enfermando por la cercanía con las poblaciones humanas y sus actividades. A medida que pueblos, carreteras y animales domésticos muerden los márgenes de las áreas protegidas y bosques bien conservados, parásitos y virus se han ido filtrando en la selva como una invasión silenciosa, hasta convertirse en una grave amenaza sanitaria para la población silvestre.
Al frente del monitoreo de esta amenaza están científicos y especialistas como el biólogo Rodrigo Núñez Pérez, integrante de la asociación Alianza Jaguar, quien lleva tres décadas estudiando a los felinos en el occidente de México. Gracias a eso ha documentado la manera en que enfermedades comunes propagadas por mascotas y ganado, como la sarna, debilitan hasta la muerte a los jaguares y ocelotes salvajes de la región.
Mientras tanto, en el sureste del país, el biólogo Heliot Zarza Villanueva, vicepresidente de la Alianza Nacional para la Conservación del Jaguar, y la veterinaria Susana Illescas estudian la forma en que los ectoparásitos propagados por la actividad humana vuelven a estos felinos silvestres presa fácil cuando envejecen o presentan malnutrición.
La sarna gana terreno en Chamela-Cuixmala
Ubicada en la costa del Pacífico mexicano, en el estado de Jalisco —a poco más de dos horas y media de camino hacia el sur desde el paradisíaco Puerto Vallarta—, la Reserva de la Biosfera Chamela-Cuixmala resguarda uno de los ecosistemas más frágiles del país: el bosque seco tropical. A diferencia de las selvas siempre verdes del sur, este es un territorio de contrastes extremos, donde la vegetación cambia por completo según la temporada para resistir la falta de agua.
Caminar por la reserva durante la temporada de sequía es avanzar por un bosque de fantasmas. No hay sombras amables; el sol cae a plomo sobre un laberinto de ramas grises, desnudas y retorcidas que han soltado hasta la última hoja. El termómetro araña los 40 grados centígrados, pero lo que agobia no es la humedad del mar cercano, sino un calor estático y polvoriento que hace crujir la hojarasca bajo los pies. Es aquí, en esta intemperie calcinante, donde la fauna silvestre se ve obligada a recorrer distancias que se miden en kilómetros sólo para encontrar dónde beber, exponiéndose en el trayecto a atropellamientos o al contagio de patógenos procedentes de animales domésticos.

Reserva de la Biósfera Chamela-Cuixmala durante la temporada de sequía. Foto: César Correa
Las raíces del problema son profundas. En la década de 1970, cuando las carreteras abrieron un tajo en la costa del Pacífico para conectar a Puerto Vallarta con Manzanillo, el asfalto trajo consigo algo más que turistas y desarrollo. Los felinos que lograban sobrevivir a la cacería furtiva y esquivar los atropellamientos comenzaron a toparse con una amenaza de la que era imposible huir mediante el instinto: el contagio de la sarna y el moquillo (distemper canino).
Esta problemática ha sido documentada por el biólogo Rodrigo Núñez Pérez, quien desde hace tres décadas se dedica a la investigación y conservación de felinos silvestres en Chamela-Cuixmala. Su fascinación por estos depredadores silvestres nació en su etapa universitaria, cuando conoció los relatos de los antiguos pobladores locales. Los vecinos de entonces le hablaban con respeto de los «tecuanes», el vocablo náhuatl con el que se conoce tradicionalmente al jaguar en la región y que significa «el que come hombres» o «fiera». Le describían una estampa casi mítica a este felino, el más grande de América: una imponente mole de músculos revestida por una piel dorada y salpicada de manchas oscuras que bajaba sigilosa hasta la arena de la playa para alimentarse de tortugas.
Inspirado por esa conexión ancestral entre la selva y el mar, Núñez se integró a la asociación civil Alianza Jaguar, desde la que, a lo largo de su trayectoria, ha sido un pilar en el levantamiento de los censos nacionales de la especie en el occidente del país. También ha sido uno de los principales “mediadores” en la tensión que la presencia de estos depredadores naturales genera entre las personas que desarrollan actividades ganaderas en la región, promoviendo el aprovechamiento de los seguros ganaderos que la autoridad paga a productores afectados, evitando así que maten a los felinos en represalia por la eventual caza de sus animales de corral.
Pionero en el monitoreo científico en el estado de Jalisco, Núñez introdujo en la reserva el uso de tecnología para estudiar la cacería furtiva. Fue justamente a través de su red de cámaras trampa y el seguimiento de collares GPS como su equipo logró registrar en 2011 el caso de un ocelote contagiado de sarna. El monitoreo de este ejemplar —perteneciente a una especie en peligro de extinción en México— permitió documentar la forma en que el ácaro debilitó sus facultades de caza y su salud general, llevándolo paulatinamente a la muerte.

Rodrigo Núñez Pérez y estudiantes revisan la ubicación de felinos a través de collares con GPS. Foto: cortesía Alianza Jaguar AC
«A los felinos silvestres les pega la sarna muy fuerte”
Es mediodía en Chamela-Cuixmala y Rodrigo Núñez guía el recorrido por una de las rutas de monitoreo de la reserva. Mientras sortea las ramas bajas del bosque seco y se detiene a revisar una de las cámaras trampa fijadas al tronco de un árbol, el biólogo dimensiona el verdadero reto de proteger este espacio.
«Desgraciadamente es una reserva pequeña de 13 000 hectáreas, que, aunque está bien conservada, está rodeada de varias comunidades. Del lado de la costa son zonas de vocación turística, pero toda la parte de atrás y a los lados hay muchos pueblos con actividad ganadera donde existe poca cultura de vacunar a perros y gatos, de tenerlos en buen estado de salud, y muchas veces esos animales se meten a la reserva, lo que de manera directa o indirecta llega a contagiar a la fauna silvestre», explica Núñez.
El experto asegura que, desde 2011, en esta reserva se han registrado más casos de ocelotes y pumas «muy afectados» por la sarna. Y aunque «no ha pasado a mayores, al menos hasta donde pudimos ver, sí hubo una temporada en que, sobre todo en la zona pegada a los hoteles, llegaba a haber muchos tejones o coatíes enfermos”. Esos animales, explica Núñez, llegan allí para comer los desperdicios que dejan los humanos y luego se meten a la reserva donde transmiten sus enfermedades a otras especies, incluidos los felinos silvestres.
-
Coatí con sarna registrado en una cámara trampa. Foto: cortesía Rodrigo Núñez Pérez
El investigador señala que «por lo regular, a la sarna la vemos como una enfermedad que pudiera no ser muy peligrosa porque los perros y gatos pueden sobrevivir sin problema, ya que eventualmente les damos de comer o van a algún basurero, pero la fauna silvestre la pasa mal. Esta enfermedad es muy molesta para los animales, los debilita y los deja literalmente pelones, y no es que solamente se caiga el pelo, sino que tienen los ácaros pegados en la piel. A veces llegan a verse las llagas que tienen porque se abren la piel de rascarse«.
En los casos de los ocelotes y pumas, «necesitan estar quietecitos para poder acechar a su presa y si se están moviendo por la comezón, les va a costar mucho trabajo poder cazar». Para estas especies, el impacto en su aspecto a causa de la enfermedad es devastador. El ocelote, un carnívoro con líneas negras en el pelaje y ocelos alineados en sus costados, pierde la protección de su camuflaje. Lo mismo le ocurre al puma, un cazador esbelto de tonos uniformes y leonados. Al quedarse sin pelaje, ambos felinos quedan desamparados ante la imposibilidad de ocultarse en su entorno.
«A los felinos silvestres la sarna les pega muy fuerte. Muchas veces pueden terminar muertos. Hasta ahora hemos documentado pocos casos. Sin embargo, yo creo que en muchas áreas, principalmente en la periferia, podrían existir más”, dice Núñez. El problema es que “no los hemos podido registrar”, cuenta, “ya que si ponemos las cámaras trampa en la orilla de la reserva nos las roban». No obstante, pobladores de las comunidades cercanas «nos han dicho que han encontrado ocelotes muertos invadidos de sarna».
«Si muere uno, se va el 20 % de la población»
La posibilidad de sobrevivencia a la sarna es mayor en temporada de lluvias, cuando el clima es menos hostil. El calor, en cambio, lo complica todo. En ese sentido, los efectos del cambio climático se vislumbran también como factores que pueden incrementar las afectaciones. «En esta temporada muy caliente en la que no hay agua, a un felino enfermo le cuesta mucho más trabajo salir adelante», explica Núñez.
A mitad de la caminata, Núñez se detiene frente a un cuerpo de agua completamente seco e invita a observar el suelo agrietado. «El arroyo en el que nos encontramos ahorita a veces tiene todavía un hilito de agua para los meses de abril y mayo, pero ya tiene un par de años que eso no pasa. Si no hay agua disponible se acercan a donde la haya y eso los expone a las enfermedades y otros peligros, como que les disparen o los atropellen, pues algunos cuerpos de agua están del otro lado de la carretera».

Arroyo seco en Chamela-Cuixmala. Foto: César Correa
En el caso de otros padecimientos, como el moquillo (o distemper canino), Núñez advierte que el riesgo es mayor y es difícil de detectar a simple vista con las cámaras trampa. «Con que un individuo enfermo tome agua y deje ahí parte de la infección, otro que beba ahí se puede contagiar, o si un perro deja algún hueso y otro carnívoro lo lame, es muy probable que se contagie», explica.
«Con una vacuna a los perros es más que suficiente, pero a veces en esta región la gente no los cuida, entonces se van al cerro a buscar qué comer y llevan arrastrando todas sus enfermedades. No tenemos un dato sobre los animales silvestres que mueren por esta enfermedad, pero seguramente son muchos y no nos damos cuenta«, lamenta.
Actualmente, en la Reserva Chamela-Cuixmala viven entre cinco y seis ejemplares de jaguar y de puma, así como algunos ocelotes, por lo que «si muere uno, se va el 20 % de la población», indica el científico.
Aunque los ocelotes son una especie considerada en peligro de extinción en el país, no existe un censo oficial que determine su población exacta. A nivel mundial, se estima que existe una población superior a los 40 000 adultos, pero su número general es decreciente debido a la pérdida de su hábitat y la cacería furtiva.
En el caso del jaguar, el último censo coordinado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Alianza Nacional para la Conservación del Jaguar (ANCJ) y la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), mostró un crecimiento de la población de un 10% en un periodo de seis años, pasando de 4800 ejemplares en 2018 a 5326 ejemplares en 2024.
Sin embargo, los investigadores advierten que este incremento —atribuido a la expansión de áreas protegidas— no significa que la especie esté a salvo, pues el hacinamiento en reservas cercadas por la civilización expone a las poblaciones a catástrofes sanitarias.
Hasta ahora, los felinos silvestres han sobrevivido, en parte, por su naturaleza solitaria, pero científicos conservacionistas como Rodrigo Núñez y el biólogo Heliot Zarza Villanueva temen que a futuro las enfermedades puedan ser tan nocivas como para afectar a todo un grupo. Así ocurrió en Tanzania a principios de los años 90, cuando murió un tercio de los leones del Parque Nacional Serengueti a causa del distemper canino, contagiado por los perros domésticos de las comunidades de pastores masái.
El riesgo no es menor si se mira el mapa completo. Chamela-Cuixmala no es una isla, es una pieza clave del Corredor Biológico del Jaguar en el occidente de México, una ruta natural que permite a los grandes felinos moverse entre los estados de Sinaloa, Nayarit, Jalisco y Michoacán, por lo que el virus del distemper o el ácaro de la sarna no sólo amenazan a los residentes locales de la reserva.
El diagnóstico en la mesa de operaciones
En la primera línea de contacto con los felinos silvestres, el monitoreo depende de una figura crucial en las expediciones de campo: la médica veterinaria.
Desde 2012, Susana Illescas se ha encargado de la contención, anestesia y evaluación clínica de grandes carnívoros en proyectos de investigación en México. A diferencia de los biólogos que rastrean imágenes satelitales a gran escala, ella estudia el mapa microscópico de los felinos en sus fluidos, dientes y los parásitos en sus cuerpos.

Como veterinaria, Susana Illescas trabaja en procesos de contención, anestesia y evaluación clínica de grandes carnívoros. Foto: cortesía Susana Illescas
Cuando un felino cae en una trampa o es arrinconado en un árbol por perros entrenados para el rastreo, el equipo científico los anestesia y activa un cronómetro implacable: tienen una ventana máxima de 40 a 45 minutos antes de tener que revertirla para devolver al animal a la libertad. En ese breve lapso, Illescas cura heridas de peleas o cacerías defensivas con suturas absorbibles, desparasita si el estado del animal lo permite y extrae las muestras de sangre que guardan los secretos inmunológicos de la selva.
Sin embargo, la logística científica de campo tiene un límite asfixiante: el presupuesto. «Es muy complicada toda la logística de generar estudios virales», lamenta la veterinaria, aludiendo a la costosa cadena de frío, los reactivos y laboratorios especializados necesarios para procesar la sangre antes de que se degrade bajo el calor de la selva. Sin estos recursos, el avance de las infecciones se sigue midiendo a ciegas.
Esta falta de certezas clínicas se vuelve especialmente crítica cuando se analizan los brotes al otro lado del país, en el sureste, donde las densas selvas imponen sus propias dinámicas biológicas.
La amenaza de la mosca chiclera en la Península de Yucatán
A 1000 kilómetros de distancia, en el sureste mexicano, las «moscas chicleras» que proliferan en las plantaciones de cacao, café o árboles chicleros —de donde reciben su nombre—, vuelan bajo el dosel de la selva de Calakmul, provocando heridas cutáneas a los jaguares que hasta entonces sólo se presentaban en felinos de zoológico. En esta vasta e impenetrable masa forestal tropical caracterizada por su intensa humedad y árboles monumentales, el clima juega a favor de los insectos.
En 2002, investigadores mexicanos capturaron un ejemplar de edad avanzada en el que encontraron una lesión causada por el parásito leishmaniasis, transmitido por esta mosca. Luego, hubo dos casos más con la misma enfermedad, lo que propició un cambio de mirada para el proyecto de Ecología y Conservación del Jaguar en México, impulsado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), así como las asociaciones World Wide Fund for Nature (WWF) y Espacios Naturales y Desarrollo Sustentable (ENDESU).
Con el paso de los años, los biólogos pudieron confirmar sus sospechas, gracias al cambio tecnológico con el que pasaron de rastrear las frecuencias de radio subidos en los cerros de Calakmul a descargar coordenadas satelitales directamente en sus correos electrónicos. Fuera de los márgenes seguros de la reserva, en los ejidos forestales del sur de Campeche y Quintana Roo, los jaguares viejos o heridos están librando una batalla contra insectos traídos a la región por las comunidades humanas.
«¿Qué tenían de especial estos jaguares? Eran animales viejos«, comenta Heliot Zarza Villanueva. En el mundo silvestre, al envejecer o sufrir alguna herida, los felinos pierden destreza, por lo que «de entrada ya están débiles físicamente por la edad, luego viene la malnutrición y se crea una serie de condiciones para que su sistema inmune baje». Cuando esto ocurre, la piel de los animales se convierte en un blanco fácil para los parásitos.
En el caso del macho al que le calcularon entre 10 y 12 años de edad, los científicos encontraron que llevaba en su cuerpo las marcas no sólo de leishmaniasis —una infección transmitida por la picadura de esta diminuta mosca del género Lutzomyia, que genera dolorosas úlceras abiertas en la piel—, sino también de la mosca Dermatobia hominis, que desova en tejido vivo para que se desarrollen sus larvas. Además, se le encontraron viejas cicatrices de perdigones de escopeta y los colmillos destrozados, lo que evidenciaba la necesidad que tuvo de acercarse a los potreros ejidales para intentar conseguir comida.
«Los ectoparásitos o larvas, conocidos localmente como colmoyotes, son comunes en seres humanos y ganado. Son gusanos que se meten bajo la piel y abren un pequeño orificio para respirar mientras se alimentan del tejido. En mi caso —detalla Zarza— he tenido muchísimos en el pecho, espalda y cabeza, y eso que siempre andamos con camiseta de manga larga. Pero en el caso de los animales, su sistema inmune se va a cero».
Pese a que el escenario parece catastrófico, Heliot Zarza asegura que en los últimos quince años, la Alianza Nacional para la Conservación del Jaguar ha impulsado la creación del “área destinada voluntariamente” más grande de Quintana Roo, con 35 000 hectáreas protegidas por la propia comunidad del ejido Laguna Om. Además, la mentalidad de la población ha cambiado gracias a la existencia de un seguro ganadero nacional y apoyos complementarios de fondos científicos para las personas que pierden vacas a causa de los felinos.
El reto, ahora, va más allá de vigilar las líneas que delimitan el área protegida. Es rara la vez que un jaguar o puma sano entra a un potrero abierto a cazar. El desafío está en proveer a las comunidades de herramientas, vacunas para sus animales y subsidios para que limiten sus linderos. Para los investigadores, el hecho de que no se reporten muchos otros casos de leishmaniasis sugiere que la población de los diversos felinos está sana. De todas maneras, no bajan la guardia ante otro tipo de impactos derivados del contacto con humanos y sus animales domésticos, como el moquillo, la sarna y viejas amenazas conocidas como la fragmentación de su hábitat y los efectos de la crisis climática.
«Reconozco que el cambio climático nos afecta mucho, pero estoy en contra de que le achaquemos todo”, afirma el especialista. “A lo mejor un año es más seco que otro o más lluvioso, pero el jaguar tiene una amplia plasticidad ecológica; él puede resistir teniendo alimento».
Por eso —subraya Zarza— «es importante conocer y establecer una línea base de que los agentes infecciosos —sean protozoarios, parásitos, virus y otros— son parte de la biodiversidad. No vamos a deshacernos de todos los mosquitos porque son parte del planeta. Lo que se requiere es que nosotros, que creamos las condiciones, podamos regularlas en el medio silvestre».
*Este reportaje es una alianza entre Mongabay Latam y Animal Político de México.


Comentarios
Antes de dejar un comentario pregúntate si beneficia a alguien y debes estar consciente en que al hacer uso de esta función te adíeles a nuestros términos y condiciones de uso.