Por Rocío Flores / Causa Natura
En la colonia Cuauhtémoc en San Mateo del Mar, Oaxaca, cuando las olas alcanzan 1.5, 2.5 o incluso 2. 7 metros de altura o más, las niñas y niños de la única escuela primaria de la localidad recogen sus cuadernos, lápices, libros, los colocan apresuradamente dentro de sus mochilas y comienzan a abandonar el edificio escolar por seguridad, ya que se localiza a solo 50 metros del mar. Las clases se suspenden una semana. Debido al fuerte oleaje en el Pacífico mexicano, el agua trasciende el límite entre la tierra y el mar invadiendo los salones de clase, patios, viviendas, calles enteras.
La colonia Cuauhtémoc es una localidad situada en una estrecha franja costera, rodeada por el mar abierto del Océano Pacífico y el sistema lagunar del Istmo de Tehuantepec, al sur del país. Es la segunda en México —después de El Bosque, en Tabasco— que enfrenta los efectos de la erosión costera, asociada al cambio climático y el desarrollo de obras del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec (CIIT).
La última vez que el mar se adentró con fuerza en esta comunidad indigena ikoot fue apenas en mayo y junio de 2026. La biblioteca escolar se llenó de agua. La iglesia del pueblo parecía atrapada entre lagunas artificiales.
Las enormes y continuas olas también arrastraron grandes cantidades de arena que se fueron acumulando dentro de las casas de palma, incluso en las de concreto.
Este fenómeno, conocido como mar de fondo, se ha agravado en las dos últimas décadas. Dos de las calles principales: Bénito Juárez y Cristóbal Colón, quedaron cubiertas primero por la arena y luego por el agua. Desaparecieron.

La primera calle a unos 50 metros de la playa |Foto: Rocío Flores
— ¿No les da miedo? — pregunto a Francisco Rangel, de 43 años de edad. Él es integrante del Comité de la Escuela Primaria Bilingüe Constitución.
— Antes no nos daba miedo, pero ahorita sí— responde. El hombre asegura que el mar de fondo ocurre en marzo y abril, se repite en junio, julio y en septiembre les afecta más por los huracanes.
“Antes no era igual. Había una laguna y un canal. También había manglares, pero el mismo mar se los comió y otra parte se quemó. Ahora está naciendo un poco, pero ya no lo deja (el mar), lo viene jalando. Estamos pensando sembrar mangle rojo o candelilla y botoncillo, eran los que teníamos aquí, ahí anidaban las garzas”, comenta, como evitando caer en la desolación. Aunque al final admite: “Ya el mar no tiene para dónde ir por eso está llegando al pueblo”.
Las causas de la alteración del mar
Los ikoots advierten que las eólicas instaladas en la región han cambiado las corrientes del viento y que la alteración de las olas del mar se debe a la construcción del rompeolas en el puerto de Salina Cruz — a unos 16 kilómetros de distancia— que forma parte del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec (CIIT), uno de los megaproyectos transexenales del gobierno federal.
Con 1600 metros de profundidad y un costó 4 mil 147 millones de pesos, según información oficial, el rompeolas tiene el objetivo de reducir el impacto del oleaje y permitir la entrada de barcos de gran calado que trasladan mercancías en las rutas del CIIT para el comercio mundial. Aunque eso para los ikoots ha significado la pérdida acelerada de su territorio.
Las autoridades de Oaxaca consideran que estos eventos, cada vez más frecuentes en esta localidad, son consecuencia del cambio climático. La coordinadora para la Atención de los Derechos Humanos, Flor Estela Morales Hernández, incluso reconoció en noviembre de 2025, ante integrantes de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), que la colonia Cuauhtémoc es la primera comunidad en Oaxaca que enfrenta un proceso de desplazamiento interno por cambio climático.
En entrevista para CN Media detalla que el 60% del territorio de los ikoot se ha quedado bajo las aguas del mar.
La Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu) fue más puntual y reportó en un informe erosión costera, atribuida a la retención de sedimentos en la Presa Benito Juárez, de Jalapa del Marqués, a unos 56 kilómetros. En este documento no se mencionan las obras del CIIT como posible factor del aumento en el nivel del mar, el desgaste gradual de las playas, y en consecuencia, la pérdida de terreno y el desplazamiento de la población.

Una casa enterrada en la arena. Foto: Rocío Flores
El oceanógrafo, Miguel Ángel Ahumada Sempoal explica que cuando se habla de erosión costera es difícil generalizar, se debe considerar las características locales y regionales, las condiciones de las playas, el relieve, el tipo de arena, etc, porque es un proceso multifactorial. No obstante, se prevé mayor erosión por el incremento del nivel del mar o por la energía del oleaje.
Hasta 2015 no había una evidencia concluyente de que la energía del oleaje estuviera incrementando en esa región, precisa. “Puede ser un asunto donde se combine el incremento del nivel del mar con estructuras costeras que hayan hecho por ahí, afectado el movimiento de arena, y el oleaje. Puede ser cierto lo que dicen, no voy a contradecir a alguien que vive ahí”. El investigador destaca que uno de los grandes problemas es que no se tiene registros para todas las localidades, por lo que es importante basarse en el conocimiento local.
Sin embargo, la erosión costera es una realidad. Según el informe de Sedatu, las comparaciones de las imágenes satelitales tomadas en los años 1967 y 2023 en esta región muestran que hay una disminución de 410 metros en la línea de costa, lo que sugiere una tasa de erosión estimada de aproximadamente -8 metros por año.
En esta misma región, el sistema de monitoreo del ecosistema costero nacional, elaborado por la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO), registró cero hectáreas de ganancia frente a más de 40 hectáreas perdidas entre los años 2015 y 2020, y en la zona de Cuauhtémoc se observó un desplazamiento neto de -16,07 metros entre 2015 y 2020, lo cual refleja una tendencia regresiva o erosiva severa en este litoral.
El mar, el centro de la vida ikoot
Para esta población ikoot, también llamada huave, el mar representa el centro de su vida, ya que de ahí reciben el sustento diario. El Censo 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) indica que entre el 65 y 70 por ciento de la población se dedica a la pesca artesanal y actividades derivadas de ella.

Pescador en Laguna Pato, Colonia Cuauhtémoc, San Mateo del Mar | Foto. Rocío Flores.
Sin el mar pierden su trabajo, su historia y su forma de entender el mundo, apunta Cristiano Tallé, un antropólogo italiano que vivió en San Mateo del Mar durante muchos años, investigó lo que ocurría, y aprendió el ombeayiüts, la lengua de los ikoot.
El investigador social dice que lo ocurrido en las últimas décadas en esta agencia rompe con esa forma particular de los ikoots de entender el mundo. Cuenta que en 2025 se encontró en la playa con un anciano con el que platicó.
“El mar cada año camina, camina y se come la playa. Los abuelos nos decían que había riesgo, sabíamos que el agua camina con la tempestad y es un riesgo para quien vive en la playa, pero nunca nos contaron que el mar podía cambiar así sus corrientes”, le dijo en ombeayiüts.
Cristiano Tallé comprendió a qué se refería el anciano, no solo porque conoce su lengua, sino porque ha percibido la desaparición de al menos siete lugares que había documentado y ahora están bajo la arena. A pesar de eso, asegura, siguen respetando al Sagrado Gran Mar, pues ha sido su fuente “dadora de alimentación”, lo consideran un ente vivo y sagrado.
El antropólogo afirma que hasta ahora todo lo que se dice en San Mateo en torno a los cambios en el oleaje es de sentido común, no está fundado en estudios científicos, pero “los saberes nativos a veces se adelantan”, apunta.
El riesgo de 300 familias ikoot
La colonia Cuauhtémoc es una agencia de policía. En los sistemas normativos indígenas es un núcleo menor dentro del municipio de San Mateo del Mar, pero tiene su propia vida política y social, y eligen a sus autoridades auxiliares mediante sus propias asambleas comunitarias.
En esta agencia viven un poco más de 900 habitantes, unas 300 familias que todos los días viven el riesgo de quedarse sin hogar. Algunas ya han perdido sus casas y ahora comparten con familiares. Otras han tenido la oportunidad de construir en otro lugar.
Raúl Rangel González, expresidente municipal de San Mateo del Mar, cuenta que cuando se estableció esta colonia, entre 1940 y 1950, estaba a un kilómetro y medio de la playa o quizá un poco más. “Los habitantes dicen que había un brazo de mar, luego una lomita. En los años 60, vieron que se acercaba el mar y buscaron su reubicación con algunas instituciones, pero no avanzaron”.
Como autoridad, entre 2023 y 2025, Rangel pidió apoyo a la Secretaría de Gobernación en Oaxaca, al Registro Nacional Agrario y a Protección Civil para la reubicación. Previamente la Sedatu a través de un investigador de San Luis Potosí documentó el problema. “Prácticamente fue a escanear Cuauhtémoc con un dron y con su equipo de trabajo y después hizo su uniforme”, dice el expresidente, quien cuenta con un doctorado en estudios avanzados en derechos humanos.
De ese documento sólo tienen cinco filminas y unas imágenes que no pudieron abrir. Hasta la fecha, ni el expresidente ni la comunidad saben nada de los resultados. Tampoco de la reubicación. La población eligió un lugar que no es viable, según Protección Civil, porque aunque está a un kilómetro, rumbo a la cabecera municipal, es casi la misma altura y el riesgo es el mismo. De hecho, las estimaciones del atlas de riesgo indican que de continuar igual, en menos de 50 años, la península de San Mateo del Mar y sus agencias podrían estar desapareciendo.
Después de analizar varias propuestas, autoridades y comunidades acordaron un polígono identificado como 3A, pero la Sedatu les pide estudios que para este municipio en grado extremo de marginación es difícil costear. Sin dinero ni apoyo para los ikoots resulta difícil construir en otro lugar, así que los habitantes se han ido reubicando a un kilómetro de donde están. La nueva escuela quedó en la entrada, con tres salones y sin baño.
Cada vez más cerca del mar
A la orilla del mar, el sonido de las olas es como un golpe seco, profundo. En la arena sobresalen los restos de una hamaca de tonos amarillos y rojos, murillos y algunos horcones que fueron parte de una casa. A unos pasos está Rosalía, una mujer de 38 años de edad que recorre la playa, o lo que queda de ella, buscando a uno de sus hijos.

Rosalía y sus pequeños a unos metros del mar abierto| Foto: Rocío Flores
De pies descalzos y espalda semi encorvada, Rosalía cuenta que ahí vivía Eneida y sus hijos, quienes ahora viven debajo de un árbol. Mientras comparte sus recuerdos desvía la mirada hacia el este, donde quedó sepultada su casa hace un par de años. “Ya no se ve. Estaba por allá, donde está la escuela, dónde está el coco, más allá”.
—¿La reubicaron?
—No. Vivo en casa de mi hermana. No tengo casa.
El impacto ha sido profundo. A pesar de todo, hay quienes siguen sin temer al mar. Las olas chocan en este litoral, en la playa una anciana corta leña para su horno, ahí mismo donde se observan restos de historia, árboles muertos, mientras vecinos de San Mateo del Mar llegan a ratos al lugar y cuentan el mito de Ndiük, la serpiente con cuerno, encarnación de la fuerza de la naturaleza, que al bajar del cerro al océano causa caos, devastación total, a menos que Monteok, el Dios del rayo, a quien se le atribuye la vigilancia del humano y la protección del territorio ikoot, la venza, evite la catástrofe y devuelva el equilibrio.
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Este trabajo fue realizado para Causa Natura. Para consultar el contenido original, dar clic aquí.

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