Mazatlán, Sinaloa.- En el sueño, Cecilia le habló con esa voz ronca que sigue siendo una presencia. Había vuelto un año y dos meses después de su desaparición en la casa misteriosa de Jesús Solórzado 118, en el fraccionamiento El Toreo de Mazatlán.
Era ella, Cecilia su hermana.
Y escuchó que le decía que fuera a hablarle a sus padres. Que les dijera a todos los de la casa y a los de afuera que estaba de regreso. Cecilia quería que todos supieran que, tantas noches y días después, finalmente había vuelto.
No era la primera vez que Nadia soñaba con ella.
Desde aquel 21 de julio de 2025, cuando Cecilia desapareció, la escena se ha repetido en sus noches. Una y otra vez, Cecilia aparece. Regresa a casa. Está ahí, al alcance de sus manos. Pero esta vez hubo algo distinto: por primera vez desde que desapareció, Cecilia le habló.
“De nuevo ese sueño en el que llegas a casa, toda bonita como el último día que te vi. Con la misma ropa y yo tengo miedo que no sea real. Estoy tan feliz que no dejo de besarte. Pero esta vez fue diferente. Hoy sí me hablaste. Hoy sí escuché tu voz ronca decirme: bebé, háblales a mis papás, a toda la gente que ya estoy aquí…”
Nadia se sobresalta. La emoción le gana al miedo. Todavía no sabe que esa felicidad será breve. Porque los sueños también construyen regresos que duran apenas unos segundos. Entonces le pregunta a su hermana:
“Segura que no es un sueño como siempre”.
Y Cecilia le responde que no…
Pero Nadia abre los ojos y Cecilia ya no está. Se ha ido otra vez, dejando ese silencio que Nadia conoce demasiado bien.
UNA SEÑAL
Sin embargo, para Nadia el sueño no termina ahí. No lo siente como un sueño cualquiera. El sueño no es un sueño. El sueño es una señal. Por eso por la mañana sale a pegar en las calles más fichas con el rostro de Cecilia. Y mientras avanza oye las frases de la gente que dice que las fotos de los desaparecidos ensucian los puentes, afean la ciudad.
Y Nadia se disculpa por eso, por buscar a su hermana de esa manera. Por pegar las fichas de búsqueda aquí y allá. En las paredes. En los muros. En los puentes, los postes. Donde sea que la gente pueda ver su rostro, su pelo, su nombre (Cecilia Berrelleza Flores), su apodo (China), su cabello. La sonrisa en esa foto que a veces parece estar en todo el puerto.
“Salí acelerada a pegar más fichas tuyas y escuché esos comentarios, que ensuciamos la ciudad, que se ven feos los puentes. Y de verdad hoy les pido perdón”.
Nadia insiste. Pega las fichas. Su hermana sonríe desde las fotos. Deja que la fotografía de Cecilia vuelva a ocupar un pequeño espacio de la ciudad.
Nadia también promete que cuando regrese Cecilia irá a cada puente, a cada muro, a quitar lo que pegó. Uno a uno. Limpiará todo. Todo quedará como estaba antes de su desaparición. Desaparecerá las huellas de esta ausencia.
Como si esas fotografías nunca hubieran tenido que estar ahí.
Como si Cecilia nunca hubiera desaparecido.
“Hoy les prometo que llegando Cecilia iré a quitar cada ficha en cada puente, en cada poste. Lo haré uno a uno. Les dejaré limpio como estaba antes, pero hoy por favor déjenme seguir viendo esa carita en cada rincón. No me quiten esas fichas que con mucho amor pego, que hago de todo para conseguirlas y que me motiva”.
TRAERLA DE VUELTA
Porque mientras Cecilia no vuelva, Nadia necesita que su rostro permanezca. Que esté en las calles cuando ella no puede estar. Que alguien lo vea al pasar. Que un desconocido lo reconozca. Que una fotografía pegada en un puente pueda hacer lo que los sueños todavía no consiguen: traerla de vuelta.
Y cada noche, cuando cierra los ojos, queda abierta la posibilidad de volver a encontrarla, aunque sea por unos minutos, en ese lugar donde todavía puede escuchar su voz y creer, por un instante, que Cecilia finalmente regresó.

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