Puebla, 27 de septiembre (SinEmbargo).- “Tal vez suene un poco egoísta, pero decidí que no quería tener hijos porque me encanta mi estilo de vida y no me gustaría cambiarlo ni sacrificarlo”, dice Itzel, quien tiene 32 años y ha decidido no ser madre. Como ella, las mujeres mexicanas cada vez tienen menos hijos o definitivamente optan por no tener ninguno.
En 2024, la Tasa Global de Fecundidad en el país fue de 1.2, según los datos de la Encuesta Intercensal 2025 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Este indicador mide “el promedio de hijos nacidos vivos que tendría una mujer durante su vida reproductiva”, de acuerdo con el instituto. En contraste, durante 1990 el promedio era de más de tres hijos por mujer, y en 1960 una mujer llegaba a tener seis o más hijos. Pero ¿es lo mismo no tener hijos por convicción, como Itzel, que no tenerlos porque las circunstancias económicas y sociales orillan a alguien a tomar esa decisión?
Las mujeres mexicanas tienen mayor acceso a métodos anticonceptivos y educación hoy que hace 60 años, pero la caída en la fecundidad mexicana podría deberse también a restricciones económicas y sociales que el Estado no ha resuelto.
Así lo advierte el informe “La verdadera crisis de fecundidad”, del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA por sus siglas en inglés). De acuerdo con una encuesta del UNFPA y YouGov aplicada a más de 14 mil adultos en 14 países (entre los que estuvo México), las razones económicas y de infraestructura de cuidado explican por qué las mujeres mexicanas tienen menos hijos.
“Decidir tener hijos no ocurre en el vacío. Implica tiempo, ingresos, vivienda, acceso a servicios y posibilidades de conciliar la vida laboral con la vida familiar. Implica que haya una distribución justa de las responsabilidades de cuidado. Estos son factores estructurales que se relacionan con el descenso de la fecundidad”, dice Sofía Garduño Huerta, Directora de la organización feminista Balance.
Tener hijos “para continuar el apellido”
Más de la mitad (56 por ciento) de los hombres encuestados por el UNFPA en los 14 países dijo que “dar continuidad al apellido y proteger los bienes” es una razón importante para tener hijos, mientras que solo 45 de las mujeres citó esta como una razón importante. En México, la razón más citada fue “para sentir satisfacción al guiar el desarrollo de un hijo y enseñarle”, seguida de “para llenarme de alegría de por vida” y “para sentir que soy una persona adulta y responsable”.
En contraste, “las personas que no tienen hijos suelen ser vistos por la sociedad como todavía inmaduros, como adultos incompleto”, dice Yunuen Ysela Mandujano-Salazar, doctora en Ciencias Sociales, quien ha estudiado los cambios demográficos, las transformaciones en las estructuras familiares y las decisiones de las personas respecto a la maternidad y la paternidad.
Esa presión no es ajena para Itzel. Su familia le ha preguntado si está segura de no querer tener hijos y, en particular, quién la va a cuidar cuando sea adulta mayor si no los tiene. Para ella, esa idea también parte de asumir que los hijos deben cargar con la responsabilidad de cuidar a sus padres en la vejez.
Pero incluso para aquellas personas que quieren tener hijos por esa u otras razones, el deseo no equivale a posibilidad. La encuesta del UNFPA encontró que, en México, el número ideal de hijos es de dos tanto para hombres como para mujeres, ya que en promedio 35 por ciento de las y los mexicanos eligió esa opción. Enseguida están quienes desean tener tres hijos (17 por ciento) y un hijo (13 por ciento), seguidos de quienes quieren tener cuatro hijos o más (11 por ciento). Las personas que no quieren procrear siguen siendo una minoría en el país, con un promedio del ocho por ciento.
Entre quienes sí desean tener hijos, la posibilidad de alcanzar el número ideal está condicionada por distintos factores. El 35 por ciento de las personas encuestadas señaló las restricciones económicas como un obstáculo; 23 por ciento mencionó las limitaciones relacionadas con la vivienda y 21 por ciento, el desempleo o la precariedad laboral. Otro 14 por ciento dijo que las opciones para el cuidado de los hijos son insuficientes o de mala calidad.
Es decir, la caída de la fecundidad no necesariamente significa que las personas hayan dejado de querer tener hijos. “Si una persona anticipa que llevar a cabo esa decisión va a significar abandonar su empleo, asumir prácticamente en soledad los cuidados o enfrentar una precarización económica, pues por supuesto que la decisión reproductiva sí va a estar condicionada”, dice Garduño.
¿Quién cuidará a los niños?
Para quienes tienen hijos, esa decisión no termina con el nacimiento. Alguien debe cuidar a esas niñas y niños mientras crecen, lo cual tiene un costo. Por eso el informe del UNFPA identifica la falta de apoyo para el cuidado como una de las barreras que pueden impedir que las personas tengan el número de hijos que desean. El organismo sostiene que las políticas para enfrentar la baja fecundidad deberían considerar, entre otras medidas, licencias familiares remuneradas, servicios de cuidado infantil accesibles y otras condiciones que permitan conciliar el trabajo con la vida familiar.
En México, esta discusión ocurre mientras el país comienza a construir un Sistema Nacional y Progresivo de Cuidados. En 2026, el Gobierno federal incorporó por primera vez un Anexo Transversal específico para cuidados en el Presupuesto de Egresos, con recursos por 466 mil 674 millones 936 mil pesos, equivalentes a 1.21 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). El presupuesto contempla acciones dirigidas a niñas, niños y adolescentes, personas adultas mayores, personas con discapacidad y quienes realizan labores de cuidado.
Y es que la desigualdad también se refleja en el tiempo destinado al cuidado. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024 del Inegi, las mujeres dedican en promedio 18.2 horas semanales al cuidado directo de niñas y niños de 0 a 5 años, frente a 8.8 horas de los hombres. Si se consideran también los cuidados pasivos, es decir, estar al pendiente de los menores mientras se realiza otra actividad, la diferencia aumenta: 33.4 horas semanales para las mujeres frente a 14.8 para los hombres.
Por eso un sistema de cuidados también implica modificar quién asume las tareas de crianza y cuánto tiempo pueden dedicarles las madres y los padres sin perder parte de sus ingresos o su empleo completo. Para Sofía Garduño, las políticas laborales tienen que permitir que el cuidado no recaiga principalmente en las mujeres. Mandujano-Salazar coincide en que las políticas públicas tienen que considerar esta transformación. No se trata solamente de generar condiciones para que quienes quieren tener hijos puedan hacerlo, sino de reconocer que las familias y las trayectorias de vida están cambiando.
En ese sentido, Japón (país que también ha estudiado Mandujano-Salazar) ofrece un ejemplo de lo que ocurre cuando un gobierno intenta responder a la baja fecundidad con políticas de apoyo a la crianza, pero sin que necesariamente cambien las preferencias reproductivas de toda la población. El país ha ampliado licencias y apoyos para el cuidado durante años, pero eso no ha conseguido que todas las personas quieran tener hijos.
El camino a la libertad reproductiva
La caída de la fecundidad en México no tiene una sola explicación. Mientras algunas personas deciden no tener hijos, otras quieren tenerlos pero encuentran obstáculos económicos, laborales, de vivienda o de cuidados que se los impiden. Y también existen quienes tienen más hijos de los que deseaban, particularmente cuando enfrentan barreras para acceder a anticonceptivos o ejercer plenamente sus derechos reproductivos, según explica Garduño.
Mandujano-Salazar considera que las políticas pronatalistas no pueden ser la única respuesta. El objetivo, plantea, tendría que ser doble: que quienes desean tener hijos no tengan que renunciar a ellos por falta de dinero, vivienda, empleo o cuidados; y que quienes no desean tenerlos puedan desarrollar su proyecto de vida sin ser señalados como responsables de una supuesta crisis demográfica.
Para Itzel, la decisión ya está tomada. No quiere ser madre y no espera cambiar de opinión para cumplir con una expectativa familiar o social. Para otras personas, en cambio, el problema es no poder tener los hijos que desean. Entre unas y otras historias hay una misma pregunta: qué tan libre es una decisión cuando las condiciones para ejercerla no están garantizadas.
La verdadera discusión sobre la fecundidad, como plantea el informe del UNFPA, no debería ser cómo hacer que las personas tengan más hijos, sino cómo garantizar que puedan decidir si quieren tenerlos, cuándo y cuántos, sin que el dinero, el trabajo, la falta de cuidados o las expectativas sociales decidan por ellas.






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