Culiacán, Sinaloa.- Cuando Mia Maylin Morachis Acosta llega por las mañanas a casa de sus abuelos, hay dos cosas que hace casi de inmediato: prende el aire acondicionado y busca el teclado. Después se sienta a tocar. Lo hace todos los días, incluso cuando tiene otras actividades. Para ella, la música es una pasión que comienza a tomar forma en un escenario.

Tiene 18 años, canta, toca el piano y aprende idiomas. También tiene el sueño de convertirse en pianista de una sinfónica.

Su historia comenzó de otra manera. Mia nació prematura, a los siete meses de gestación, y fue diagnosticada con parálisis cerebral. Tania Cuiquete, su madre, recuerda que los médicos le advirtieron que su hija no podría caminar, hablar, comer sola ni ser independiente.

“Obviamente salí llorando, asustada, pero yo creo que no tuve tiempo para caer y solamente reaccioné”, cuenta Tania.

La primera cirugía de Mia ocurrió a las pocas horas de nacer, debido a una hernia diafragmática. Después vinieron otras tres intervenciones, además de estudios médicos, terapias y consultas. Mientras buscaba alternativas para acompañar su desarrollo, Tania también comenzó a reconocer aquello que despertaba el interés de su hija.

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Tania no se detuvo y busco alternativas para ayudar a Mia a desarrollar habilidades.

Desde pequeña, Mia cantaba. La música en inglés que escuchaba su madre también se convirtió en parte de sus gustos. Más adelante manifestó que quería aprender a tocar el piano, aunque para Tania había una dificultad evidente: la motricidad fina era una de las áreas que más trabajo le costaba a su hija.

“Yo dije: ‘Bueno, pues, ¿quieres piano? Pues vamos a darle piano’”, recuerda.

Mia comenzó sus primeras clases entre los ocho y nueve años, pero no fue sino hasta que conoció a la maestra Suzette cuando su interés se transformó en una práctica cotidiana. El teclado dejó de ser únicamente un instrumento para las lecciones y se convirtió en el lugar al que regresaba por gusto propio.

Tania notó que su hija tocaba a todas horas. La disciplina y las ganas de aprender comenzaron a acompañar un deseo cada vez más claro. Un día, Mia le dijo que quería tocar el piano. Después precisó que lo quería hacer en una sinfónica.

El primer paso fue un recital de alumnos de su maestra. Durante el ensayo, Mia se quedó inmóvil por unos instantes frente a un piano de cola. Volteó a ver a su madre, quien le hizo una seña que ambas conocen: respirar profundo y comenzar cuando estuviera lista.

Mia respiró, se enderezó y empezó a tocar.

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Mia no solo toca el piano, también canta y habla inglés. Además, está aprendiendo coreano.

El día del recital también sintió nervios. Su cuerpo temblaba cuando llegó el momento de subir al escenario, pero recordó las palabras de su madre: divertirse, relajarse y disfrutar lo que le gusta. Al final, además de tocar, cantó.

En agosto, esa experiencia dio paso a un concierto organizado a su medida. La idea surgió en familia y tomó forma con la ayuda de sus maestras, músicos y personas cercanas. Mia eligió las canciones, decidió con cuál comenzar y cuál reservar para el final. También pidió acompañamiento de guitarra, violín, batería y bajo, e invitó a Julio, un cantante que había conocido en el recital, a interpretar algunas canciones con ella.

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Mia brindó un concierto donde lo recaudado lo usó para irse de vacaciones.

La presentación reunió a familiares, amistades y vecinos. Pero el concierto tenía otro propósito además de compartir su música: Tania quería que su hija descubriera que aquello que disfruta también puede ayudarle a construir independencia.

Por eso, establecieron una cuota de entrada y acordaron que el dinero recaudado sería para un viaje que Mia quería hacer. La idea era mostrarle que su trabajo y su talento podían acercarla a sus propias metas.

Para Tania, acompañar a su hija también significa aprender a reconocer sus tiempos, cuidar sus necesidades físicas y darle espacio para tomar decisiones. No se trata de apresurar los pasos, sino de ayudarla a descubrir qué quiere hacer con ellos.

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Para Tania, Mia es su motor de vida.

Mia, por su parte, tiene un consejo para quienes también sueñan con tocar un instrumento.

“Que no se tienen que rendir y que tienen que relajarse. Y que lo importante de todo es divertirse y disfrutar”.

El próximo concierto, si todo sale como esperan, será el año siguiente. Mia ya eligió la primera canción, aunque todavía guarda el secreto de cuál es y que otras acompañaran el repertorio.

Por ahora, cada día que se sienta frente al teclado es una oportunidad para seguir practicando. Su sueño es llegar a una sinfónica. El camino, como ella misma ha comenzado a demostrar, también se construye en casa, nota por nota.

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