Culiacán, Sinaloa.- A Antonio Carbayo lo conocí por Facebook. Una publicación en la que denunciaba la basura arrastrada por las últimas lluvias en la capital sinaloense llegó hasta mí.

Fue a través de un mensaje que aceptó que lo acompañara en el recorrido diario que realiza desde hace más de seis años.

El “profe”, como lo llaman los transeúntes que ya lo conocen, toma un autobús hacia el centro de Culiacán. Se baja en La Parisina y llega cargando una mochila con bolsas de semillas. Las primeras en recibirlo son las palomas y los gorriones que habitan en la urbe.

“Hay muchos mitos sobre ellos, la gente dice que tienen enfermedades, pero es un error eso. Todos los animalitos merecen amor”, alega Carbayo mientras sostiene una paloma blanca. “Es albina, por eso es diferente a las demás”.

Mientras alimenta a las palomas, algunos culichis se acercan curiosos ante lo que parece la representación del hombre paloma de ¡Hey, Arnold!, una caricatura de los años noventa. Piden permiso para participar en la alimentación de las aves y tomarse una foto del recuerdo. Él, sin muchos ademanes, accede.

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Incluso recibe una cooperación voluntaria de un ciudadano que pasa por ahí y queda maravillado con semejante espectáculo.

“Le ayuda uno con lo que se pueda, debería haber más gente que se preocupe por los animalitos”, dice el transeúnte.

Antes de concluir esta primera parada, el profe saca de su mochila un pequeño botiquín. Guarda antibiótico, desinfectante, unas tijeras pequeñas y unas pinzas.

“Cada que las alimento, las reviso para ver si no traen hilos enredados en sus patas, esos les pueden provocar amputaciones y malformaciones. Entonces las alimento y las observo. Si alguna trae algo, trato de atraerla para que venga y quitarle ese hilo”, explica.

El recorrido continúa hacia el Mercado Municipal Gustavo Garmendia.

Esta mañana, además de alimentar a las palomas y los gorriones, visitará a los perros que habitan en el Parque Las Riberas, así como a las iguanas, las ardillas, los chanates, los pájaros carpinteros y otras aves de la zona.

Aunque Carbayo realiza esta actividad por su cuenta, los locatarios del mercado se suman a la causa. Algunos le hacen descuentos, otros le ponen producto de más e incluso hay quienes le regalan aquello que para los humanos parece desecho, pero que para los animales es un manjar.

En la Carnicería Abraham compra huesos cortados para que los perros los mordisqueen, además de restos de carne y pellejo. Es lo que le alcanza.

“Aquí está, profe, lo de siempre”, dice el locatario.

“Siempre me dan de más, gracias”, le contesta Carbayo mientras guarda el alimento en una bolsa ecológica que lleva en su mochila.

El recorrido continúa y ahora toca visitar las fruterías. En Frutas y Verduras Guillermo le guardan hojas de lechuga que ya no se venden y están en sus últimos días. Ni siquiera necesita pedirlas. En cuanto lo ven llegar, el locatario saca un costal repleto de la hortaliza.

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Por último, visita el negocio Especias, Semillas y Abarrotes La Morena, donde compra el alimento para las aves.

“Aquí me la dan bien barata a mí y ya con eso me llevo varias para todos los pajaritos. Ahorita los vas a ver”, relata emocionado.

Al dejar el mercado, el profe necesita hacer una última parada antes de llegar al parque. Entra al supermercado Ley ubicado sobre la avenida General Domingo Rubí. En este espacio parece un rockstar: gente de distintas partes se acerca, lo saluda y lo reconoce. Saben que va por las zanahorias.

Carbayo toma varias; tienen que alcanzar para la multitud de iguanas que habita en Las Riberas. Llega con su cajera de confianza, quien le hace un descuento especial.

Después de casi hora y media de recorrido, comienza a alimentar a los animales que se cruzan en su camino. Pero todavía falta una parada antes de llegar de lleno con ellos.

Llega a Forum por un café, saca su pelapapas y comienza a preparar las zanahorias.

“Las iguanas no mastican, por eso hay que rallar la zanahoria para que se la puedan comer”, explica.

El proceso le toma casi 40 minutos. Mientras trabaja, relata qué lo ha llevado a mantener este recorrido. Habla de cómo se ha convertido en su rutina diaria. De lunes a domingo visita sin falta a los animales, toma fotografías de su labor y graba videos de situaciones que lo afligen, como el exceso de plásticos en la zona. Después comparte sus denuncias en su perfil de Facebook, el mismo que me llevó hasta él.

También cuenta cómo esta actividad lo obligó a investigar sobre biología. Él admite que no es biólogo, pero eso no significa que carezca de conocimientos.

“Leo mucho, he aprendido sobre las iguanas, sobre las aves. Se sorprenden porque se me acercan y no me hacen nada. Y las observo, las observo mucho porque de ahí compruebo lo que leí”, relata mientras sigue rallando la zanahoria con pericia.

En el café le guardan sus bolsas para que no cargue tanto peso. Desde ahí se dirige primero a la zona ubicada detrás de lo que fue el Casino Copacabana. En ese sitio están los perros que, según cuentan las autoridades, han sido abandonados y han formado jaurías.

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Alimentarlos busca evitar que pasen hambre y, con ello, que ataquen a la fauna silvestre, como las iguanas.

“Yo no sé si los abandonan, no lo he podido comprobar, pero sí sé que a nadie le importan”, lamenta.

“¡Ven! ¡Ven!”, grita al aire. Un grupo de al menos cinco perros es el primero en acercarse.

Todos mueven la cola. Saben quién es y a qué va. No lo atacan. Se muestran cautelosos, pero confían en su presencia y, por ende, en la de esta reportera que se sumó a la labor de un solo hombre.

Más de 10 perros alcanzan a probar bocado, pero todavía queda camino por recorrer.

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El profe regresa al restaurante donde toma su café, paga la cuenta y recoge el resto de las bolsas. Ahora tocan las iguanas. Así como llamó a los perros, las llama a ellas.

Decenas comienzan a bajar de los árboles. Las personas que disfrutan de sus alimentos en las mesas y bancas del parque sacan sus celulares. Es un espectáculo.

Tortillas, lechuga y zanahoria: eso comen las iguanas. Las semillas son para las aves; los cacahuates y las verduras, también para las ardillas. En las cortezas de los árboles coloca otro tipo de semillas para los pájaros carpinteros. Los chanates y los gorriones también comen del alimento que lleva.

Mientras los animales comen, el profe recoge los plásticos que dejan abandonados algunos ciudadanos, a quienes considera insensibles e irresponsables. Las iguanas, en ocasiones, los confunden con alimento.

“Las he perseguido y logro quitárselas, pero a veces no se puede. Es malo para ellas y ahí dejan su cochinero sin pensar en ellas”, dice.

El área que visita diariamente, salvo cuando sale de la ciudad por motivos personales, comprende desde el puente de la avenida Álvaro Obregón hasta la zona cercana al puente Teófilo Noris.

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En el profe existe un único temor, uno muy humano: irse y que nadie se haga cargo de los animales.

“Todos los animales merecen amor, todos… Pero, pues, no ha llegado gente. A veces se acercan, les explico, aprenden, pero me gustaría que alguien se hiciera responsable. A veces salgo fuera de la ciudad y los dejo solos. Yo hago lo que puedo”, concluye.

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