MC. María del Refugio Manjarrez Montero

Vicepresidente del colegio de economistas del estado de Sinaloa.

El consumo privado en México, uno de los motores más relevantes de la demanda agregada, parece haber entrado en una fase de aparente estabilidad. Sin embargo, detrás de los datos recientes del Indicador Oportuno del Consumo Privado (IOCP) se esconde una realidad menos alentadora: el dinamismo del gasto de los hogares se está debilitando.

Las estimaciones para febrero y marzo de 2026 anticipan un crecimiento anual de apenas 2.1%, con una variación mensual de 0.2% en febrero y prácticamente nula en marzo; lo que, a primera vista, estos números podrían interpretarse como una señal de resiliencia. No obstante, en términos económicos, reflejan algo más preocupante: una economía que ha perdido impulso y que depende cada vez más de inercias, no de motores reales de crecimiento.

El consumo no solo mide la capacidad de gasto de los hogares, sino también su confianza; porque cuando las familias consumen menos o frenan su ritmo, el mensaje es claro: hay incertidumbre. La cual puede estar vinculada a múltiples factores estructurales: estancamiento salarial, persistencia de la inflación en ciertos rubros, endeudamiento creciente o simplemente expectativas negativas sobre el futuro económico.

El propio comportamiento mensual es revelador, al mostrar un crecimiento de 0.2% seguido de un estancamiento sugiere que el consumo ha dejado de expandirse de forma consistente. Es decir, no estamos frente a una desaceleración abrupta, sino ante un agotamiento progresivo; y este tipo de dinámica es más peligrosa porque suele pasar desapercibida en el discurso oficial, pero termina afectando de manera más profunda el ciclo económico.

Además, el nivel del índice (112.4 puntos base 2018) indica que, si bien el consumo se ha recuperado tras los efectos de la pandemia, lo ha hecho de forma desigual y con una trayectoria cada vez más plana. La gráfica histórica muestra que los picos de crecimiento han quedado atrás, dando paso a una tendencia de baja intensidad.

El verdadero problema no es que el consumo crezca poco, sino que no existen señales claras de que pueda acelerarse. Sin inversión robusta, sin mejoras sostenidas en el empleo formal y sin políticas que reduzcan la vulnerabilidad de los hogares, el consumo seguirá moviéndose en una zona gris: ni en crisis abierta, ni en expansión sólida.