Por Ana Luisa Catoral /
En Oaxaca no existe, según el gobierno federal, un incremento sostenido de la violencia, la afirmación se apoya en la lectura de indicadores agregados, pero no coincide con la evidencia reciente en distintas regiones del estado ni con la dinámica de hechos armados que se han concentrado en zonas específicas.
La distancia entre los datos globales y lo que ocurre en el territorio plantea un problema, según ellos, de interpretación que no es menor.
Sin embargo, en paralelo, el gobierno de Salomón Jara reconoce una “descomposición social muy fuerte” y admite el reclutamiento de menores de edad por parte de la delincuencia organizada. Y esa sola admisión, cambia el nivel del análisis.
Ya que no se trata de percepción ciudadana ni de interpretación política, sino de algo grave como la incorporación de adolescentes a estructuras criminales con operación sostenida en territorio.
La posición federal sostiene que lo ocurrido responde a “casos específicos”. Sin embargo, la repetición de eventos violentos en regiones como el Istmo de Tehuantepec, particularmente en Juchitán de Zaragoza, muestra un patrón que no puede reducirse a episodios aislados. Los ataques armados con múltiples víctimas y la presencia de jóvenes entre los afectados apuntan a dinámicas más estructuradas que circunstanciales.
En Juchitán de Zaragoza, los hechos recientes incluyen asesinatos de jóvenes en ataques directos en un contexto de creciente preocupación social, la secuencia no es homogénea ni dispersa; se concentra en un territorio con condiciones históricas de vulnerabilidad institucional y conflictos sociales acumulados.
El punto de mayor gravedad no está únicamente en los homicidios registrados, sino en los indicadores que suelen anticipar procesos de control criminal más profundo como el reclutamiento de menores, economías ilegales en expansión y debilitamiento del tejido comunitario.
Cuando adolescentes de 14 o 15 años ingresan a estas estructuras, el fenómeno ya no se encuentra en una fase inicial pues es evidente que existe organización, capacidad de permanencia y sustitución de referentes sociales.
Las cifras nacionales pueden mostrar estabilidad relativa en el agregado, pero no reflejan con precisión lo que ocurre en territorios donde la violencia se concentra y se adapta. Esa diferencia entre promedio nacional y realidad local es la que hoy define la discusión.
El riesgo no está en el número absoluto de homicidios, sino en la forma en que la violencia se reorganiza en espacios específicos. La lectura exclusivamente estadística puede retrasar la identificación de procesos que ya están en curso en el territorio.
Oaxaca no presenta necesariamente un incremento uniforme de violencia en todo su territorio. Presenta, en cambio, zonas donde los indicadores sociales y de seguridad muestran deterioro simultáneo, como la presencia criminal, reclutamiento de menores y episodios armados recurrentes, que además son ampliamente difundidos.
La discusión no se resuelve en la afirmación de si existe o no un repunte generalizado, sino ante todo en la capacidad de reconocer qué sí está ocurriendo, y que se presenta en lugares donde la violencia ya opera con lógica propia, independientemente de la narrativa estadística nacional.
Este trabajo fue realizado por El Muro MX, que forma parte de Territorial, Alianza de Medios. Para consultar el contenido original, dar clic aquí.

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