Para Melina Maldonado, el mar no se nombra desde el trabajo ni desde la pesca, sino desde la lengua y la memoria. En la cosmovisión yoreme mayo, el Baahue Annia significa Mundo de Mar, símbolo de la fuente de vida marina y espiritual. No es un paisaje ni un recurso, sino un espacio de coexistencia. “No puedo pensar en mi vida sin el mar. Es mi familia, salud, medicina y esperanza”, relató. Desde esa relación nace el cuidado del océano y de su costa, como una forma de permanecer en el territorio, donde la defensa del ecosistema y la comunidad forman parte de un mismo proceso.
Es pescadora, artesana, estudiante de derecho y socióloga rural, originaria del campo pesquero Lázaro Cárdenas, una comunidad Yoreme ubicada entre la sierra y el mar. En el 2025 las jornadas de Melina han transcurrido entre salidas al mar para el monitoreo de tortugas y delfines en la bahía de Ohuira y la habilitación de un centro de información en el campo pesquero Lázaro Cárdenas, al norte de Sinaloa. A bordo de la embarcación familiar, su trabajo se ha enfocado en registrar y liberar ejemplares.
Melina realiza monitoreos de la tortuga marina en la bahía de Ohuira, en coordinación con el Grupo Tortuguero de las Californias y el Centro de Investigación y Desarrollo Integral del Instituto Politécnico Nacional (CIIDIR). Son recorridos diurnos y nocturnos a bordo de embarcaciones locales para la captura temporal de ejemplares, a los que se les colocan marcas de identificación, se les toman medidas morfométricas y muestras biológicas para, posteriormente, liberarlos en el mismo sitio.
Desde muy pequeña, Melina se involucró en acciones de cuidado ambiental dentro de su propia comunidad, primero de manera informal y después a través de procesos organizativos. La relación cotidiana con el mar y la observación directa de los cambios en la bahía determinó una ruta de trabajo que combina conocimiento local, gestión comunitaria y colaboración con instancias externas.
Melina ha desarrollado la capacidad de identificar señales de enfermedad en campo, lo que permite activar de inmediato el acompañamiento de especialistas y el seguimiento de los casos detectados. El trabajo de monitoreo se sostiene, en buena medida, por la relación directa que Melina ha construido con pescadores de su comunidad. A partir del diálogo constante y de la presencia cotidiana en la bahía, algunos pescadores entregan tortugas capturadas de manera incidental para su registro y liberación, en lugar de consumirlas.
Este proceso implicó acuerdos informales, acompañamiento cercano y la generación de confianza, especialmente en un contexto donde la pesca representa la principal fuente de sustento. Con el tiempo, la información compartida durante los monitoreos sobre la salud de los ejemplares, la presencia de enfermedades y los riesgos asociados, circuló dentro de la comunidad, lo que derivó en una mayor disposición a colaborar y en la incorporación paulatina de pescadores que antes realizaban capturas dirigidas y que hoy participan en acciones de conservación.
“Ahora hay gente de la comunidad que me llama y me dice ‘oye Melina sacamos una tortuga sin querer, ven a tomarle las muestras’ y eso para mí es un avance muy grande para la comunidad y mi labor.”

Melina maldonado. Foto: Luis Brito
Como parte de ese mismo proceso, Melina impulsó la consolidación del Centro de Información Ambiental en su comunidad en 2025, un espacio destinado a la educación ambiental y a la socialización del conocimiento generado en la bahía. El proyecto se gestó a partir de actividades previas en escuelas y espacios públicos, donde impartía charlas sobre manglares, especies marinas y áreas naturales protegidas, y evolucionó hacia un módulo fijo que hoy funciona como punto de encuentro comunitario.
Para su instalación, Melina donó un terreno de su propiedad, lo que permitió contar con un aula permanente desde donde se realizan talleres, proyecciones audiovisuales y actividades prácticas dirigidas principalmente a niñas y niños de la comunidad.
Con el paso del tiempo el Centro se ha incorporado de manera paulatina a la vida cotidiana del lugar. Las infancias lo identifican como un espacio propio para aprender del mar y del territorio que habitan, mientras que familias y personas mayores se acercan para conocer y participar en las actividades.
La existencia de un lugar fijo permitió que la educación ambiental dejara de depender de gestiones ocasionales en escuelas o de actividades itinerantes en playas, y se convirtiera en un proceso continuo. Al mismo tiempo, el Centro ha despertado el interés de personas de comunidades pesqueras cercanas, que se han acercado para conocer el esquema de trabajo comunitario, los monitoreos y las formas de organización que se han desarrollado en torno al cuidado de la bahía.
De cara a los próximos años, Melina plantea que estos espacios no dependan de una sola persona, sino que sean sostenidos colectivamente y se conviertan en referentes para otras comunidades costeras que enfrentan problemáticas similares. En paralelo mantiene su participación en la organización comunitaria frente a proyectos de plantas de amoníaco que podrían impactar la bahía, así como en la gestión de alternativas que permitan sanear el ecosistema y asegurar la continuidad de las formas de vida locales.
Desde esa experiencia, Melina define la sustentabilidad como una práctica cotidiana que permite a las comunidades seguir viviendo del mar sin agotarlo.
“Es vivir, consumir y llevar economía a nuestra casa sin terminar el recurso”, explicó, al señalar que se trata de un principio aprendido en la práctica y no de un concepto externo.
Para ella, el aprovechamiento responsable de los recursos marinos forma parte de una forma de vida heredada, donde la pesca, la artesanía y el cuidado del entorno están estrechamente vinculados.
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Este trabajo fue realizado por Causa Natura. Para consultar el contenido original, dar clic aquí.

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