El lunes 4 de mayo, por la tarde, los alumnos de la Escuela Secundaria Técnica No. 85 se reunieron bajo la techumbre principal.
Portaban una rosa blanca en una de sus manos, mientras que con la otra limpiaban sus ojos de las lágrimas que enrojecían sutilmente sus narices.
Estaban por rendir homenaje a su profesor de Español, el profe Andrey Padilla, quien había sido asesinado durante la mañana del 2 de mayo.
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Originario del municipio de Badiraguato, pero radicado principalmente en Culiacán, era un joven de 35 años, fanático de la escritura y a quien personas cercanas describían como responsable, soñador “en el gran sentido de esa palabra” y dedicado a su trabajo en formar nuevas generaciones de jóvenes que encontraran en la literatura una afición o algo más que eso.
Andrey Padilla Palafox era uno de los profesores más jóvenes que formaban parte del equipo docente de la escuela. Había llegado apenas cuatro años atrás a la ETI No. 85.
Durante ese tiempo, se distinguía por una personalidad seria, pero amable, que se iba abriendo poco a poco conforme pasaban los meses y los años dentro del plantel.
El maestro había cursado la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Sinaloa, por lo que impartía materias relacionadas con el Español, principalmente a alumnos de tercer grado.
Al pensar en Andrey, pocas personas pueden recordar cómo era su rostro enojado. Era raro verlo de ese modo.
Era mediador cuando surgía algún problema o alguna situación con los alumnos.
No se quejaba, dicen sus compañeros; enseñaba con diálogo.
Su trabajo como maestro no terminaba en la ETI 85. También impartía clases en la Escuela Secundaria Técnica No 90 y en la Secundaria Técnica No 19, todas ubicadas en puntos distintos de la ciudad de Culiacán: la primera en el sector Barrancos, la segunda en las periferias de la colonia Santa Fe y la última dentro de la sindicatura de El Tamarindo.
Aunque se desconoce cómo tenía distribuidos sus horarios, durante mucho tiempo, a todos estos planteles llegaba utilizando el transporte público.
Fue hasta hace poco que había logrado conseguir un auto propio.
Ese mismo auto en el que fue atacado a balazos y localizado sin vida.
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Según la reconstrucción de los hechos, Andrey conducía por la avenida Obrero Mundial, en la colonia 10 de Abril, ubicada en el sector Rincón del Humaya, al norte de la ciudad de Culiacán. Viajaba solo.
Su auto, de la marca Mazda, parecía, por las imágenes capturadas por periodistas de nota policiaca, un sedán de modelo reciente, color blanco.
Circulaba por dicha avenida cuando, a pocos metros del cruce con la calle Jade, fue atacado a balazos por un grupo de sicarios que abrieron fuego contra el vehículo en repetidas ocasiones, privándolo de la vida.
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La cara sonriente de Andrey permanece en una pequeña fotografía, colocada sobre un altar improvisado por sus compañeros docentes de la ETI 85 y algunos alumnos que alguna vez respondieron a su llamado en la lista de asistencia.
El altar está decorado con flores blancas y pancartas con las portadas de los libros que había escrito.
Porque otra de las cosas que destacaban de Andrey no era solo su trabajo como docente, sino también como escritor de novelas cortas y cuentos infantiles, como su obra más reciente, “Bejita”, la historia de una oveja perdida en la selva, idea nacida de una chispa de su infancia que retomó en 2017.
Fue por esta obra que, el 23 de abril, en la misma plaza donde ahora se le rinde homenaje, la escuela organizó un reconocimiento a su trabajo como escritor.
El acto lo tomó por sorpresa; no imaginaba recibir ese detalle.
Su asombro nacía de no terminar de creer que aquello era algo que él había logrado.
Los profesores narran que los estudiantes ya no lo veían solo como el profe: lo miraban con la emoción con la que se conoce a un artista local, a alguien que parece lejano y, de pronto, se vuelve cercano.
Sin embargo, dicen, siempre se mantuvo con los pies en la tierra.
“Se fue sin creerse o imaginarse cuál tan grande él era”
Ahora, la misma semblanza con la que una vez celebraron su vida, la reconstruyen después de su muerte, pero ahora leerla cuesta trabajo.
Con aquel escritorio, hoy convertido en altar, con flores blancas y mensajes que ya no serán leídos, despidieron al maestro sonriente de la materia de español.

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