Mazatlán, Sinaloa.- Israel recuerda aquellos días como si fueran una marea vieja que aún regresa a golpearle la orilla de la memoria. Era apenas un adolescente cuando comenzó a enfrentarse a las puertas cerradas del norte.

El consulado gringo le negó una y otra vez la visa. Pero Israel no quería cruzar fronteras de tierra firme. Su mundo ya estaba trazado en otra geografía: una tabla de surf y el mar.

A los 17 años, mientras otros buscaban rutas escolares o trabajos de verano, él ya había elegido el océano como destino fijo. Su vida, desde entonces, no ha cambiado de coordenadas: sigue ahí, flotando entre la espuma, como si la existencia cupiera en el vaivén de una ola.

“Quería ser profesional de surf y me negaron muchas veces la visa. Nunca me dejaron pasar a competencias en Estados Unidos. Esto es parte de mi vida diaria”, dice.

No hay rencor en sus palabras, sino con la naturalidad de quien aprendió a convivir con la puerta cerrada y lleva más pasos sobre la arena que los pisos o las carreteras.

SAYULITA

Cada negativa lo regresaba a Sayulita, su pueblo en Nayarit, con un sabor amargo en la boca. Era una derrota, mezcla espesa de coraje y frustración. Se le prendía como un quemador.

Hasta que un día dejó de mirar hacia afuera y decidió voltear hacia adentro. Si no podía ir a los torneos en el gabacho, entonces el mundo tendría que venir a Sayulita.

ROBAR TABLAS

Israel aprendió a surfear robándoles tablas a los gringos que llegaban a Sayulita. Él no tenía tabla. Aprovechaba un descuido de los güeros y se metía al mar. Así empezó todo: con un robo pequeño y entonces encontró la libertad en la cima de una ola.

“Es algo que ya nunca vas a poder olvidar. Desde la primera ola que agarré tuve la sensación de que ya no iba a dejar de surfear”, afirma.

Lo dice como quien recuerda el primer amor o el primer golpe de realidad. Es algo que no se explica, solo se queda adentro, conviviendo.

SURFEROS

En Sayulita, el surf no es una actividad, es una respiración colectiva. El pueblo entero parece moverse al ritmo del mar.

Israel lo describe como un lugar donde la sal no solo está en el agua, sino en la forma de caminar de la gente.

“Es el pueblo más surfero de México, después de Puerto Escondido. De Sayulita han salido campeones nacionales de surf en todas las categorías. Ahora sí que se respira surf ahí. Lo que es Punta de Mita y Sayulita. Hay mucho contacto con surfistas profesionales que llegan”.

Y de esa respiración nació una idea que parecía imposible: crear su propio torneo. “Como me negaban la visa, me dije: un día voy a hacer una competencia internacional para abrir las puertas a otras personas y dar a conocer la belleza de México”.

MEXI LOG FEST

Así nació el Mexi Log Fest. Un nombre que es competencia y manifiesto. “Log”, como la tabla larga, clásica, donde el surfista camina como si transitara un equilibrio antiguo. “Fest”, como la fiesta que se desborda más allá del resultado deportivo. “Mexi”, como la raíz: México, sus playas, su identidad, su forma distinta de entender el mar.

El festival empezó en 2015 en Sayulita, casi como un experimento lanzado al océano. Luego migró a Punta Mita, después a La Saladita en Guerrero, a Puerto Escondido, y desde hace tres años encontró casa en Mazatlán, en la playa Pinitos.

Con el tiempo, lo que comenzó como una idea local se volvió un punto de encuentro global.

Hoy, tras 11 años de este evento, Israel ha logrado algo que en su juventud parecía imposible. Ha traído a surfistas de todas las latitudes: desde Nueva Zelanda a Guatemala, de Uruguay a Hawái. De Suecia, de Australia. De Estados Unidos, Uruguay, Francia, Brasil, China, Filipinas y Canadá.

El mar, que antes era frontera, ahora es puente. Y una tabla conecta a las naciones.

“Agarras una tabla, te metes al mar, te subes a la ola y te desconectas de todo y no piensas en nada, te enfocas en el momento. Es una sensación en la que no estás pensando en nada. La única manera que puedes desconectarte de cualquier cosa, si te está yendo mal”, dice.

Una ola, sin embargo, es breve.

¿Pero cuánto dura una ola, Israel, un minuto, un minuto y medio?, se le pregunta si ese instante no es demasiado corto para tanto alivio.

“Con un segundo es suficiente”, responde Israel, un tipo que entiende que el tiempo es más equilibrio que horas.

Al final, Israel entendió algo que ninguna oficina migratoria podía decidir por él. Hoy, cada surfista extranjero que llega al Mexi Log Fest es, de alguna manera, aunque él no lo acepte, una revancha silenciosa contra aquellos años de rechazo.

Hay personas hechas para cruzar fronteras y hay otras tantas que construyen un mundo con una tabla de surf.

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