Mazatlán, Sinaloa.- Inés Calderón no encontró quién le cuidara al nieto y por eso carga con todo: los biberones, la pañalera, la carreola y el papel que desde hace días se volvió una amenaza doblada sobre la mesa: el recibo de la luz.

El calor ya se siente desde temprano, pegajoso. Inés carga al niño mientras espera el camión que termina llegando repleto. Nadie le cede el asiento. Hace casi toda la ruta al Centro de pie, sosteniéndose apenas y abrazando al bebé.

Poco después de las 7 de la mañana está afuera de las oficinas del Servicio de Administración Tributaria (SAT). Poco a poco comienzan a llegar los demás. El motivo los hermana rápido. Ahí todos se han congregado para protestar por los aumentos desmedidos en los cobros de energía eléctrica.

“Me aumentó un poco más de 2 mil pesos. No se me hace justo porque solo tengo un aire acondicionado, un ventilador, el refri. Lo básico. No tengo dos, tres minisplits. Vivimos tres personas en la casa: la mamá de él (señala al bebé) y yo. Las dos nos salimos a trabajar todo el día”.

Habla librándose de culpas. Asegura que no consumió más luz de lo normal. Cuenta que el mes pasado le cortaron la electricidad porque no pudo reunir a tiempo los 997 pesos que debía. La luz se fue mientras ella trabajaba.

“Se me venció y en la mañanita fueron y me la cortaron. No me di cuenta porque andaba trabajando. Pagué como 170 pesos de reconexión”.

No fue tanto, se le comenta.

Pero Inés brinca de inmediato, como si le hubieran tocado una llaga.

“Para mi bolsillo sí es tanto porque apenas acababa de ajustar lo que tenía que pagar”.

Y así están casi todos ahí. Agraviados. Enojados. Con la sensación de que alguien les metió la mano al bolsillo sin permiso. Hablan de robo. De injusticia. Los testimonios se parecen demasiado. Los recibos se pasaron de mil 500 a cinco mil pesos, de dos mil a seis mil.

Cada historia es una cuenta doméstica deshecha. Un refrigerador que ahora parece un lujo. Y para esta gente un abanico en casa es casi una ostentación. Un aire acondicionado convertido en enemigo.

EL BLOQUEO

Ya son unos cuarenta manifestantes. Deciden bloquear la entrada principal del SAT. Llevan cartulinas y en las cartulinas las consignas. En esos papeles han dado forma a su coraje. Y empiezan los gritos.

En medio, Ian, el nieto de Inés, se asusta y llora y su abuela vuelve a la calle. Allá calma al bebé. Sus compañeros exigen tarifas justas. Piden que salga el encargado. Buscan respuestas. Los guardias intentan contener el acceso y empieza el jaloneo verbal.

Así se van las dos primeras horas, con unas nubes ensayando la lluvia.

El calor no se va

Inés también habla del calor. Del aire acondicionado que en su casa encienden casi con miedo.

“Nunca nos excedemos por lo mismo, porque nos quedamos solas, sin el apoyo de nuestros maridos, mi hija y yo. Trabajamos y lo que ganamos a la semana son mil 300, mil 400 pesos. Y si nos cae un día festivo la semana puede llegar de mil 750, nunca más de 2 mil”.

Ella trabaja en cocina. Su hija en la tortillería de una tienda departamental. Entre las dos sostienen la casa, al niño y los recibos de luz. Dice que invariablemente apagan el aire acondicionado a las tres de la mañana.

Del otro lado de la calle está Mario. No vino a protestar. Solo iba a hacer un trámite. Pero el plantón paralizó las oficinas. Se queda observando las pancartas, los reclamos, el ir y venir de la gente. Cuando entiende el motivo de la protesta da su visto bueno.

“El recibo pasado me llegó de 2 mil pesos, que es digamos lo que pago normalmente. Pero el que acaba de llegar es de 6 mil”.

DEDO EN LA BOCA

El tiempo pasa lento para los que están de pie. Nadie del SAT sale a atenderlos. Los guardias vigilan desde el otro lado del portón. Se dan chispazos de reclamos con personas que quieren hacer un trámite. Nada se sale de control. El nombre de Armando Leyva circula como una ausencia repetida, entre insultos y burlas.

Ian debe ir por su tercer biberón. Ya ha hecho de las suyas. Su abuela lo recuesta sobre el asiento de una motocicleta estacionada y le cambia el pañal. Es un niño tranquilo. Ya se ha acostumbrado al coro de consignas.

Inés sigue gritando y empujando la carreola. Las mujeres alzan las cartulinas, las pruebas del cansancio de muchas familias en Mazatlán.

Luego sale una comitiva al Ayuntamiento de Mazatlán. Sugey García dice que no lograron nada. Que solo les jugaron el dedo en la boca.

Casi a las 12 del mediodía deciden dejar el plantón en el SAT y se trasladan a la Comisión Federal de Electricidad, adonde protestaron el lunes pasado.

Inés empuja la carreola con el niño. Ian cumplirá un año este 23 de mayo, último día que tiene su abuela para pagar los más de dos mil pesos del recibo de luz.