Culiacán, Sin.- En ocasiones se llega a pensar en la diversidad sexual y de expresión de género es un fenómeno que pertenece a la mancha urbana y no tiene presencia en las comunidades alejadas de la mancha urbana. Sin embargo, esto es un mito.

La población LGBTTTQ+ también ha tenido presencia en las comunidades rurales e, incluso con mayor impacto, en las comunidades indígenas, pero históricamente se ha visto invisibilizada, afirmó Amaranta Gómez, antropóloga muxe, originaria de la región Zapoteca.

“No es que sea un producto de la casualidad ahorita, que estas identidades surjan, no, siempre han estado ahí, solo que crearon resistencias culturales, ¿no? que les hicieron guardar silencio por un lado y seguir superviviendo en el tiempo. Otras no tanto” dijo.

En entrevista para ESPEJO que la diversidad sexual no nació junto con el movimiento LGBT, nacido en 1969 en Estados Unidos, sino que existe desde antes de la colonización. Desde los pueblos originarios de distintas partes del mundo ya se hablaba de relaciones homosexuales o identidades alejadas del binarismo de género.

Sin embargo, con la llegada de la colonización y la imposición de la religión judeocristiana, muchas de estas expresiones de género tuvieron que verse oprimidas.

Un ejemplo en México, dijo, es en la cultura Zapoteca: están el tercer género Muxe, naciendo con el género masculino pero asumen roles, vestimenta, sociales o labores relacionados con el género femenino.

Aún desde la ruralidad, que no esta excluida de violencias, hay dinámicas sociales muy marcadas alrededor de las personas que forman parte de la población LGBTTTQ+, muchas veces, dice Amaranta, existen mecanismos de aceptación más sólidos que en espacios urbanos.

Algunos podrían darse a través de actos pequeños de socialización cotidiana: redes de amistad, apoyo familiar, reconocimiento comunitario o fiestas.

Romantizar lo urbano para vivir libremente una identidad diversa

Aunque suele asumirse que las grandes ciudades ofrecen mayor libertad para las personas de la diversidad sexo-genérica, Amaranta advirtió que estos espacios no necesariamente garantizan espacios seguros o una aceptación por parte de la sociedad.

La ciudad, dice, por sus dimensiones y sobre población, da una sensación de anonimato que crea la sensación de cierta libertad.

“Las ciudades grandes ofrecen la posibilidad de desarrollarse en una clandestinidad, porque viven en una ciudad tan grande que en cualquier colonia pueden desarrollar su identidad, pero es latente también el prejuicio”, señalo Amaranta.

Además, señaló que violencia sigue presente incluso en territorios considerados más progresistas. Para personas provenientes de comunidades indígenas o rurales, migrar a entornos urbanos implica enfrentar otras barreras como el racismo y el clasismo.

“No sé si hemos romantizado las ciudades para el desarrollo de una persona LGBTTTQI+ o hemos estigmatizado a las comunidades indígenas de que por automático, por ser indígenas, sean ignorantes o intolerantes… muchas veces las propias comunidades nos pueden dar lecciones mucho más avanzadas”, concluyó.

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