Alma Rosa Rojo Medina, fundadora del colectivo Voces Unidas por al Vida y de la Brigada Estatal de Búsqueda, fue atacada a balazos la tarde del 29 de agosto en la colonia Esthela Ortiz, al sur de Culiacán.

Se trasladaba en un carro con rumbo a una imprenta, donde había mandado imprimir unas lonas con el rostro de su hermano Miguel Ángel, quien fue desaparecido en el rancho Pueblos Unidos, en 2009. Eran las vísperas del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas y se preparaba para acompañar a sus compañeras al pie de un memorial en la Comisión Estatal de Derechos Humanos.

Alma Rosa sobrevivió al ataque y hoy lo cuenta:

“Yo había llegado del mandado. Llegué con las fotos enmicadas de mi hermano, con listones amarillos y me acordé que iban a cerrar la imprenta con las lonas. Ya eran la 1 pasadas. Antes de salir de la casa vimos cómo un muchacho en una motocicleta pasó por la casa hasta tres veces. Se paró en frente pero no nos imaginamos que ya nos esperaban”, cuenta la mujer mientras una de sus hermanas cura las heridas de su hija Yesenia, quien manejaba el vehículo en el que se trasladaba.

“Cuando ya íbamos, yo vi como que del lado del campito de futbol estaba un carro estacionado con unos muchachos. Pasamos por un lado y ellos aceleraron, y en eso veo que el carrito da la vuelta en U y luego nos lo topamos de frente. Se paró mi hija y se bajaron a tirarnos los balazos. Todos iban hacia mí”.

Alma Rosa llevaba a una de sus nietas en las piernas, una niña de 7 años. Detrás de ella aguardaba otra nieta, una adolescente de 12 años. Ambas menores sobrevivieron junto con su madre y abuela al ataque.

“Mi nieta que llevaba en las piernas puso las manos de frente, como queriendo parar las balas. Yo lo que hice fue agarrarla y hacerme a un lado, pero así me hirieron. La bala me cruzó el brazo y se quedó en la espalda”, narra.

“Fueron ocho disparos. Yo cubrí a mi nieta con mis brazos y luego vi a mi hija ver caer. Pensé que me la habían matado”

Una de las balas atravesó el brazo izquierdo de Alma Rosa, recorriéndole la parte trasera hasta que se quedó incrustada en la parte alta de la espalda. Solo se le ve un bulto pequeño, avisando que ahí está el pedazo de proyectil.

Alma Rosa pensó que su nieta que llevaba en las piernas había muerto en sus brazos o que la otra había sido herida en el asiento trasero, pero ambas niñas salieron ilesas. La más chica quedó con heridas superficiales, la otra encogió su cuerpo y se tiró al piso, sintiendo solo cómo las balas chocaban contra el asiento.

“Ya nos habían dejado de disparar, cuando una de mis nietas levanta la cabeza y nos volvieron a tirar dos balazos”, cuenta.

Yesenia quedó herida de su costado izquierdo. Alcanzó a tirarse al piso, pero una de las balas la tocó. Dice que antes había oído disparos y pensaba que sería uno de los sonidos que podrían dejarla sorda, pero ahora que es sobreviviente lo describe como algo que no se escucha, sino que solo se siente mientras recorre el calor en el cuerpo.

“Cuando se pararon los disparos, mi hija dio reversa y chocó contra un bulto de tierra. Escuchamos que se fueron y las dos pensamos que seguramente los hombres creyeron que ya estábamos muertas, que el carro se había ido solito para atrás”

Las mujeres escucharon que los hombres arrancaron el motor de su carro y fue entonces cuando las niñas se animaron y abrieron las puertas para correr hasta su casa. Ahí las esperaba una de sus tías.

Las cuatro mujeres se encuentran fuera de peligro. Alma Rosa y Yesenia repiten cada momento, tratando de entender por qué del ataque. No saben si fueron las vísperas por el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, la violencia exacerbada que hay en Culiacán desde hace dos años, que son mujeres y que las vieron indefensas. Solo hay certeza de algo, menciona Alma Rosa.

“Querían matarme”, dice, “pero Dios no me quería con él todavía”.

“Yo tengo la bala en la espalda, no me la pudieron sacar. Ahí me la dejaron los médicos. A ver si más adelante me la pueden quitar”