El anuncio de que el 20 de septiembre estará en Sinaloa la presidenta Claudia Sheinbaum, acompañada del Gabinete de Seguridad, está exento de la expectativa ciudadana de mejora de la estrategia de pacificacion debido a que la violencia golpea fuerte a un estado que ha visto venir en múltiples ocasiones a los más altos funcionarios de protección ciudadana y la narcoguerra continúa imparable.

Excepto que la visita presidencial sea antecedida por la reducción sostenida de delitos de alto impacto, y la estrategia contra la alta delincuencia presente ajustes acordes a la realidad de crimen y terror, la opinión pública da por hecho que la mandataria nacional sólo traerá la estadística oficial que habla de la reducción de homicidios dolosos, misma postura poco creíble que mostró en su segundo informe.

Si el gobierno mexicano insiste en ignorar las terribles consecuencias que recibe Sinaloa durante dos años por el enfrentamiento entre facciones del narcotráfico, entonces proseguirá en declive la esperanza de que retornen la civilidad y estabilidad perdidas bajo la también prolongada pasividad gubernamental.

El jueves 3 de septiembre, como todos los dias desde que inició el gran choque interno en el cártel de Sinaloa, reportó sucesos de violencia irrefrenable como el crimen contra una maestra y servidora pública en Escuinapa, el asesinato de dos personas en un autolavado de Culiacán, y el ataque armado en la colonia Rinconada del Valle, en Mazatlán, con saldo de dos hombres y una mujer ultimados.

Sin ser indispensable que venga Sheinbaum para que el Gabinete de Seguridad logre la tan anhelada paz, el enorme despliegue militar y policial tendrían que presentar resultados con o sin la visita de la presidenta. La nueva estancia de la mandataria en Sinaloa debe significar la voluntad impostetgable para lograr que la delincuencia organizada permita que las actividades legítimas de la sociedad y sus sectores sean normalizadas sin perder la vida en el intento.