Culiacán, Sinaloa.- En Algo Bien Lab hay cientos de rollos que fueron revelados, pero que sus propietarios nunca regresaron a recoger. Permanecen acumulados en el laboratorio como pequeños archivos de vidas ajenas que contienen viajes, reuniones familiares, fiestas y otros momentos que alguien decidió fotografiar para conservarlos.

Entre químicos, una caja de revelado, una máquina ampliadora y un tendedero del que cuelgan las películas recién procesadas, Andrés Rojo y Michelle Holanda trabajan para hacer visibles imágenes que permanecieron ocultas durante meses, años y, en algunos casos, décadas.

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Cientos de rollos se acumulan en el laboratorio.

Algo Bien Lab comenzó alrededor de 2021, cuando Andrés regresó a Culiacán y empezó a utilizar cámaras análogas. Al buscar un lugar para revelar sus fotografías, recorrió distintos establecimientos, pero la respuesta que encontraba era que ya no ofrecían ese servicio o nadie sabía realizar el proceso. En algunos casos, era sumamente costoso.

Ante esa ausencia, decidió aprender por su cuenta.

Empecé a revelar mis rollos. La gente, a veces, me hablaba o amigos me recomendaban con personas que querían revelar. Así fui revelando rollos de la gente y luego se convirtió en un laboratorio, un negocio de revelado y una tienda de fotografía”, contó.

Con el tiempo, Michelle se incorporó al proyecto. Aunque contaba con conocimientos básicos de fotografía por la carrera que estudió, Andrés le enseñó el proceso de revelado. Para ella, volver al formato físico permite comprender la manera en que las imágenes eran producidas y conservadas antes de la fotografía digital.

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Las fotografías pueden contener recuerdos familiares y momentos que, en algunos casos, tenían décadas sin ser vistas.

Mientras un teléfono celular permite tomar cientos de fotografías en pocos minutos, los rollos comercializados habitualmente ofrecen entre 24 y 36 exposiciones. Esa limitación, consideró Andrés, obliga a observar con mayor atención antes de disparar.

Al momento de tomar fotos en rollo, sí cuido o pienso más mis fotos y las aprecio un poco más. Con una cámara digital tomo hasta mil fotos en unas horas y de ahí selecciono cien. Siento que ayuda a ver las cosas con más detalle”, explicó.

Esa espera también forma parte de la experiencia, ya que, quien utiliza una cámara análoga no puede revisar inmediatamente si la fotografía salió como esperaba. Debe terminar el rollo, entregarlo y aguardar hasta que el proceso químico revele lo que quedó registrado.

En el laboratorio han recibido rollos que han estado guardados durante 20 o 30 años. Algunas personas se acercan durante los bazares sorprendidas de que el oficio todavía exista, mientras niñas y niños observan las películas y preguntan qué son. Para los adultos, esos objetos suelen despertar recuerdos de los antiguos establecimientos Kodak o de una época en la que revelar fotografías era una práctica cotidiana.

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Andrés Rojo inició a revelar imágenes para sí mismo, más tarde convirtió su pasión en un laboratorio.

Andrés y Michelle también han encontrado escenas inesperadas. En una ocasión recibieron un rollo con fotografías tomadas dentro de una morgue en Tijuana. En otra aparecieron imágenes en blanco y negro de un parto realizado en una alberca instalada dentro de una casa.

Cuando ves eso, me siento ajena, como si me hubieran transportado”, relató Michelle sobre el momento en que las imágenes comienzan a aparecer.

La mayoría de las veces, sin embargo, observan vacaciones, familias y momentos cotidianos. Incluso han llegado a reconocer en las calles de Culiacán a personas que antes conocieron únicamente a través de sus fotografías.

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Estos son los precios que actualmente maneja el laboratorio.

El proyecto también organiza recorridos fotográficos o photo walks, participa en bazares y acerca el revelado a otras personas mediante buzones donde pueden depositar sus rollos. Además, digitaliza fotografías y casetes, vende material fotográfico y reúne otros proyectos creativos, como talleres de pintura y figuras de cerámica.

Para ambos, Algo Bien Lab representa algo más que recuperar una técnica que parecía destinada a desaparecer. Es una invitación a detenerse, mirar con atención y conservar recuerdos fuera de una pantalla.

Eso es con lo que quizás quiero que la gente se quede del laboratorio: preservar el formato análogo, todo lo que podemos tocar, todo lo táctil. Me parece valiosísimo en estos tiempos”, expresó Michelle.

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