El rastreo por geolocalización debe estar siempre activo en el teléfono de Vanessa, de 18 años, nombre usado para proteger su identidad. Además, debe justificar cada una de sus salidas y tiene estrictamente prohibidos los permisos nocturnos. No está cumpliendo ningún castigo. Lo hace para darle un poco de tranquilidad a su madre, en medio de la violencia generada por el crimen organizado en Sinaloa.
En los últimos dos años, Vanessa siente que le han arrebatado un poco de libertad. Su vida se limita a la casa y la escuela. Los trayectos entre ambos lugares representan un respiro, aunque tampoco le permiten demorarse más de la cuenta. Nunca ha sido una joven problemática, pero las restricciones comienzan a agobiarla.
“Siempre tengo que tener el WhatsApp en el mapa porque ella tiene que ver dónde voy y a qué hora voy. Hasta quiere que le mande evidencia con una foto. Y cuando llego a la escuela, me dice: ‘Quiero un mensaje de voz tuyo, para saber que eres tú’”, detalló.
Si únicamente envía un texto, su madre le marca para averiguar que se encuentra bien. Desconfía de que alguien más pueda estar escribiendo los mensajes desde el teléfono de su hija. Tiene los números de sus compañeros y hasta de algunos maestros.
Vanessa asegura no sentir tanto temor por la violencia, pero reconoce tener estrés y ansiedad por las preocupaciones de su madre. “A ella le da mucho miedo que me llegue a pasar algo”, reitera.
En septiembre de 2024 comenzaron los ataques y enfrentamientos por la ruptura del Cártel de Sinaloa, luego de que Ismael “El Mayo” Zambada fue entregado a las autoridades de Estados Unidos en julio de ese año: fue secuestrado y entregado por Joaquín Guzmán López, uno de Los Chapitos. La incertidumbre llevó a Vanessa a terapia. Estuvo acudiendo durante un tiempo, pero luego, sin dar mayores explicaciones, decidió dejarla. Su madre también participó en algunas sesiones, aunque tampoco las continuó.
“Mi mamá todo el día se la lleva viendo redes sociales, informándose. Creo que eso también le ha afectado a ella y me ha afectado a mí porque ve todo tipo de noticias y a veces le entra el miedo”, insiste.

Foto: Jesús Bustamante
Las preocupaciones de la madre de Vanessa no son aisladas. Una exposición tan prolongada a la violencia, como la que se vive actualmente en la ciudad, sumada a los recuerdos de episodios como el Culiacanazo de 2019, pueden generar trastorno de estrés postraumático. No atender adecuadamente síntomas como la angustia y la ansiedad podría estar provocando problemas de salud mental, explica el investigador Tomás Guevara Martínez.
Para el fundador del Laboratorio de Estudios Psicosociales de la Violencia de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Sinaloa, la violencia que se vive actualmente es el colofón de un fenómeno que durante años se supo que podía ocurrir: permitir que el crimen organizado se incrustara en la sociedad. Lo que quizá no se dimensionó, señala, fue la magnitud de sus consecuencias.
Guevara Martínez advierte que uno de los enemigos silenciosos es el temor social. Para algunas personas ha significado modificar por completo su rutina; en los casos más graves, incluso optar por el encierro voluntario ante el miedo a convertirse en víctimas.
“Estamos hablando de un problema que se metió hasta la médula de esta sociedad. Lo que estamos viviendo es el efecto de esto. Hoy la gente vive en un terrible miedo de no poder salir”, explicó.
El 9 de septiembre de 2024, la tranquilidad de la madrugada se rompió con el estruendo de las balas disparadas desde fusiles de asalto en calles y avenidas de la ciudad. Desde entonces, los enfrentamientos entre Los Chapitos y Los Mayos no han cesado.
Durante las primeras semanas, hombres armados transitaban libremente por las calles. Se desplazaban en camionetas blindadas, portaban armas de grueso calibre, instalaban retenes y realizaban bloqueos carreteros. Todo ocurría frente a los ojos de una ciudadanía que aprendía, de golpe, a resguardarse.
Guevara Martínez describe esta última ruptura del Cártel de Sinaloa como la más sanguinaria, superando por mucho la batalla entre Joaquín “El Chapo” Guzmán y los Beltrán Leyva, iniciada en 2008. La violencia también comenzó a exhibirse de otras formas. Los cuerpos de las víctimas son colgados, mutilados, desollados o abandonados en lugares públicos. Después, las imágenes circulan a través de las redes sociales y llegan a miles de teléfonos.
“Sabemos que hace mal a la gente, pero la gente lo quiere ver, se quiere enterar, quiere casi casi ser testigo de esos sucesos, a pesar del impacto que puede tener en ellos, el impacto negativo”, señala el investigador.
2 mil llamadas de auxilio: la herida que no se ve
En los últimos dos años, las personas no sólo llaman a los números de emergencia para reportar hechos delictivos. Algunas también lo hacen para pedir ayuda. Hay quienes entran en crisis nerviosas después de escuchar disparos. Otras llaman después de haber visto un cadáver en la calle. Ante esta situación, las autoridades habilitaron un número de atención psicológica que posteriormente se convirtió en la Línea de la Salud Mental.
Durante su primer año de funcionamiento se recibieron 2 mil 199 llamadas: mil 504 fueron realizadas por mujeres y 695 hombres, con edades de entre 9 y 65 años, de acuerdo a un resumen ejecutivo obtenido a través de una solicitud de información pública.
El 58 por ciento de las llamadas se realizaron desde Culiacán, seguido de Mazatlán y Navolato, los tres municipios con más altos índices de violencia en el estado. Algunas personas hablaban para recibir primeros auxilios psicológicos; otras requerían intervenciones breves y atención de emergencias.
Ese primer año, 450 amas de casa llamaron a la Línea de la Salud Mental. También lo hicieron 188 estudiantes, como Vanessa; por ejemplo. Los principales diagnósticos detectados fueron trastornos de ansiedad y depresivos. Cerca de la mitad de estas personas atendidas dio seguimiento a su atención y pudo ser dada de alta.
Sin embargo, “las personas están enfrentando sin herramientas adecuadas sus trastornos de salud mental. La mayoría de los hablantes no cuentan con un tratamiento psicológico, médico ni psiquiátrico, lo que dificulta evolucionar con buen pronóstico en el padecimiento de cualquier trastorno de la salud mental o por adicciones”, se concluye en el resumen ejecutivo de la Línea de la Salud Mental.
En otro informe, con información más detallada sobre las llamadas recibidas, muestra que durante los primeros meses de 2026 la línea continuaba registrando una alta demanda y que los diagnósticos de ansiedad y depresión seguían predominando. Durante el primer trimestre del año se detectaron 14 personas con riesgo de dañarse a sí mismas o a terceros. Para el primer semestre, alrededor de 170 personas tenían ideación suicida.
Guevara Martínez insiste en que el problema puede ser mucho mayor porque hay personas que enfrentan estos síntomas sin recibir atención. A dos años del recrudecimiento de la violencia, considera necesario conocer cuál ha sido el verdadero daño emocional entre la población.
También plantea que las universidades deberían brindar atención psicológica relacionada específicamente con la violencia, tanto a estudiantes como a la sociedad, pues recibir terapia representa un gasto que muchas familias no pueden asumir.
“Se puede pasar de la situación psicológica a un daño fisiológico”, advierte.
Unos días antes de hablar con Vanessa, habían matado a una persona enfrente de su escuela. Los disparos se escucharon hasta su salón. Pocos minutos después, su teléfono comenzó a sonar. Era su madre tratando de averiguar cómo estaba.
“No me preocuparon los balazos, pero me sentí insegura. Estaba en la escuela y a un lado eso (un muerto)”, recuerda.
No era la primera vez que la violencia ocurría tan cerca de ella. Meses antes observó a un grupo de hombres armados mientras intentaba privar de la libertad a una persona.
Por eso, cada vez que Vanessa sale de su casa, su madre intenta protegerla como puede. La acompaña hasta la parada del transporte público llevando un bat de béisbol, dispuesta, si fuera necesario, a enfrentarse incluso a criminales armados.
La familia ya tomó una decisión más drástica con uno de sus hermanos adolescentes, enviándolo fuera de Sinaloa. Lo que era una decisión temporal, ahora parece una situación permanente, pues ha debido continuar sus estudios en otra entidad. Vanessa, en cambio, se resiste a marcharse, a pesar de la violencia
“La verdad no quiero dejar mis raíces, donde he vivido toda la vida, por eso no me quiero ir de Culiacán. Estoy esperando que se recupere la tranquilidad que teníamos antes”, confiesa.
Prefiere soportar las restricciones, seguir compartiendo su ubicación, enviar fotografías para demostrar dónde se encuentra y regresar temprano a casa. Todo antes de abandonar la ciudad donde ha crecido.

Foto: Jesús Bustamante
Toque de queda sin decreto: Culiacán perdió sus noches
Ese miedo domina las mentes de la mayoría de las personas que habitan en Culiacán. La presencia de las fuerzas federales en las calles no ha sido suficiente para borrar el temor de la ciudadanía.
Armando, cuyo nombre también fue modificado a petición suya, lo percibe cada vez que mira el reloj antes de salir o al calcular cuánto tiempo le tomará regresar a casa. Extraña algo que antes parecía sencillo: poder andar por la ciudad sin pensar en la hora. Desde el recrudecimiento de la violencia, dice, esa parte de la vida cotidiana se terminó.
Reconoce que en los últimos meses ha percibido una leve mejoría, pero no la suficiente para volver a sentirse cómodo. No importa dónde se encuentre ni qué esté haciendo, sabe que debe regresar temprano. La posibilidad de quedar en medio de un ataque a balazos o de un enfrentamiento todavía es latente.
“Es que ya no puedes salir tranquilamente. Sí te produce cierta ansiedad o cierta preocupación el pensar que tengo que trasladarme y ya pasan de las 10, 11 de la noche. Vas con preocupación, vas con incertidumbre de no saber qué va a pasar”, relata.
El temor aumenta al tener que trasladarse durante la madrugada. A esas horas, Armando encuentra una ciudad distinta a la que recuerda: calles solas, negocios cerrados y una vida nocturna que parece terminar antes de tiempo. Recientemente acudió a una fiesta que comenzó a las seis de la tarde. A las once de la noche ya había terminado.
“Las fiestas antes eran hasta que saliera el sol, eso ya no se puede. Y si lo haces, lo hacen encerrado en tu casa y ya no salen hasta la mañana”, lamenta.
Lo que Armando describe no es una percepción aislada. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) de junio de 2026, el 90.8 por ciento de las personas consultadas reconocieron sentirse inseguras en la capital de Sinaloa.
En abril de 2024, tres meses antes de la captura de Ismael “El Mayo” Zambada, el 39.3 por ciento de los habitantes de Culiacán decía sentirse inseguro. Después, con el inicio de los ataques entre las facciones de Los Chapitos y Los Mayos, la percepción cambió drásticamente hasta colocar a la capital sinaloense como la ciudad con mayor percepción de inseguridad en México, y en junio de 2026 aún ocupó el segundo lugar nacional.
Las cifras oficiales cuentan otra historia. El 7 de julio de 2026, el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, informó una reducción del 44 por ciento en el promedio diario de homicidios dolosos respecto a junio de 2025. Atribuyó el resultado a la Estrategia Nacional de Seguridad y al reforzamiento permanente de la seguridad en Sinaloa, donde se mantenía un estado de fuerza de 16 mil 440 elementos. Desde el Gobierno Federal se aseguró que los conflictos entre grupos criminales estaban siendo contenidos y que los niveles de violencia comenzaban a disminuir.
Pero entre las cifras oficiales y lo que ocurre en las calles todavía existe una distancia considerable. Sinaloa llegó a registrar cifras de homicidios dolosos por debajo de la media nacional y Culiacán incluso salió de los listados de las ciudades más violentas del mundo, recuerda Javier Llausás Magaña, presidente de Culiacán Participa IAP.
Para esta organización, dedicada a transformar la conversación pública, elevando la comprensión social sobre la seguridad y la justicia para construir paz duradera, resulta indispensable que las autoridades reconozcan que todavía están lejos de terminar con el problema.
Uno de los obstáculos, considera Llausás Magaña, es que la estrategia continúa concentrada en el enfrentamiento de dos facciones del crimen organizado, mientras detrás permanece una estructura criminal mucho más amplia, alimentada por el mercado de sustancias ilegales y la complicidad de las autoridades.
“La corrupción ha llegado a tal grado de que ciertas partes del gobierno protegen a delincuentes y así es muy difícil”, explica.

Foto: Jesús Bustamante
Mientras las autoridades hablan de contención y reducción de la violencia, Armando sigue haciendo cálculos antes de salir de casa: qué hora es, por dónde regresar, cuánto tardará y si vale la pena permanecer más tiempo fuera. La violencia y la incertidumbre se han prolongado tanto que por su mente ha pasado la idea de abandonar Culiacán. Hasta ahora se resiste por no dejar su vida y lo que ha construido. Pero la posibilidad permanece.
“Esa parte de la incertidumbre de vivir con estrés, de vivir con ansiedad, de no saber si sales y si vas a regresar, genera cierta psicosis, cierto miedo”, explica.
Si la situación no cambia, Armando y su familia también podrían mudarse fuera de Culiacán. Han analizado opciones y una de ellas podría ser la ciudad de Los Mochis, una ciudad al norte de Sinaloa, donde sólo un 31.2 por ciento de sus habitantes dice sentirse inseguro, aunque esa cifra subió desde 21.1 por ciento en apenas tres meses.
Guerra en tiempo real: cuando el silencia oficial lo llenas los rumores
Querer estar informado de todo lo que ocurre en la ciudad ha traído consecuencias para algunas personas: el miedo y los estragos a la salud mental son algunas de ellas, pues no todo lo que consumimos en redes sociales es verdad. El teléfono celular se ha convertido en una herramienta para intentar saber qué ocurre realmente en las calles: un mensaje, una fotografía, un audio o una alerta pueden modificar las decisiones de las personas.
En estos dos años, una gran parte de los hechos de alto impacto ocurrieron en espacios públicos. La ciudadanía necesitaba saber qué estaba pasando antes de salir de casa, tomar una avenida o trasladarse de un sector a otro. En ese contexto han aparecido numerosos grupos y cuentas dedicados a difundir información casi en tiempo real; informaban sobre balaceras, bloqueos, persecuciones o zonas consideradas de riesgo.

Foto: Jesús Bustamante
Kevin Chicuate, periodista y administrador del canal Alerta-Familia, explica que las noticias falsas logran propagarse rápidamente ante la necesidad de la ciudadanía de conocer qué está sucediendo y aumentan al no tener información oficial o la sospecha de que la puedan estar ocultando.
“Cuando hay una falta de información, esa falta de información o esa laguna de información siempre se va a llenar con algo: una especulación, con una versión mal contada, con lo que sea, pero siempre la falta de información hace que las personas necesiten o busquen llenar eso”, asegura.
La ausencia de las autoridades deja zonas en las que no se puede realizar coberturas periodísticas. Iniciativa Sinaloa presentó un informe llamado “Voces en resistencia: libertad de expresión y zonas silenciadas en Sinaloa”, después del primer año de la violencia, revelando que en 9 de los 20 municipios había silencio informativo. Condiciones ideales para la desinformación.
En los municipios de Concordia, Choix, Badiraguato, San Ignacio, Navolato, Escuinapa, Cosalá, Rosario y Sinaloa, el periodismo está limitado por la violencia criminal. Mientras las ciudades mantienen cierto nivel de pluralidad, las comunidades rurales y serranas permanecen invisibilizadas, concluye la investigación.
Para un número importante de periodistas, el conflicto entre Los Chapitos y Los Mayos ha sido su primera cobertura de violencia, y pocos imaginaron que podría extenderse tanto tiempo, reconoce Jesús Verdugo, quien ha informado cada detalle desde sus inicios.
Por adentrarse en zonas silenciadas por el crimen organizado, a pesar de que, en su percepción, los periodistas no han sido blanco directo de los grupos delincuenciales en este conflicto criminal, intentar estar en todos los hechos de alto impacto los dejó expuestos en más de una ocasión.
“Nos encontrábamos con retenes de civiles armados que nos decían regrésate, así de plano”, reconoció.
Eso los obligó a modificar -por un tiempo- sus jornadas laborales. Periodistas y medios dejaron de acudir a hechos delictivos; algunos restringían sus coberturas a las 7 u 8 de la noche. Entonces, se buscaron otras estrategias para continuar informando lo que ocurría en Culiacán.
“Se documentaba cómo se podía, a final de cuenta había mucha información gráfica en los grupos de WhatsApp, en los grupos de los mismos reporteros que formamos, fluía mucho material gráfico y a partir de ahí construimos la información con nuestras fuentes”, detalló.

Foto: Jesús Bustamante
En este punto, Chicuate comenzó a notar que algunas publicaciones en algunos de esos grupos informales parecían construidas desde la narrativa de uno u otro grupo criminal. Fue una de las razones por las que surgió Alerta-Familia. La intención, explica, era ofrecer una alternativa para informarse de manera imparcial.
“Había canales que parecía que estaban inclinados a ciertos grupos criminales y nosotros lo que buscábamos era darles precisamente a las personas una comunidad totalmente neutral. Enterarse de lo que estaba pasando, pero sin ningún tipo de sesgo”, explica.
El canal comenzó a funcionar también como una comunidad de prevención, con unos 35 mil miembros a finales de agosto de 2026. Las personas consultaban los reportes antes de tomar decisiones. Con el paso de los meses también tuvieron que establecer límites sobre aquello que publicarían.
“Nosotros entendimos que no podíamos ser un canal que se convirtiera en vocero de la criminalidad, entonces comenzamos a evitar poner fotos de los cuerpos expuestos, empezamos a evitar poner los mensajes que había en las cartulinas. Eso era muy importante, el no convertirse en vocero”, recuerda. La decisión les costó seguidores, pero les permitió construir una comunidad digital más limpia.
Algunas de las otras páginas y comunidades permanecen y ahora se valen de la inteligencia artificial para crear contenidos, demostrando que su objetivo es construir sus propias narrativas ligadas a grupos delincuenciales, logrando infundir miedo en la sociedad.
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Esta investigación periodística fue desarrollada en colaboración con la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional (GI-TOC), a través del Fondo Resiliencia y el Observatorio para América del Norte. Su contenido fue producido de manera independiente y no refleja necesariamente las opiniones o posiciones de GI-TOC, del Fondo Resiliencia ni del Observatorio para América del Norte.

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